Un duelo cambió para siempre su estilo de vida y construyó su casa con lo que otros desechan: “Hice las paredes con pasto del vecino”

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A simple vista, la historia parece la de una construcción sustentable en medio de las sierras cordobesas. Pero detrás de las paredes hechas con barro, madera recuperada y hasta el pasto cortado de un vecino, se esconde un proceso mucho más profundo: el de un hombre que tuvo que reconstruirse a sí mismo después de atravesar una de las pérdidas más dolorosas que puede experimentar una persona: la muerte de un hijo.

Pablo Ibaceta nació y vivió gran parte de su vida en El Palomar, en el oeste del conurbano bonaerense. Durante 25 años trabajó en la Policía Bonaerense. Sin embargo, mucho antes de abandonar la ciudad y convertirse en un apasionado de la bioconstrucción, ya sentía que algo dentro suyo estaba cambiando.

Los últimos años en la fuerza ya no estaba siendo feliz. Había algo que me estaba avisando que necesitaba otro camino”, recordó Pablo, quien pidió su retiro en 2018, con apenas 44 años.

De policía bonaerense a constructor ecológico: Pablo encontró en las sierras cordobesas un nuevo propósito de vida

“Había ingresado a la policía siendo adolescente y pude jubilarme bajo un régimen que hoy ya no existe”, explicó. Por entonces, no imaginaba que terminaría viviendo entre montañas, dando clases de yoga y construyendo una casa ecológica. Lo único que sabía era que “necesitaba buscar algo diferente”.

Tras dejar la Policía comenzó a viajar por el país. Recorrió miles de kilómetros, muchas veces en soledad y otras junto a su esposa Patricia. Aquellos viajes despertaron una faceta que había permanecido dormida durante décadas. “Ambos decidimos estudiar yoga y nos recibimos como profesores. Esa experiencia marcó un antes y un después en mi vida”, admitió. “Empecé a conectar con una parte más espiritual y consciente de mí mismo. Sin saberlo, me estaba preparando para lo que vendría después”, aseguró.

La casa se encuentra elevada a unos dos metros del suelo y construida sobre unos pilotes de madera

El tragedia que lo cambió todo

El accidente que provocó la muerte de su hijo Nahuel ocurrió el 11 de julio de 2023. Pablo estaba en España, donde había viajado para conocer a su nieta recién nacida. Mientras disfrutaba de ese momento familiar recibió una llamada que lo paralizó. Nahuel, de 22 años, había sido arrollado por un tren en la estación de Ramos Mejía.

“Se había recibido de policía apenas siete meses antes. Quería seguir mis pasos. Aquella mañana se dirigía a tomar un colectivo cuando ocurrió el accidente. Pasé de celebrar un nacimiento a enfrentar una muerte. Fueron las dos caras de la vida al mismo tiempo”, recordó Pablo.

Todavía hoy le cuesta reconstruir aquellos días: “No sé cómo subí al avión ni cómo volví a la Argentina. Estaba completamente en shock”.

Villa de las Rosas se convirtió en el refugio donde logró comenzar a sanar una de las pérdidas más dolorosas de su vida

Al regresar tuvo que hacerse cargo de una situación devastadora. Debía acompañar a la madre de Nahuel, a su hija adolescente, a su familia y, al mismo tiempo, afrontar los trámites judiciales derivados de la investigación del accidente.

Durante meses no tuvo espacio para procesar su propio dolor: “Tenía que sostener a todos. No podía hacer mi duelo”.

Un viaje para sanar

Más de un año después, cuando la herida seguía abierta, apareció una oportunidad inesperada. Por recomendación de su maestro de yoga viajó a Villa de las Rosas, en el valle de Traslasierra, Córdoba, para realizar un retiro de ocho días enfocado en la alimentación saludable y el bienestar emocional.

La vivienda fue construida con técnicas de bioconstrucción y materiales reutilizados para reducir costos e impacto ambiental

Era la primera vez que visitaba esa región de Córdoba. Durante el retiro participó de actividades de introspección, meditación y constelaciones familiares. Allí ocurrió algo que considera decisivo. “Pude llorar realmente a Nahuel. Sentí que me saqué una mochila de miles de kilos”, relató.

La experiencia fue tan movilizadora que, apenas terminó, llamó a Patricia y la convenció de realizar el mismo proceso. Mientras ella ingresaba al retiro, él permaneció unos días más en la zona. Fue entonces cuando sucedió algo que todavía le cuesta explicar racionalmente.

Pablo había recorrido la Argentina de punta a punta. Conocía ciudades, pueblos y paisajes de todo tipo. Sin embargo, asegura que jamás había experimentado algo similar a lo que sintió al llegar a Villa de las Rosas.

El terreno apareció cuando menos lo esperaba y, según Pablo, fue una de las tantas señales que guiaron su camino hacia Traslasierra

“Estábamos caminando por la plaza y me puse a llorar. Se me erizó la piel. Miré a Patricia y le dije: ‘Es acá. Este va a ser nuestro nuevo lugar para vivir”, dijo Pablo mientras alquilaban temporalmente una casa en ese lugar.

La idea de mudarse ya existía. Incluso tenían la posibilidad de instalarse en España, donde vive una de las hijas de Patricia. Pero después de pasar varios meses allí comprendieron que no era el destino que buscaban. “Mi ser no estaba en España. Necesitaba algo distinto. Quería soltar cosas materiales y vivir de otra manera”, dijo Pablo.

El terreno que parecía esperarlos

La búsqueda de un terreno estuvo marcada por una serie de coincidencias que Pablo interpreta como “señales”. Un domingo, mientras caminaban bajo el calor serrano, llamaron al dueño de la casa que alquilaban para pedir referencias. El hombre les recomendó contactar a un corredor inmobiliario.

Parte del dinero utilizado para comprar el lote provino del seguro otorgado tras el fallecimiento de su hijo Nahuel, a quien siente presente en cada rincón del proyecto.

Cuando hablaron con él, la respuesta fue sorprendente. “No tengo nada para mostrarles, salvo un terreno”, les dijo. Era el terreno donde hoy se encuentra su casa.

Un vecino llamado Marcelo -también profesor de yoga- se ofreció a llevarlos hasta allí. Apenas cruzaron el ingreso, se dieron cuenta que el lugar tenía todo lo que buscaban: árboles centenarios, una acequia de agua corriendo al fondo, vegetación abundante y una “energía” que sintieron especial desde el primer instante. “Nos eligió el lugar a nosotros”, remarcó Pablo.

Ese mismo día conocieron a Estela, una vecina de 80 años que los recibió con los brazos abiertos y les contó historias sobre la zona, los antiguos habitantes comechingones y la riqueza natural del lugar. Pero lo que más le llamó la atención a Pablo es que compartían el mismo dolor. “Me contó que su hijo había fallecido a los 20 años en un accidente en moto sobre la ruta y se me erizó la piel”, recordó.

Antes de regresar a Buenos Aires, Pablo ya había reservado el terreno.

La casa se encuentra elevada a unos dos metros del suelo y construida sobre unos pilotes de madera

La “ayuda” de Nahuel desde el cielo

La compra del lote fue posible gracias a una decisión difícil. Tras la muerte de Nahuel, la Justicia determinó el pago de un seguro. Pablo nunca quiso recibir ese dinero, pero finalmente una parte llegó a sus manos y la otra a la mamá. “Es plata que nadie quiere tener. No existe dinero que compense una pérdida así”, admitió.

Entonces decidió darle un sentido diferente. “Transformé ese dolor en este lugar. Siento que Nahuel puso su granito de arena para que hoy estemos acá”, dijo sobre el terreno que le costó 11.000 dólares, un valor muy inferior al promedio de la zona. “Si hubiera costado lo que vale cualquier otro terreno, que es casi el cuádruple, jamás lo habría podido comprar”, se sinceró.

Pablo y su mujer, Patricia, disfrutan del entorno natural de su terreno en Villa Las Rosas, Traslasierra

Una casa hecha con barro, pasto y materiales recuperados

Con el lote adquirido comenzó la etapa más desafiante: construir la vivienda. Pablo y Patricia eligieron una casa de bioconstrucción, una técnica basada en materiales naturales y reciclados.

La vivienda tiene 70 metros cuadrados, dos dormitorios y un amplio espacio integrado para cocina y comedor. Está elevada sobre columnas para respetar la pendiente natural del terreno. Las paredes fueron realizadas mediante una técnica conocida como quincha: una estructura de madera rellena con barro y fibras vegetales.

Pero el detalle más llamativo surgió por necesidad. Durante la obra se quedaron sin fardos de pasto, un elemento fundamental para el relleno de los muros. “Ya no teníamos presupuesto para comprar más”, contó Pablo.

Un día, mientras compraba algo en un almacén cercano, observó que un vecino acababa de cortar una enorme cantidad de césped. “Le pregunté a una de las constructoras si ese material servía y me dijo que sí. Entonces cargué unas treinta carretillas de pasto y las trasladé hasta la obra. Así, terminé haciendo las paredes del baño con el pasto del vecino”, detalló.

Antiguas ventanas recuperadas de demoliciones y botellas de vidrio reutilizadas forman parte de una casa donde cada elemento tiene una historia

“En la casa también incorporamos cerca de cien botellas de vidrio reutilizadas en algunos muros para mejorar la aislación térmica”, precisó Pablo. Y con respecto a las aberturas dijo que fueron recuperadas de antiguas demoliciones: “Algunas tienen más de 80 años y pertenecieron al histórico hospital de Villa Dolores. Todo tiene una historia. Me gusta pensar que las cosas siguen teniendo vida”.

Finalmente, la casa quedó terminada en abril de este año. Hoy Pablo y Patricia viven allí rodeados de montañas, árboles y silencio. Pasan sus días entre tareas domésticas, caminatas, meditación y encuentros vinculados al bienestar emocional.

Sin embargo, el proyecto tiene un objetivo más grande. Quieren convertir el lugar en un refugio para personas que atraviesan procesos de duelo, especialmente padres que han perdido hijos. “Todo lo que aprendí quiero compartirlo”, dijo acerca de su formación en yoga, mindfulness y meditación, que serán parte de ese acompañamiento.

“No busco hacer un negocio. Quiero que la gente encuentre herramientas que a mí me ayudaron cuando estaba roto”, explicó Pablo cuando están por cumplirse tres años de la muerte de Nahuel.

Rodeado de sierras, árboles y silencio, Pablo y Patricia comparten hoy su tiempo entre la meditación, el yoga y la vida en contacto con la naturaleza

Por eso no duda cuando le preguntan por las coincidencias que marcaron su llegada a Traslasierra: el terreno que apareció en el momento justo, la casa de alquiler que encontraron por casualidad, los vecinos que atravesaron pérdidas similares y cada una de las personas que fueron apareciendo en el camino.

“Yo siento que Nahuel me ayudó desde arriba”, concluyó Pablo, convencido de que aquella búsqueda que comenzó mucho antes de dejar la fuerza policial finalmente encontró su destino.