Maradona como santo urbano: la historia de los murales de un argentino en Nápoles y la devoción global por el 10

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Juan Pablo Jiménez, artista argentino, se integró al barrio napolitano pintando murales y tejiendo lazos con los vecinos tras su llegada desde Argentina

Cuando el viajero llega a Nápoles entiende que el diseño urbano no siempre responde a un plan maestro. A veces las ciudades se sostienen porque nunca intentaron quebrarse. Ningún manual de arquitectura lo explica. Tampoco una guía turística. Ni siquiera un libro de historia. Hay ciudades que fueron levantadas para las personas y para sus modos de ser.

Nápoles es una de esas ciudades. Una ciudad que existía mucho antes de Diego Armando Maradona, pero que hoy parece hecha a su medida. Las veredas rebasan objetos que funcionan como pequeñas biografías: baratijas, bufandas, pizzas dobladas en triángulo, muñecos articulados, maniquíes con pelucas brillosas, camisetas con el 10 estampado como si fuera un apellido hereditario. Adhesivos. Sellos. Altares mínimos.

El viajero entiende que Nápoles no recibió a Maradona: lo estaba esperando.

El primer encuentro del viajero con Diego sucede sin aviso. No en el estadio, no en una tienda deportiva, no en una plaza. Sucede mientras camina sin destino por Quartieri Spagnoli. Una cortada angosta. Lleva rulos negros, una ceja levantada y la mirada de alguien que entendió que los milagros no se cuentan: se juegan.

El diseño urbano de Nápoles refleja una ciudad construida para las personas y sus modos de ser, priorizando la identidad local

Maradona ahí, en tamaño monumental y a la vez doméstico. Pintado como si hubiera surgido de los ladrillos, las ventanas de la casa están en su rostro. El mural espontáneo es el homenaje pagano. Uno no se detiene: tropieza con él. Y la ciudad lo da por hecho.

En la calle Emanuele de Deo está el jugador pintado que no pertenece sólo al muro, sino a toda la ciudad. Fue Mario Filardi quien lo pintó en 1990, cuando el sur italiano descubrió que también podía tocar el cielo y que el cielo tenía rulos y zurda. Los vecinos hicieron una colecta y, en dos noches y tres días, el pintor y tatuador autodidacta de 23 años dejó su sello.

Las calles de los Quartieri Spagnoli destacan la fuerte presencia de Maradona a través de altares, murales y objetos icónicos del Napoli

Pero con el tiempo las ciudades cambian de piel. Una ventana irrumpió donde antes estaba el rostro completo. El edificio necesitó luz y aire; el mural perdió el alma. Filardi ya no pudo devolverle la forma. Desde 1990 hasta 2016, el mural comenzó a desvanecerse de forma sin que su joven autor pudiera restaurarlo. Filardi murió en 2010. Pasaron años hasta que otro artesano, Salvatore Iodice lo restauró.

En esos callejones del Quartieri Spagnoli, donde el mito de Maradona vibra en cada esquina, Juan Pablo Jiménez encontró un destino inesperado. Llegó desde Argentina con la idea de conocer Europa y terminó convirtiéndose en parte del paisaje napolitano. Su historia es la de un viajero que, sin proponérselo, terminó pintando murales y tejiendo lazos en el altar urbano más popular de la ciudad.

—¿Cómo fue tu llegada a Nápoles?

—Tuve un negocio de tatuajes en Argentina, pero lo cerré durante la cuarentena. Cuando abrieron los aeropuertos decidí viajar por Europa. Pensé en pasear y conocer, porque después quizá no tendría otra oportunidad. Fui a Barcelona y al segundo día ya estaba trabajando en un estudio de tatuaje. Era la primera vez en Europa, todo me resultaba fascinante. Como soy muy maradoniano, siempre quise venir a Nápoles.

Otro mural de Jiménez en Nápoles y la mirada de Diego.

Además, en Barcelona conocí a una chica de acá y eso ayudó. Vine con la idea de pintar un mural de agradecimiento al pueblo napolitano por lo que significó Diego. Terminé haciendo más de lo que esperaba y me hice amigo de varias familias del barrio. Cuando me tocaba volver a Argentina, la situación económica estaba complicada. El dólar subía cada semana, así que decidí tomarme un año sabático. Un año se convirtió en dos, después en tres. Siempre pienso en volver, pero mientras Argentina siga difícil, hago tiempo acá.

—¿A qué te dedicas actualmente en Nápoles?

—Sigo con lo mismo que hacía en Argentina: tatuajes, cuadros y murales. Trabajo sobre todo con turistas, aunque también para la gente del barrio.

La muerte de Diego Maradona impulsó un auge turístico y la transformación de los Quartieri Spagnoli en un espacio de devoción popular.

—¿Qué te piden los clientes?

—Mayormente Maradona con la camiseta del Napoli. Los napolitanos son muy apegados a lo suyo. También hago retratos de personas fallecidas, es algo que se estila mucho acá.

—¿Dónde vivís?

—Vivo en el barrio. Al llegar me ofrecieron una casa en la zona. Más tarde me mudé a Vomero, que es más ordenado y, supuestamente, más lindo. Pero no tiene el corazón de Nápoles, que está aquí. Hace un año y medio regresé y sigo acá.

—El año pasado hubo una polémica por el cierre del mural y el operativo policial. ¿Qué sucedió?

—Por lo que entiendo, este barrio fue durante años una zona prohibida. Con el auge del turismo y la muerte de Diego, el lugar explotó. Nápoles es una plaza barata para el turismo europeo y eso atrajo a mucha gente. El Estado empezó a ver el negocio y quiso intervenir. El lugar lo hicieron las familias y la gente del barrio, aquí sí se respira Maradona. Se generó un conflicto porque la Comuna quería apropiarse del espacio. Los vecinos taparon todo como protesta. Antes no había pizzerías, ahora hay muchas. Llegaron a un acuerdo para regularizar la situación, pero siempre está el temor de que se pierda la autenticidad. Este lugar es genuino, y el miedo es que, al intentar ponerlo en condiciones, pierda su magia. Por más que lo arreglen, enseguida vuelven las camisetas y los stickers.

Juan Pablo con Antonio Conte, exfutbolista y entrenador italiano.

—Te definís como maradoniano. ¿Qué sentís cuando pintás a Diego?

—Cuando dibujo, sigo una técnica matemática con figuras geométricas, pero al hacer la mirada de Diego siento otra cosa. Crecí admirándolo, no puedo evitar emocionarme al estar acá. Nunca imaginé que iba a pintar en este lugar. Vengo todos los días y siempre me conmueve.

—¿Cómo era tu vida antes de Nápoles?

—Tenía un negocio de tatuajes y pintura en Bond Street, Buenos Aires. Viví siempre ahí. Arrancar de cero no fue mi idea, solo quería conocer. Pero la situación en Argentina es compleja.

Cuando Juan Pablo piensa en el significado de la riqueza, dice que mantener la dignidad en un mundo que intenta destruirte todo el tiempo, es lo más cercano a ser rico. “Si pienso en Diego, lo admiro porque, teniendo la posibilidad de sentarse con los poderosos, nunca lo hizo”, dice, y luego desarrolla su idea: los ídolos populares, según él, no pueden ser neutrales; si lo fueran, dejarían de ser ídolos y se convertirían en mercenarios.

Diego, su sueño, la copa y el gol a los ingleses en este mural del pintor de Lanús en Nápoles.

Maradona, insiste, se mantuvo siempre digno, haciendo las cosas bien en un entorno adverso. Por eso le molesta escuchar juicios morales sobre Diego, especialmente de periodistas. Para Juan Pablo, la mayoría de quienes ejercen el periodismo no son verdaderos periodistas, sino voceros de intereses, y pone como ejemplo a Rodolfo Walsh como modelo a seguir.

La charla se detiene en la muerte, Juan Pablo se toma un instante antes de contestar. Dice que, en principio, uno piensa que la muerte es el fin.

—Pero con Diego no es así —aclara—. “él sigue vivo acá”.

Los retratos de Maradona, aquí uno con Doña Tota y la camiseta de Boca, hecho por Juan Pablo.

Explica que mucha gente, tanto argentinos como napolitanos, viene al mural y se emociona hasta las lágrimas. El barrio está repleto de imágenes de Maradona; incluso comenta que, para muchos, Diego es más importante que San Genaro. Observa a visitantes pedirle cosas a Maradona, casi como si se tratara de un santo. Aunque no se considera creyente, disfruta la capilla de San Genaro por su arquitectura, pero afirma que no ha visto una devoción igual a la que genera Diego.

—Para entenderlo, hay que venir a Nápoles y ver lo que significó Diego.

—¿Cuándo naciste?

—En diciembre de 1974.

—Durante el Mundial 86 tenías 11 años…

—Exacto. Crecí amando a Diego. Por eso nunca puedo ser objetivo cuando hablo de él. Cuando uno quiere, no puede ser objetivo.

Muchos de los murales que rodean la plaza están pintados por él. No quiere decir cuántos. El viajero solo tendrá que observarlos para identificar el trazo que viajó de Lanús, el partido donde nació Diego, hasta el espacio de su eternidad.

Para muchos napolitanos y argentinos, Maradona trasciende la muerte y es venerado a la par o más que San Genaro, consolidando su legado cultural.

Fotos: Juan Mascardi