El nuevo desembarco del hampa peruana en Argentina

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Es bueno hacer un poco de historia para entender al presente. Hay una efeméride perdida en la historia grande de la muerte nacional. “La masacre de la canchita de los paraguayos”, se llamó. Ocurrió hace más de 25 años, en febrero de 1999, en la 1-11-14 del Bajo Flores, cuando la Villa todavía no era un gigante. Cuatro hombres fueron asesinados a tiros; un quinto fue herido gravemente. “Marcos” Estrada González fue el principal acusado, junto a dos miembros de su vieja banda, todos oriundos de Perú. Fueron absueltos por el Tribunal Oral N°8 a pedido del fiscal acusador: los testigos del hecho cambiaron su versión repetidamente.

La masacre, como hecho, no le dice mucho a la mayoría. Pero en verdad, cambió para siempre la historia del delito en Argentina.

Con una ráfaga de balas, los traficantes peruanos de cocaína que tímidamente llegaban a Buenos Aires dieron un paso al frente. Así, dominaron, vendieron y mataron en la República Argentina durante un cuarto de siglo.

“Ruti” Alionzo Mariños, histórico mano derecha de “Marcos”, intentó vengarse tras quedar fuera del negocio del Bajo Flores con una segunda masacre: la matanza en la procesión del Señor de los Milagros, cometida en octubre de 2005. Terminó con cinco muertos, incluido un bebé de ocho meses.

“Ruti” terminó condenado a 18 años de cárcel. Jamás se detuvo: su salida del Bajo Flores lo llevó a la Villa 31, donde se convirtió en un fundador del negocio de la droga. Allí, chocó con otro presunto traficante, Cesar Morán de la Cruz, “El Loco”, mucho más sanguinario que él.

Estos tres capos, detenidos y allanados y juzgados y condenados una y otra vez, fueron solo la cima de la pirámide. Debajo de ellos vivieron cientos de soldaditos, mulas, lugartenientes, parejas convertidas en cómplices, sicarios, junto a los adictos que los enriquecían. Su modelo de negocios sobrevivió al tiempo y a las generaciones.

El temible “Dumbo” Martínez, capo del barrio Padre Múgica de Villa Lugano gracias a sus dealers y pistoleros adolescentes, condenado este año a 18 años de cárcel tras escapar a Perú, es el hijo de un viejo tercera línea de Estrada González.

Toda esta historia de los narcos peruanos -al menos, esta parte- parece más o menos terminada. “Ruti” fue expulsado del país en 2018; “Marcos” en 2022, con un operativo policial carísimo y espectacular. César Morán está preso en una cárcel del Chaco. Terminar la historia le costó cientos de millones al Estado argentino. El monto en horas, hombre de policías y funcionarios judiciales, de recursos invertidos, es incalculable. El costo en vidas humanas arruinadas -las de víctimas del sicariato y de las guerras internas, de vecinos aterrorizados, apaleados, expulsados y de adictos convertidos en siervos- fue mucho peor.

Ahora, ¿por qué estos jefes peruanos del delito prosperaron en CABA para convertirla en su feudo? ¿Las autoridades no los combatieron a tiempo? ¿Simplemente se negaron a rendirse? La respuesta es simple: ambas cosas.

Hoy, más de 25 años después, esta historia puede volver a comenzar, de otra forma. Funcionarios judiciales y policiales consultados por Infobae coinciden en el riesgo de una segunda venida del hampa peruana en la Argentina. “Que hay nuevos peruanos trabajando en Argentina, no tengas dudas. Ya están”, dice una alta fuente. “El mapa cambia constantemente”, agrega otro. Para entender el problema, solo hace faltar leer las señales.

Deivi Junior Romero Ullilen,

Pulpo a la trujillana

Deivi Junior Romero Ulillen, alias “El Jorobado Deivi”, fue capturado el 13 de noviembre en Recoleta -el mismo día que la Justicia peruana emitió la circular roja de Interpol en su contra- por el Departamento Antisecuestros Sur de la Policía Bonaerense.

En rigor, los detectives de la PFA lo habían seguido bajo las directivas de la UFECO -el ala de la Procuración que investiga al crimen organizado- desde mediados de este año, luego de que la Policía de Perú delatara su presencia en el país.

“El Jorobado”, que vivía en la Argentina desde hace tres años, contaba con un DNI número 96 millones y un domicilio fantasma registrado en una casita de General Rodríguez sobre una calle de tierra, en la que jamás vivió. Alternaba entre departamentos en Recoleta pagados en dólares, con cenas en Palermo y viajes a Mendoza y las Cataratas del Iguazú.

Para la Justicia peruana, “El Jorobado Deivi”, según consta en su circular roja, es el jefe de Los Compadres, una temible banda de la zona de Trujillo dedicada a matar a sus enemigos.

El Segundo Juzgado Penal Colegiado Supraprovincial de la Libertad lo acusa de ser el autor intelectual de los asesinatos de cuatro rivales del hampa trujillana, con cómplices como Jimmy Larry Valderrama y el misterioso “Caca Seca”, con ataques a tiros desde motos y balaceras a restaurants cometidos entre enero y mayo de 2022.

Su captura se supo de inmediato en Perú. La prensa local recordó su supuesto involucramiento en el atentado contra una fiscal trujillana y comparó sus viejas fotos de prontuario con las de su captura porteña. Las diferencias eran evidentes: la cara del Romero porteño parecía alisada por un filtro de TikTok. ¿Acaso se hizo cirugías estéticas?

Joseph Freyser Cubas Zavaleta

Sin embargo, quedaba una pregunta más preocupante: ¿“El Jorobado” vino a la Argentina a pasear y comprar zapatillas o a secuestrar y matar gente? “Al parecer, comandaba las cagadas desde acá”, asegura un investigador. Por lo menos, llegó a la Argentina con una red de apoyo: otros tres hombres peruanos usaron la casita de General Rodríguez para obtener documentos argentinos.

El Gobierno argentino publicitó la captura de Deivi Junior. Aseguró que Los Compadres eran el brazo armado de una banda mayor, Los Pulpos de Trujillo, aunque investigadores judiciales relativizan este punto. La prensa peruana, incluso, relató enfrentamientos entre ambas bandas.

Los Pulpos de Trujillo, al igual que Los Compadres, ya están en la Argentina, según informes reservados de inteligencia criminal de las autoridades argentinas, y ya delinquieron, si es que la acusación es cierta. Tienen a su nombre el peor hecho criminal de la historia reciente: el triple femicidio narco de Florencio Varela, con los secuestros, torturas y asesinatos de Brenda del Castillo, Lara Gutiérrez y Morena Verdi.

Tony Janzen Valverde, alias

Tony Janzen Valverde, alias “Pequeño Jota”, capturado en Perú, quedó rápidamente opacado como el supuesto líder de la banda de dealers del Bajo Flores integrada por peruanos y argentinos acusada de las muertes.

Por encima de “Pequeño Jota”, que resultó ser un simple gerente de transas con un poco de carisma, Celeste González, imputada y arrepentida, ubicó al ex policía Joseph Freyser Cubas Zavaleta, alias “El Papá” o “El Señor Jota”.

González aseguró que Cubas Zavaleta es un hombre de máxima jerarquía en la banda y que reporta a ‘El Abuelo’, el encargado de enviar la droga desde Perú. “El Señor Jota” negó la acusación en su contra. Aseguró que, en Argentina, se dedicó a coser zapatos para que los vendan en La Salada.

Peor todavía: Cubas Zavaleta se encuentra detenido desde el 27 de agosto pasado por un pedido de la Justicia peruana, que lo busca por amenazar de muerte a una mula narco para que lleve 3,5 kilos de cocaína a España, un caso que data de 2022. Habría visto el triple crimen por videollamada desde su celda en la sede de la calle Cavia de la PFA.

Con un DNI argentino. tal como “El Jorobado”, con una casita en Gerli como su domicilio, el ex policía convertido en presunto narco vivió en el país y comandó una estructura narco completa, con base en el Bajo Flores, tal como “Marcos” Estrada, pero con un modelo de negocios completamente distinto, si es cierta la acusación. Para empezar, tiene argentinos en sus filas. Los asesinos del triple crimen no controlan el barrio, no lo necesitan. No hacen falta campanitas, satélites y soldaditos. Sin embargo, mataron con una ferocidad y un sadismo que jamás fueron ejercidos por un traficante en este país.

Hoy, la banda del triple crimen -tras ser identificada y encarcelada por los fiscales Adrián Arribas, Diego Rulli y Claudio Fornaro en lo que fue la mejor investigación penal de la historia reciente- está en la mira de la Justicia federal, con el juez Jorge Rodríguez y la fiscal Mariela Labozzetta.