La promesa que unió dos continentes y tardó casi un siglo en cumplirse: “Fue posible por una foto con mi hija que se hizo viral”

0
11

Francisco Condorí y su hija posan con la bandera de Polonia en las calles de San Miguel de Tucumán, de donde son oriundos

Hay historias familiares que se transmiten de generación en generación como simples recuerdos. Otras, en cambio, se convierten en promesas que atraviesan el tiempo, los países y las guerras. La historia de Francisco Condorí, un abogado tucumano de 41 años, pertenece a ese segundo grupo: un relato profundamente humano en el que la memoria, la identidad y el amor por las raíces lograron sobrevivir durante más de un siglo.

Todo comenzó con una promesa.

El bisabuelo de Francisco, Benedikt Tokar, nació a principios del siglo XX en un pequeño pueblo llamado Melna, una comunidad rural ubicada en la región que en aquel entonces formaba parte de Polonia, pero que hoy pertenece a Ucrania, cerca de Ivano-Frankivsk. Su familia se había asentado allí alrededor del año 1801. Eran humildes, marcados por una mezcla de culturas: raíces ucranianas, polacas y judías.

La vida en esa parte de Europa era compleja. A lo largo de la historia, el territorio había sido dividido entre imperios y potencias: Austria, Rusia y Prusia. Recién en 1918 Polonia recuperó su independencia. En medio de ese contexto turbulento, Benedikt creció, se convirtió en soldado y combatió en 1921 durante la guerra polaco-soviética.

Pero el destino tenía otros planes para él.

En 1930, en un período de tensiones y crisis entre guerras, decidió emigrar a la Argentina. Como muchos europeos de su época, buscaba escapar de la pobreza, de la incertidumbre política y de la amenaza permanente de nuevos conflictos. Antes de partir, dejó atrás a su familia: padres, hermanos y el pequeño pueblo donde había pasado su infancia.

Al igual que miles de europeos, Benedikt Tokar emigró a la Argentina después de la Primera Guerra Mundial (Gentileza: Facebook Historia desde la Frontera - Fotos Antiguas de Uruguay, Brasil y Argentina)

Fue entonces cuando pronunció una frase que quedaría grabada en la memoria familiar. “Si yo no vuelvo, voy a regresar a través de mi descendencia”, dijo el hombre al tomar una piedra y arrojarla al río Vístula, en Polonia, sin imaginar que ese juramento encontraría eco a 12.200 kilómetros de su pueblo, más precisamente en la provincia de Tucumán.

Benedikt jamás pudo volver a su tierra natal. Con el paso de los años, la Segunda Guerra Mundial arrasó Europa. Cuando el Ejército alemán invadió Varsovia, en 1939, gran parte de los archivos civiles y religiosos fueron destruidos. Sin registros, sin documentos y con la devastación de la guerra, las raíces familiares quedaron prácticamente borradas”, explicó Francisco a Infobae.

Una nueva vida en Argentina

Benedikt Tokar llegó a la Argentina en 1930 a bordo del barco Martha Washington. Como tantos inmigrantes europeos de aquella época, abandonó su país empujado por las dificultades económicas y las consecuencias de los conflictos que habían devastado Europa tras la Primera Guerra Mundial. Polonia atravesaba entonces una profunda crisis social y económica. Para muchos, emigrar no era solo una aventura, sino una cuestión de supervivencia.

En Argentina, Benedikt encontró una nueva vida. Con el paso de los años formó una familia y construyó una historia que sus descendientes seguirían recordando con orgullo. Vivió hasta los 94 años, una vida larga que permitió que varias generaciones pudieran escuchar sus memorias sobre la tierra que había dejado atrás.

Benedikt Tokar era oriundo de Melna, un pueblo que hoy quedó en territorio ucraniano

Francisco tuvo el privilegio de compartir muchos años con su bisabuelo. Durante su infancia, cada verano significaba un viaje especial hacia la estancia familiar ubicada en El Naranjo, una localidad tucumana del departamento Burruyacú. Aquellos días estaban llenos de expectativa y curiosidad. El niño que era entonces esperaba con entusiasmo llegar para escuchar a Benedict hablar de Polonia, de su familia, de la guerra y de las costumbres de su país natal.

El bisabuelo tenía hábitos muy particulares que se volvieron parte de las memorias familiares. “Su jornada comenzaba a las cinco de la mañana y su desayuno era tan singular como inolvidable: una bebida blanca, vodka, acompañado de panceta, sin importar si hacía frío o calor”. recordó Francisco.

A sus nietos les cantaba canciones de cuna en polaco y utilizaba palabras que mezclaban el idioma de su infancia con la vida cotidiana en Argentina. Los llamaba “pakarito”, que significa pajarito, y cuando pedía “kulichi”, la familia sabía que hablaba del alcohol que utilizaban para curar heridas. Esas pequeñas expresiones eran fragmentos de una cultura que seguía respirando dentro del hogar.

La foto viral que lo conectó con sus raíces

Décadas después, esas raíces polacas volvieron a cobrar fuerza de una manera inesperada. Francisco se tomó en 2021 una fotografía con la bandera polaca frente al Monumento al Bicentenario, en el parque Avellaneda de Tucumán. En la imagen estaba acompañado por su hija, como símbolo de la transmisión de la identidad entre generaciones.

Francisco Condorí y su hija posan con la bandera polaca frente al Monumento al Bicentenario, en el parque Avellaneda de Tucumán. Esa imagen se hizo viral y le permitió cumplir la promesa que había hecho su bisabuelo

Sin imaginar que traería repercusiones, decidió compartir la fotografía en redes sociales. Lo que sucedió después fue sorprendente. La imagen comenzó a circular por internet y llegó hasta instituciones vinculadas con la diáspora polaca. Una agencia de información polaca decidió publicarla con motivo del Día de la Bandera de Polonia. Poco después, la televisión pública polaca también difundió la imagen.

La fotografía alcanzó más de doscientas veinticinco mil interacciones y despertó una enorme emoción en Francisco. Aquel impacto no solo representó un reconocimiento personal, sino también una confirmación de que la historia de sus antepasados seguía teniendo un significado profundo.

Ese momento fue el impulso para un proyecto mayor. Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer muchos otros descendientes de polacos en Tucumán y en el noreste argentino. Personas que, como él, conservaban fragmentos de su identidad familiar y buscaban reconectarse con sus raíces.

Así nació la Asociación Civil Polaca de Tucumán y Noreste Argentino, una organización dedicada a preservar y difundir la cultura polaca en la región. La institución promueve actividades culturales, encuentros comunitarios y proyectos educativos que buscan fortalecer la memoria de la migración polaca en la provincia.

Francisco Condorí junto a la embajadora de Polonia en Argentina, Aleksandra Pawlikowska

Uno de los momentos más significativos para la asociación fue la visita de la embajadora de Polonia en Argentina, Aleksandra Pawlikowska. El encuentro se realizó en la Sociedad Francesa de Tucumán, ya que la organización todavía no cuenta con una sede propia. Aun así, la emoción del evento fue enorme.

La promesa que se hizo realidad

Un siglo después del nacimiento de su bisabuelo, Francisco comenzó a cumplir su promesa. Si bien durante años intentó encontrar documentos, registros o pistas que lo condujeran a sus antepasados; cada búsqueda terminaba en un callejón sin salida.

“La destrucción provocada por la guerra había eliminado la mayoría de los archivos. Durante mucho tiempo, creí que jamás podría reconstruir su árbol familiar. Hasta que apareció una persona clave en la historia”, admitió Francisco.

Magda Refa, una mujer polaca que vive en Polonia, vio la foto viral de Francisco y decidió escribirle por Facebook. Así, comenzó una amistad inesperada. “Magda habla siete idiomas y tiene un profundo conocimiento de la historia de su país. Con paciencia, comenzó a ayudarme a investigar mi pasado familiar”, agregó.

Francisco es uno de los creadores de la Asociación Civil Polaca de Tucumán y Noreste Argentino, una organización dedicada a preservar y difundir la cultura polaca en la región

A principios de marzo de 2024, Magda encontró un grupo de Facebook de Melna, el pueblo donde había vivido mi bisabuelo, actualmente territorio ucraniano. Envié solicitud de amistad, publiqué fotos de él y al momento obtuve una respuesta que me desbordó el alma”, recordó Franciso.

Una mujer llamada María Tokar escribió un mensaje sorprendente: “Conozco al hombre de la fotografía”. Afirmó que se trataba de Benedikt, el hermano de su madre Sofía. La emoción fue inmediata: María era sobrina del bisabuelo de Francisco.

“Había encontrado a la familia luego de 94 años y a 119 años del natalicio de mi bisabuelo. María es hija de Sofía, hermana de Benedyk, quien sobrevivió porque pudo escapar de los campos de concentración”, contó Francisco. El resto de los hermanos de su bisabuelo habían sido asesinados.

Parte de la familia que Francisco actualmente tiene en Ucrania

“Hablamos con María, luego con su hija Natalia, hablamos de todo, del dolor del pasado de la guerra, del comunismo. Lloramos, reímos, nos abrazamos a la distancia como si no quisiéramos soltarnos nunca”, señaló Francisco.

María sigue viviendo en Melna, en la misma tierra donde los Tokar se habían establecido más de dos siglos atrás. Actualmente vive de la agricultura y sobrevive con una pequeña pensión estatal equivalente a unos pocos dólares. “Me contó que a su hijo, Bogdan, lo habían enviado varias veces al frente de combate contra Rusia y que había regresado herido”, dijo Francisco.

Al interiorizarse en el presente de sus familiares, comprendió que la promesa de su bisabuelo no solo consistía en encontrar los afectos y vínculos perdidos. También implicaba algo más profundo: mantener viva la solidaridad y la memoria.

Francisco en videollamada con María, la sobrina de su bisabuelo polaco

“En lugar de gastar mis ahorros en el viaje que había planeado a Europa para conocer el pueblo de mis antepasados, tomé la decisión de comenzar a enviarle dinero a María para ayudarla en su día a día”, admitió Francisco, quien optó por trabajar más horas y así hacerlo posible.

Las conversaciones continúan hoy mediante videollamadas y aplicaciones de traducción. Aunque hablan idiomas diferentes, encontraron una forma de comunicarse. La tecnología, que nunca existió en tiempos de su bisabuelo Benedikt, permitió reconstruir un puente entre generaciones separadas por un siglo.

Sofia Tokar, hermana de Benedyk Tokar, bisabuelo de Francisco

Actualmente, Francisco también comparte esta historia con su hija, Ana Priscila, de 13 años. Para él, “transmitir la memoria familiar es una forma de preservar la identidad y honrar el pasado” porque la historia de su bisabuelo “no es solo una historia de migración sino de esperanza y resiliencia”.

Y, sobre todo, es la prueba de que algunas promesas nunca desaparecen y nos recuerdan que la memoria humana puede ser más fuerte que la guerra, la distancia y el tiempo.