A cincuenta años del inicio de la dictadura militar en Argentina, León Carlos Arslanián y Ricardo Gil Lavedra, ex integrantes del tribunal que condenó a los jefes de las tres Fuerzas Armadas, evocaron en una entrevista en Infobae en vivo la vigencia y el legado internacional del juicio que marcó a la democracia argentina.
En una charla con el equipo de Infobae al Regreso, integrado por Gonzalo Aziz, Diego Iglesias, Malena de los Ríos, Matías Barbería y Mica Mendelevich, los magistrados repasaron los desafíos personales y sociales que enfrentaron durante el proceso de 1985, la dimensión global del veredicto y el lugar que ocupa la Argentina en la memoria colectiva mundial.
El juicio que rompió la impunidad y su proyección mundial
“Fue un enorme acierto llevar adelante un juicio de esas características, la decisión política de enjuiciar el pasado”, sostuvo Arslanián sobre la génesis del proceso que sentó en el banquillo a los responsables del terrorismo de Estado. El ex juez remarcó: “Eso dio la oportunidad de brindar justicia a los familiares y a las propias víctimas sobrevivientes, de ver que todos esos hechos aberrantes eran motivo de revisión judicial y de castigo y no iba nuevamente a producirse la victoria del principio de impunidad”.
El juicio, dictado el 9 de diciembre de 1985, se convirtió en un caso de estudio global. “Estamos sorprendidos, yo particularmente, del grado de difusión que ha tenido mundialmente”, admitió Arslanián. La transmisión satelital permitió que “mucha gente tuviera acceso y lo viese en distintos países del mundo”, señaló, y enfatizó la “subsistencia y la repercusión” de la sentencia, que “se estudia en universidades europeas e iberoamericanas” y fue objeto de análisis por “grandes juristas del pensamiento alemán y universal”.
“Caramba, han pasado 40 años de la sentencia. Pero que tenga una vigencia que se actualiza día a día es algo sorprendente”, reflexionó el ex magistrado.

Gil Lavedra, por su parte, expresó su orgullo por haber integrado el tribunal y definió al juicio como “una obra colectiva”. “Lo difícil fue poder hacerlo, sobre todo en un lapso tan breve: fueron nada más que 14 meses desde que nos abocamos hasta la sentencia”, resaltó. “No hay reglas escritas para juzgar crímenes masivos. Pudimos sortear dificultades y avanzar porque la Argentina lo necesitaba y porque había que generar una verdad judicial incontrastable. Hoy podés discutir muchas cosas, pero nadie puede discutir lo que pasó y que eso está muy mal”.
El rol de la CONADEP y el “Nunca Más” en la construcción del juicio
“Fue excepcional el trabajo de la CONADEP. Un gran acierto que hubiera una instancia ordenadora que facilitase el acopio de las miríadas de denuncias que estaban en todo el país y también en el exterior”, valoró Arslanián. Los equipos de la comisión “identificaron cada uno de los lugares de cautiverio, los describieron, los visitaron y reforzaron mucho todas las pruebas”. El informe Nunca Más, aportado por la CONADEP, resultó “un aporte esencial” para el avance del proceso, coincidió Gil Lavedra.
Al repasar el clima social y político de la época, ambos destacaron la autonomía con la que actuó la justicia: “No hubo ninguna injerencia del Ejecutivo”, aseguró Arslanián. “Tomamos la responsabilidad de hacer el juicio y la política judicial del proceso la hicimos nosotros”.
La acusación del fiscal Julio Strassera fue otro momento imborrable: “Fue una pieza jurídica en la que no faltó nada, con un nivel de análisis importantísimo y una imaginación encomiable”, evaluó Arslanián. Gil Lavedra apuntó que “Julio tenía una enorme facilidad histriónica”, y que su alegato fue “conmovedor”, lo que hizo estallar la sala.

El peso humano, la intimidad del tribunal y el legado para la memoria
Lejos de cualquier épica distante, los ex jueces reconstruyeron la dimensión humana del proceso: “Era de tal magnitud la responsabilidad que teníamos, la necesidad de salir airosos, que era movilizador”, describió Arslanián sobre el día a día del juicio. “Si tuve miedo, era de fracasar, de que no se pudiera hacer”, confesó Gil Lavedra, aludiendo al temor constante ante el desafío jurídico y político.
Ambos recordaron que la amistad entre los integrantes del tribunal funcionó como sostén y espacio de catarsis. “Cuando firmamos la sentencia hicimos una gran catarsis. Por eso nos emborrachamos esa noche”, contó Gil Lavedra. “Necesitábamos juntarnos y descargar. Hablamos toda la noche, recordamos lo que había pasado, cantamos, bailamos”, sumó.
Al evocar el momento de la sentencia, Arslanián admitió: “Acercarse a la meta de un modo exitoso era algo muy gratificante. No teníamos todavía una idea de la dimensión que podía llegar a tener esto, que cuarenta años después siguiera teniendo importancia”.
Sobre la reacción de los condenados, Arslanián describió: “Permanecieron inmutables, sin expresiones de ninguna naturaleza, al menos que se reflejaran en sus rostros. Escucharon la sentencia con el mismo grado de indiferencia calculada”. Gil Lavedra sumó: “Massera y Viola eran provocadores, Videla era muy respetuoso, pero asumir la propia culpa es muy difícil. Videla rezaba”.

El relato de los testimonios de víctimas fue el capítulo más doloroso: “Los testigos de cautiverio relataban padecimientos y torturas de una crueldad inusitada”, dijo Gil Lavedra, que reconoció: “El juez es una persona cualquiera y siente lo mismo. Hemos llorado en muchos testimonios, nos hemos enojado”.
La seguridad y la familia también pesaron: “La familia acompañó, fue un año muy difícil, estábamos poco en casa”, relató Gil Lavedra. Arslanián recordó que sus hijos eran chicos y que su esposa, también jueza, comprendía el compromiso.
La sociedad argentina, admitieron, no estaba completamente preparada para un proceso de semejante magnitud: “En términos generales manifestaban preocupación por las consecuencias, por las derivaciones, por mirar para adelante, porque esto podía ser revulsivo”, recordó Arslanián. El contraste con la experiencia de España, donde una ley de amnistía selló la impunidad, fue inevitable: “Ustedes hicieron algo que para el mundo fue impresionante”, resumió Gonzalo Aziz.
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