
Esta historia comenzó el 25 de abril de 1986, cuando H. y E. —una parejita de jóvenes de 24 años que vivía en Bahía Blanca— decidieron casarse. Once años después, atravesaron una crisis y se distanciaron durante un año. A comienzos de 1999, se sentaron a conversar y resolvieron volver a intentarlo. Pero no lo harían solos: un bebé estaba en camino.
Es que, en el tiempo que estuvieron separados, E. mantuvo un vínculo con otra mujer que quedó embarazada. Sin embargo, desde el inicio, ella le dejó en claro que maternar no estaba en sus planes y que tampoco estaba en condiciones de hacerlo. Así las cosas, entre los tres llegaron a un acuerdo: H. y E. se harían cargo juntos de la hija por nacer.
Y así fue. Desde que M. llegó al mundo, en julio de 1999, H. ocupó el lugar de madre y la crio como a una hija propia durante más de dos décadas. En el 2000, incluso, los tres se fueron a vivir a la provincia de Río Negro y, años más tarde, H. se divorció de E. Pero eso nunca modificó la relación con M.
En 2025, madre e hija asistieron juntas al estudio de una abogada con una pregunta simple: si era posible que el Estado reconociera legalmente ese vínculo, que ya existía en su vida cotidiana. Es decir, que H. figurara en los papeles como la madre de M.
La respuesta llegó en febrero pasado, cuando el Juzgado de Familia N°5 de Viedma autorizó la adopción por integración. Para entonces, M. tenía 26 años y H. 64. La decisión judicial fue difundida por varios medios locales de Viedma y rápidamente llamó la atención por una particularidad: se trataba de una “adopción por integración” de una persona mayor de edad.
En el fallo, la magistrada Ana Carolina Scoccia explicó que este tipo de adopciones en familias ensambladas tiene como fin proteger el interés superior del hijo o hija reconociendo vínculos que ya existen. Aunque la joven es mayor de edad, la ley permite esta excepción cuando se demuestra que hubo “posesión de estado de hija” durante su minoría de edad; es decir, que siempre fue tratada y reconocida como tal.
Con el objetivo de conocer a las protagonistas de la historia, Infobae se puso en contacto con la abogada que llevó adelante el caso, la doctora Daniela Vivas, especializada en Derecho de Niñez, Adolescencia y Familia, para que les acercara la propuesta de una entrevista. Madre e hija agradecieron el interés, pero prefirieron no hablar públicamente por ahora.
A cambio, compartieron una reflexión sobre lo que significó el proceso: cómo vivieron cada paso del trámite y qué sintieron al llevar su historia ante la Justicia. “Tener que demostrar que mi mamá era mi mamá fue fuerte y raro, porque en mi vida siempre fue una verdad absoluta. También para ella fue movilizante. Ella misma dijo que recién ahora cayó en la cuenta de la importancia de lo legal. Durante mucho tiempo pensó que, al estar divorciada de mi padre, ya había perdido la oportunidad de adoptarme”, contó M.

Dar el paso
La abogada Daniela Vivas todavía recuerda la frase que pronunció M. el día que se entrevistaron por primera vez: “Quiero ser hija legal de mi mamá”.
La joven no había llegado al estudio para pedir un cambio de apellido —de hecho, llevaba el de su padre biológico y no tenía intención de modificarlo— sino algo más profundo: que su identidad legal coincidiera con la historia que había vivido. “Hoy leo mi partida de nacimiento y veo que tengo una filiación materna que no conozco, el nombre de una señora que no es nada mío”, explicó entonces.
El planteo implicaba abrir un proceso judicial sensible. Cuando se discute un cambio de filiación, la ley exige citar también a la progenitora biológica. “No se trata de un ‘formalismo’ —explica Vivas— sino que se discute estado civil y derechos personalísimos”. En este caso, la mujer se presentó en el expediente, reconoció que no participó de la historia familiar posterior al nacimiento y dejó una afirmación que, para la abogada, fue tan simple como contundente: la madre de M. era quien la había criado.
“Esto fue clave. Durante años, la historia de esa familia convivió con un vacío que no siempre se nombra. A veces por pudor, a veces por lealtades cruzadas, a veces porque no hay palabras ‘no crueles’ para decirlo. El silencio puede ser un mecanismo de supervivencia familiar. Pero el silencio también tiene un costo: deja la identidad a mitad de camino, como si la vida real fuera una cosa y el registro otra”, sostiene Vivas.
Hasta ese momento, ni M. ni sus padres tenían claro si una adopción era posible. “La charla que tuvimos mi mamá, mi papá y yo con Daniela fue muy importante, porque nos abrió los ojos en muchos aspectos y nos dio claridad”, escribió la joven en el mensaje que envió a este medio. “Ella fue quien nos explicó que se podía tramitar directamente una nueva partida de nacimiento. Además de sorprendernos, fue un empujón enorme y una alegría inmensa saber que algo que parecía imposible podía hacerse realidad”, sumó.
En palabras de Vivas: “Reconocer el vínculo que sostuvo y sostiene una vida no significa borrar de dónde se viene. Son dos planos convivientes: el origen y la crianza. Se puede reconocer una crianza sin negar un origen. El derecho no obliga a elegir una y descartar la otra, sino que se articulan. Como dijo la doctora Marisa Herrera antes de que el Código Civil y Comercial entrara en vigencia y que tiene valor de época: ‘La realidad social cambió y cuando la realidad social cambia, el derecho no puede hacerse el distraído. Puede resistir, o puede ordenar. En identidad, resistir sale carísimo’”.

“Para mí nunca existió otra mamá”
Cuando llegó el momento de iniciar el proceso, madre e hija sabían que la historia que habían vivido durante 26 años tenía que traducirse en pruebas. No se trataba solo de contarla: había que demostrarla.
Para eso presentaron desde documentación hasta testimonios de familiares y personas que formaron parte de su vida cotidiana, entre ellas, la terapeuta de M. y la directora del colegio donde cursó el primario.
Entre la evidencia se destacó un álbum de fotos titulado De los recuerdos, que reconstruía cronológicamente el primer año de vida de la joven. Según pudo saber Infobae, cada foto estaba fechada y anotada a mano por H. y E. En una de las primeras páginas aparecía una frase escrita por la propia madre de crianza: “Te estuvimos esperando tanto tiempo… Bienvenida, dulce M.”.
A eso se sumó una carta que la propia M. escribió para el expediente, en la que explicó con sus propias palabras por qué necesitaba que su documentación reflejara lo que siempre había sido su vida.
Ahora, la joven lo explica así: “Todo esto fue mucho más que un trámite. Fue un proceso que nos conmovió profundamente. A mí me hizo caer en cuenta de muchas cosas que tenía 100% naturalizadas y que, de pronto, tuve que explicar. Y eso me dolió y me descolocó. Para mí nunca existió otra mamá. Sin embargo, en los papeles figuraba otra persona con la que jamás tuve vínculo y eso siempre me pesó. Sentía que estaba en deuda conmigo misma y también con ella, con mi mamá, quien me crio, me amó y me cuidó desde el primer día de mi vida”.

“El derecho a la identidad es dignidad”
“Cuando empecé este trámite jamás imaginé que algún día iba a existir una partida donde mi mamá apareciera legalmente en mi vida. En ese momento era algo impensado. Hoy que es una realidad, todavía estamos procesando todo lo que significa”, le escribió M. a Infobae. “Sabemos que puede ser importante que otras familias sepan que esto es posible. Si visibilizarlo ayuda a alguien que esté pasando por algo parecido, nos va a alegrar mucho”, se despidió.
Para la abogada Daniela Vivas, el expediente judicial fue apenas la formalización de algo que ya existía. “La adopción por integración es el nombre jurídico de algo que muchas veces pasa en silencio: alguien cría, cuida, se queda, sostiene, y un día necesita que el Estado deje de mirar para otro lado”, explica.
“Esta situación familiar deja una enseñanza necesaria: se puede respetar la decisión de no asumir una crianza sin convertirla en estigma; se puede sostener el debido proceso sin negar la verdad afectiva; y se puede reconocer una adopción por integración fundada en vínculos socioafectivos sin borrar los orígenes, sino ordenándolos con honestidad y con garantías. Creo que el derecho de familia no se trata de expedientes prolijos: se trata de vidas. Y cuando una persona pide que su partida de nacimiento diga lo que su historia ya sabe, lo mínimo que el sistema puede hacer es escuchar, probar, garantizar, y finalmente reconocer. Porque el derecho a la identidad no es un lujo. Es dignidad”, concluye.
En el caso de M., esa identidad se resume en una frase que decidió tatuarse no hace mucho y que dice: Born in chaos, raised in love (Nacida en el caos, criada en el amor).



