Es detective privado hace 35 años y experto en casos de infidelidad: “Antes de buscar la verdad hay que prepararse para enfrentarla”

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Miguel Angel Maiolino es detective privado hace más de 35 años y director de la Academia de Detectives Newbery (foto ilustrativa hecha con inteligencia artificial)

En el imaginario popular, el detective privado viste piloto oscuro, fuma en oficinas con persianas bajas y resuelve enigmas imposibles. Sin embargo, la realidad es bastante más cotidiana. Lejos de lo que leemos en las novelas y vemos en el cine, la labor del investigador privado en la Argentina actual combina formación técnica, actualización tecnológica constante y una buena dosis de paciencia para moverse en los márgenes de la legalidad sin cruzarlos.

Miguel Ángel Maiolino, con más de tres décadas de experiencia, es uno de los referentes del rubro. A sus 65 años, su voz conserva un tono firme que delata su paso por la Policía Aeronáutica —hoy Policía de Seguridad Aeroportuaria—, donde inició su formación. Desde finales de los años 80 trabaja como investigador privado y actualmente dirige la Academia Detectives Newbery, para nuevos aspirantes.

Hoy la capacitación dista mucho de aquella modalidad epistolar que proliferó en los años 80 con avisos en diarios y revistas que ofrecían una formación a distancia. Los cursos pueden durar entre uno y dos años, combinando clases presenciales y virtuales. La actualización tecnológica es clave: análisis de información digital, prevención de hackeos, rastreo en redes sociales y manejo de software especializado forman parte del programa.

“Ahora está todo globalizado y conseguís lo que querés con un click. Antes tenías que pedir favores a todo el mundo y te la pasabas tardes enteras en las bibliotecas buscando información”, recordó sobre sus primeros años en el rubro.

Maiolino asegura que resolvió 8 de cada 10 casos de infidelidad que le llevaron sus clientes (foto ilustrativa hecha con inteligencia artificial)

Con respecto al perfil de los nuevos aspirantes a detectives privados, Maiolino dijo que conforman un mosaico heterogéneo: “Hay ex policías y militares que buscan independencia después de años bajo estructura jerárquica; abogados y estudiantes de derecho interesados en complementar causas de divorcio, peritos criminalísticos y también jóvenes atraídos por la mística de la investigación policial”.

¿Quién contrata a un detective?

Aunque la infidelidad sigue siendo uno de los motivos más frecuentes de consulta, no es el único. “Los pedidos abarcan desde búsquedas de paradero, jóvenes que se van de casa por problemas familiares, padres que desaparecen con hijos y hasta conflictos empresariales: sospechas de socios desleales, robos internos o filtración de información sensible”, precisó el detective.

También están las empresas medianas y grandes que envían a sus empleados a capacitarse: “Jefes de personal o responsables de seguridad se forman para detectar fraudes, prevenir maniobras internas irregulares y manejar mejor situaciones conflictivas”. En ese sentido, la investigación privada se cruza con áreas como la criminología y la criminalística.

El trabajo, sin embargo, no está exento de riesgos. Maiolino relata haber enfrentado amenazas, juicios e incluso daños materiales por mantenerse dentro de la legalidad. “Si uno es honesto y legal, muchas veces lo persiguen”, sostiene. La frontera entre investigar y vulnerar derechos es delicada, por eso insiste en trabajar “dentro de lo razonable y lo legal”.

En casos de infidelidad, el procedimiento suele implicar guardias prolongadas, registro fotográfico y elaboración de informes (foto ilustrativa hecha con IA)

El detrás de una investigación

Cada caso comienza con una entrevista detallada. El cliente aporta horarios, rutinas y cualquier dato que permita evaluar la viabilidad del seguimiento. A partir de allí se define la estrategia: cantidad de personas involucradas, vehículos necesarios, tiempo estimado y costos.

En casos de infidelidad, el procedimiento suele implicar guardias prolongadas, registro fotográfico y elaboración de informes. La tarea exige discreción absoluta. “No mentirle al cliente”, es una de las máximas que Maiolino transmite a sus alumnos. La transparencia, incluso frente a errores, es esencial para sostener la credibilidad.

Los costos varían según la complejidad, pero una investigación básica de una semana de duración puede arrancar entre 600.000 y 800.000 pesos. El monto depende del tiempo requerido y de los recursos técnicos empleados.

“Aunque a veces no se logra el resultado deseado, porque hay casos que se complican o se interrumpen por falta de presupuesto, un informe parcial también le sirve al cliente para tomar decisiones”, remarcó el investigador.

 “Aunque a veces no se logra el resultado deseado, porque hay casos que se complican o se interrumpen por falta de presupuesto, un informe parcial también le sirve al cliente para tomar decisiones”, dijo el investigador (foto ilustrativa hecha con IA)

En infidelidad, la estadística es clara: “Resuelvo 8 de cada 10 casos”. En cuestiones comerciales complejas, la tasa de éxito desciende a un 60% por las dificultades para rastrear movimientos de quienes disponen de mayores recursos.

Contrainteligencia, infidelidad de famosos e infiltrado en una secta: sus casos más emblemáticos

Uno de los episodios que mejor ilustra la sofisticación actual ocurrió en Barrio Norte. Mientras seguía a un gerente de una multinacional, Maiolino notó maniobras extrañas: el hombre miraba insistentemente los espejos y realizaba desvíos inusuales. Tras abortar el seguimiento y hablar con el cliente, descubrieron que la vivienda estaba intervenida y que la conversación telefónica en la que se contrató el servicio había sido escuchada. “El investigado sabía que lo estaba siguiendo”, recordó.

Hubo otro caso que lo marcó especialmente porque fue muy mediático. Ocurrió en los años noventa. Empezó como una investigación por engaño conyugal, pero escaló a otro nivel. “Había gente de la política, gente del fútbol. Desde un jugador muy famoso en todo el mundo a familiares de un presidente de esa época”, dijo sin brindar mayores detalles para preservar a los clientes.

Lo que estaba en juego ya no era solo una relación sentimental, sino un entramado de propiedades y dinero que empezaba a desaparecer. “La persona que me contrata se estaba quedando sin nada. Quería saber dónde estaban todas las propiedades, el dinero”, remarcó sobre ese divorcio que acaparó las tapas de revistas.

“Ahora está todo globalizado y conseguís lo que querés con un click. Antes tenías que pedir favores a todo el mundo y te la pasabas tardes enteras en las bibliotecas buscando información”, recordó sobre sus primeros años en el rubro (foto ilustrativa hecha con IA)

Y si bien las infidelidades son el “pan cotidiano” de la profesión, la infiltración en una secta fue el capítulo más extremo de su carrera. El hecho tuvo lugar en los años ochenta mientras aún trabajaba en la Policía Aeronáutica. “Empecé en Mar del Plata en el 81 y terminé en el 86. Llegué a ocupar un cargo jerárquico dentro de la estructura piramidal. Había muchos chicos desaparecidos que estaban ahí, a los cuales mandaban a Brasil o Uruguay. Mi función fue observar, identificar los financiamientos que recibían y establecer las conexiones internacionales”, precisó.

Incluso, Maiolino se sorprendió de que una vez que terminó con ese trabajo y se desvinculó de la secta, los jefes de esa organización lo invitaron a sumarse formalmente a un partido político que habían creado. “Querían que fuera candidato, una locura total”, contó.

Otra de las investigaciones que más impacto tuvieron en su carrera comenzó con una sospecha de abandono. Una mujer llegó al estudio convencida de que su marido no solo la engañaba, sino que llevaba una vida paralela. Las ausencias eran cada vez más frecuentes y los gastos no cerraban. Maiolino inició el seguimiento y pronto detectó una rutina alternativa: otro domicilio, en otro barrio, al que el hombre acudía con la naturalidad de quien vuelve a casa.

Las guardias confirmaron lo que parecía improbable. En ese departamento vivía otra mujer con un hijo pequeño. El investigado no era un visitante ocasional: entraba con llaves propias, hacía compras, compartía fines de semana. Tenía, literalmente, dos familias. “No había desaparecido, había construido otra vida”, agregó.

El monto para iniciar una investigación privada arranca entre los $600.000 y $800.000 (foto ilustrativa hecha con IA)

El informe incluyó registros fotográficos y documentación de la convivencia sostenida en el tiempo. La revelación no solo significó el final del matrimonio formal, sino que abrió un conflicto patrimonial y emocional complejo. “Aunque en estos casos la prueba no repara el daño, permite enfrentar una verdad que, aunque dolorosa, ya no admite dudas”, reflexionó.

Lejos de ser glamorosa, la profesión de detectivo requiere largas horas de espera, capacidad de observación, temple para manejar situaciones tensas y una ética sólida. “La buena plata se gana con los años y la experiencia”, advirtió Maiolino, desmontando la fantasía de riqueza rápida.

En un contexto donde la desconfianza y los conflictos interpersonales no disminuyen, su figura sigue vigente. Pero, como concluye Maiolino, “antes de buscar la verdad, conviene preguntarse si se está preparado para enfrentarla”.