Fue la primera santa nacida en América y se convirtió en patrona de la Independencia Argentina: el legado de Santa Rosa de Lima

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Santa Rosa de Lima vivió solo 31 años pero su legado perduró en el tiempo, atravesó diferentes culturas, credos y fronteras

Santa Rosa es una de esas figuras que, como la propia ciudad donde nació, se despliega entre lo visible y lo oculto, lo cotidiano y lo extraordinario. Su historia no puede entenderse sin la Lima virreinal —ciudad-monasterio por excelencia— ni sin el mundo espiritual del barroco hispanoamericano, donde las penitencias eran caminos de gloria y los milagros una forma cotidiana de hablar con Dios.

En esta oportunidad dejaremos de lado el mito de la célebre “tormenta de Santa Rosa” (la cual puede ocurrir 364 días antes o después de la fiesta de la santa…) y nos sumergiremos en la vida real —y mística— de esta joven limeña que vivió solo 31 años, pero dejó una huella que aún hoy atraviesa países y credos.

Para entender a Rosa hay que entender Lima. Fundada por Francisco Pizarro en 1535, en las primeras décadas del siglo XVII la capital del Virreinato del Perú ya era el centro neurálgico de todo el mundo andino. Era rica, cosmopolita, profundamente religiosa, y obsesionada con la vida monástica. Lima fue, según palabras del jesuita Bernabé Cobo, una ciudad donde “el incienso no dejaba de arder y las campanas no dejaban de sonar”. A mediados del siglo XVII, contaba con una población cercana a los 30.000 habitantes, de los cuales más del 14% eran clérigos o monjas. Solo los monasterios femeninos representaban el 8% de la población.

Entre 1560 y 1620 se fundaron catorce monasterios de clausura femeninos, cinco beaterios y decenas de cofradías, archicofradías y templos. El primer convento femenino, el de la Encarnación (1561), ocupaba más de dos cuadras y media: “parece un pueblo formado”, diría Cobo. Era una ciudad que vivía para la religión, que medía el tiempo por las campanas y la virtud por la reclusión. En ese contexto, la vida de Rosa adquiere su sentido más profundo.

Pintura virreinal peruana de Santa Rosa de Lima con símbolos incas. Tras su paso por colecciones argentinas, se expone en Estados Unidos. (The Walters Art Museum's)

Isabel Flores de Oliva nació el 20 de abril de 1586 en Lima, hija de Gaspar Flores, un arcabucero español natural de San Juan de Puerto Rico, y de la limeña María de Oliva. Fue bautizada el 25 de mayo en la parroquia de San Sebastián. El nombre “Rosa” no figuró en los registros oficiales. Fue un apodo doméstico, nacido de la observación de una criada que, al ver el rostro encendido de la niña, dijo que parecía una rosa. Fue la primera mujer que tuvo ese apodo, el cual terminó siendo su nombre; antes que ella nadie se había llamado así, y con el tiempo, ese nombre familiar fue adoptado por todos. Y en 1597, cuando Santo Toribio de Mogrovejo —el arzobispo de Lima, luego también canonizado— la confirmó en Quives, lo hizo bajo el nombre de “Rosa”, validando esa elección providencial.

La familia Flores atravesó muchas penurias económicas. Gaspar fue trasladado a la zona andina para administrar un obraje de refinamiento de plata. La infancia de Rosa transcurrió entre el campo y la ciudad. Pero al regresar a Lima, algo en ella cambió.

Rosa sintió desde temprano una vocación mística profunda. No deseaba casarse ni formar familia. Quería entregarse por completo a Dios. Sus padres, sin embargo, esperaban lo contrario: que su belleza atrajera un buen matrimonio. Pero Rosa optó por el camino más difícil. Se cortó el cabello, ayunó por semanas. Bordaba finos tejidos para ayudar en la economía doméstica y ahorrar para una dote, pero su intención no era entrar en matrimonio, sino en una orden religiosa.

Poseía gran devoción a santo Domingo y anhelaba ser monja dominica, el problema era que no existía en Lima un convento dominico femenino. La alternativa era seguir el modelo de Santa Catalina de Siena —su referente espiritual— y vivir como terciaria dominica en su propia casa. Así lo hizo. En 1606 tomó el hábito en la iglesia de Santo Domingo. Nunca fue monja en el sentido formal: no tomó votos solemnes ni ingresó en un convento. Pero vivió con mayor radicalidad que muchas religiosas de clausura.

Su vida transcurrió en la casa de sus padres, donde construyó una pequeña ermita de no más de dos metros cuadrados. Ahí dormía sobre una tabla y vestía con extrema sencillez (el hábito de dominica con que la vemos, lo usaba cuando iba a misa o a realizar alguna obra de piedad). Su ascetismo era extremo: usaba corona de espinas bajo el velo, se flagelaba a diario y ayunaba durante días. Pero no era solo penitencia. También fundó una enfermería en su hogar para atender a los pobres y enfermos. Allí conoció al fraile mulato Martín de Porres —hoy también santo— con quien compartió muchas horas de caridad. Era una figura profundamente respetada, pero también sospechada.

Cada 30 de agosto, miles de devotos visitan el santuario de Santa Rosa de Lima, en su ciudad natal, para rendirle homenaje. (Paula Elizalde)

Uno de los episodios más citados —y más mitificados— de su vida ocurrió en agosto de 1615. El corsario holandés Joris van Spilbergen amenazaba las costas limeñas. Los ciudadanos comenzaron a huir despavoridos, temiendo saqueos y matanzas. Pero Rosa no. Se encerró en la iglesia del Rosario a rezar con un grupo de mujeres. Según cuenta la tradición, una tempestad inusitada destruyó parte de la flota enemiga, obligando a los piratas a retirarse. La ciudad atribuyó la salvación a sus oraciones. El historiador peruano Fernando Iwasaki relativiza este episodio: “No hay pruebas directas de que la tormenta haya sido tan devastadora, pero lo cierto es que los piratas no desembarcaron. El imaginario colonial, profundamente teológico, necesitaba una explicación sobrenatural”. De ahí viene también el símbolo del ancla que suele acompañar a las imágenes de Santa Rosa.

Su vida estuvo rodeada de fenómenos místicos difíciles de encasillar. Tenía visiones, hablaba con plantas, con animales, entraba en éxtasis prolongados. Muchos testigos declararon haberla visto levitar en oración. Como Catalina de Siena, mantenía correspondencia espiritual con Cristo y vivía obsesionada por la redención de las almas. Sin embargo, no fue ajena a las sospechas. En 1614 la Inquisición abrió una investigación formal, preocupada por su fama creciente. Se instaló un tribunal ad hoc en su casa. Los inquisidores, sin embargo, no encontraron desviaciones doctrinales. Quedaron impactados por su humildad, lucidez y fervor. Rosa fue absuelta y su figura creció aún más.

Rosa profetizó su propia muerte: “Moriré el día de San Bartolomé”, dijo. Y así ocurrió. El 24 de agosto de 1617, rodeada por su familia y amigos, falleció en la casa de Don Gonzalo de la Maza, su protector. Tenía apenas 31 años. Ese día, Lima se desbordó. La noticia corrió como reguero de pólvora. El velorio fue una escena de histeria colectiva: la gente arrancaba trozos de su hábito como reliquias, la falange de un dedo fue mordida por un supuesto devoto. Hasta las monjas de clausura abandonaron sus monasterios para verla. Cuatro veces debieron cambiarle el hábito. El cabildo y el arzobispo decidieron enterrar el cuerpo al día siguiente en secreto, sin campanas ni cortejo. Pero el fervor ya era incontenible. Rosa era, para el pueblo, santa desde el primer momento. Décadas más tarde, su cuerpo fue exhumado con ocasión del proceso de beatificación, y en 1668 fue colocado en una urna de vidrio y plata. Hoy sus restos reposan en una capilla lateral de la basílica y convento de Santo Domingo de Lima, junto a los de san Martín de Porres y san Juan Masías, todos pertenecientes a la orden de santo Domingo.

Retrato de Santa Rosa de Lima hecho por el pintor Pedro José Díaz. (Museo Convento San Francisco de Lima)

El proceso de canonización comenzó en 1617. En 1668 fue beatificada por el papa Clemente IX. Un año después, fue declarada patrona del Perú, Lima, América, Filipinas y las Indias Orientales. Finalmente, en 1671, el papa Clemente X la canonizó junto a otros santos, entre ellos San Cayetano, con quien compartirá devoción en la Argentina.

Fue la primera santa nacida en América, y su canonización fue un evento político, religioso y cultural. Confirmaba que el Nuevo Mundo podía dar frutos santos, sin necesidad de importar modelos europeos. Rosa era, en ese sentido, una santa fundacional, una figura continental que también tuvo su impacto en esta región. Durante las décadas revolucionarias del siglo XIX, el fraile y diputado Fray Justo Santa María de Oro promovió su declaración como patrona de la Independencia Argentina y así fue: Rosa de Lima es la patrona de la independencia, ya que con su entrega y espiritualidad servía como inspiración moral para un país en gestación.

En Buenos Aires, la devoción a Santa Rosa fue tan fuerte que el 3 de enero de 1926 se puso la piedra fundamental de un templo en su honor y fueron padrinos el entonces presidente de la Nación Argentina, Marcelo T. de Alvear, doña Ángela Unzué de Alzaga, don Félix de Alzaga Unzué y la marquesa pontificia María Unzué de Alvear. La iglesia fue solemnemente inaugurada el 12 de octubre de 1934 y bendecida por el cardenal Eugenio Pacelli, quien sería el papa Pío XII. El acto contó con la presencia del presidente de la Nación, general Agustín P. Justo, y del arzobispo de Lima, monseñor Pedro Farfán, quien donó un relicario con reliquias de los santos latinoamericanos: Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres (o Porras, según refieren los historiadores que era originariamente), Santo Toribio de Mogrovejo y San Juan Macías. La consagración tuvo lugar el 30 de agosto de 1941, día en que fue declarada basílica.

A ambos lados del altar se ubican los atributos que le dan la categoría de basílica: la umbela con los antiguos colores vaticanos (rojo y amarillo) y el tintinábulo con la imagen de Santa Rosa de Lima. La Basílica de Santa Rosa de Lima se construyó en estilo neorrománico, con torres imponentes y vitrales franceses, es uno de los templos más emblemáticos de la ciudad. El interior de la Basílica de Santa Rosa de Lima en Buenos Aires deslumbra por su sobriedad majestuosa y su rica iconografía religiosa. El templo tiene influencias bizantinas y arcadas de medio punto sumando una imponente cúpula central que se eleva a más de 40 metros de altura. Las paredes están revestidas con mármoles claros, y el juego de luces naturales que filtra por los vitrales franceses crea una atmósfera de recogimiento y solemnidad.

Basílica de Santa Rosa de Lima en Buenos Aires

Santa Rosa no fue solo una mística del siglo XVII. Es una figura viva. En Perú, en Argentina, en toda América. Su rostro adorna billetes, calles, pueblos, ciudades, hospitales, parroquias. Su figura, aunque muchas veces edulcorada, sigue despertando devoción. Más allá de las tormentas, las leyendas y los ritos populares, Rosa fue una joven radical, luminosa, una mujer que vivió fuera del molde, que desafió a su tiempo y eligió amar a Dios con un fuego que consumía su cuerpo, pero elevaba su alma. De suyo, lleva su nombre la ciudad capital de la provincia de La Pampa, Santa Rosa.

En su visita al Perú, en la celebración realizada el 30 de agosto del 2007, el cardenal Tarsicio Bertone, secretario del Estado Vaticano, se refirió a la santa limeña en estos términos: “… vivió con una fervorosa espiritualidad dominica, practicando intensas penitencias y entregándose al servicio de los pobres, mientras permanecía en su hogar, sin ser monja formalmente. Su celda de dos metros cuadrados, construida en el jardín de su casa, fue el lugar de su contemplación, de su participación mística en la pasión de Cristo y de su noche oscura del alma, como la llama San Juan de la Cruz. En medio del silencio, Rosa experimentó la intimidad con Dios y recibió revelaciones que afirmaban el valor del sufrimiento como camino de gracia. Su ejemplo contrasta con las tentaciones modernas del hedonismo y la autosuficiencia: ella eligió el camino de la fe que no era intimista sino fecunda, levadura para transformar el mundo. Murió joven, pero su vida fue semilla de renovación espiritual para el Perú y toda América. Su amor por la Eucaristía y la Virgen del Rosario la guiaron. Hoy, su mensaje sigue vigente: la santidad nace de la humildad, del abandono en Dios y de una vida vivida como ofrenda. Su memoria, profundamente ligada a la identidad latinoamericana, nos recuerda que la fe auténtica siempre florece, aún en las pruebas”.

A más de cuatro siglos de su muerte, Santa Rosa de Lima sigue siendo eso: una presencia silenciosa, intensa y, como dijo el papa Juan Pablo II en su visita a Lima: “una flor de santidad que brotó en tierra americana para recordarnos que el alma, cuando ama de verdad, no necesita claustros ni títulos: solo entrega”.