Anécdotas y testimonios de una jornada histórica: a 45 años del debut oficial de Diego Maradona en Boca

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Ocurrió en Miramar. Pudo haber pasado en cualquier punto del país. Febrero apenas había cruzado su mitad y el calor seguía reinando con placer. Atrás quedaba un hermoso día de playa, en aquel miércoles 18. Pese al placer estival, el abuelo no perdía algunas de sus costumbres y cuando, caía la tarde, le dijo a su nieto si lo quería acompañar a comprar el diario, en tiempos de populosas ediciones vespertinas. Para el pibe siempre era un lindo plan hacer algo con él, pero eso le llamó la atención. Sin dudar dijo que sí y juntos cruzaron a paso lento la avenida en dirección al kiosco ubicado sobre la costanera. Unos metros antes, el abuelo se detuvo y le dijo: “Andá vos y pedí la sexta”. El chico recorrió esos pocos metros, escondió su vergüenza y cumplió. Cuando la tuvo en sus manos, abrió los ojos como nunca. Salió corriendo enloquecido y se abrazó con el abuelo, que sonreía feliz. El pibe le repetía: “Tenías razón, es verdad, es verdad”. El título, inmenso, lo confirmaba: “Maradona es jugador de Boca”. Allí, ante la brisa del mar, sus corazones xeneizes latían plenos de emoción, como le ocurría a todos los boquenses: el sueño era una realidad.

El pase de Diego a Boca. Aquella conmoción del verano ‘81, que fue eclipsando otros temas que cultivaban el estío nacional, como la firma del contrato entra Palito Ortega y Frank Sinatra, para su primera (y a la postre única) visita al país, que dejó al tucumano cerca de la ruina económica. O el apasionado y sorprendente romance entre Susana Giménez y Ricardo Darín, a quienes la mayoría le auguraba apenas un idilio de verano y fueron pareja por siete años. Porque lo del 10 se recortó, ampliamente, por sobre las páginas deportivas. Es que Maradona, con apenas 20 años, ya era una figura inconmensurable.

La firma del contrato el viernes 20 de febrero en la sede de Boca

El año ‘80 había marcado las dos caras de la moneda para Boca y Diego. El cuadro de la Ribera atravesó una de las peores crisis deportivas de su historia. Tras el alejamiento de Juan Carlos Lorenzo y su ciclo lleno de luces, llegaron las sombras. Jugadores lesionados, nulos refuerzos de categoría y un descenso de nivel alarmante, como aquellas personas que quieren seguir demostrando una prosperidad económica que ya le es ajena, pero no renuncia a sus viejos tiempos. Boca se había empobrecido de figuras y la primera rueda del campeonato del ‘80, con la legendaria figura de Rattín como entrenador, fue un vía crucis, que lo depositó en los últimos puestos, con la palabra descenso como pesada cruz. En las revanchas mejoró, maquillando apenas los defectos y dándole la chance a algunos chicos de inferiores, donde sobresalió Oscar Ruggeri.

Para Argentinos Juniors significó un año de gloria, de la mano de Maradona. Fue protagonista de ambos campeonatos, jugando a cancha llena cada domingo, con el imán del genio. Mucha gente iba a verlo solo a él, donde regalaba actuaciones para el asombro. El equipo alcanzó un festejado subcampeonato, el primero de su historia, en el certamen de primera división, con Diego como goleador y en estado de gracia, casi como en otra galaxia futbolera. En el nacional fue una tromba, que apabulló a casi todos sus rivales. La muestra mayor de ello fue el recordado 5-3 a Boca en cancha de Vélez, con los cuatro goles del crack y la polémica con Gatti por la leyenda del “gordito”. Era el gran candidato, pero no pudo contar con Maradona en la rueda final, convocado a la Selección que se preparaba para el Mundialito de Montevideo, y fue rápidamente eliminado por Racing de Córdoba en los cuartos de final.

Salida a la cancha

La de Diego y Boca fue la novela del verano, pero con una saga que venía desde un tiempo atrás. Los argentinos tenemos en el ADN pasión por ellas. En la década anterior, se había destacado “Rolando Rivas taxista”, que, en cualquier investigación, se señala como la primera que tuvo interés de la platea masculina. Al momento de hacerse el pase, aún permanecían los ecos de “Rosa de lejos”, el éxito del ‘80, tan grande como sorprendente, en los mediodías del incipiente ATC. La novela futbolera que tuvo a Diego como protagonista excluyente, contenía todos los ingredientes para hacerla apasionante: amor, incertidumbre, dinero, poder, desamor, misterio, desengaño y un final inesperado hasta el capítulo final.

El muchacho era pretendido por varios clubes, casi desde su debut en primera. A medida que crecía en sus actuaciones, amplificadas por su desempeño con la Selección, brotaban candidatos por todos lados. El club de La Paternal se mantenía firme, pero cada vez se le hacía más difícil poder mantenerlo.

A punto de convertir su primer gol oficial en Boca

En mayo de 1980 rubricó un precontrato con el Barcelona por 6 millones de dólares, pero había un impedimento que fue imposible de eludir: para la Asociación del Fútbol Argentino, Maradona era intransferible hacia el exterior hasta el 31 de diciembre, como cualquiera de los integrantes de la Selección. Al día siguiente, Argentinos Juniors visitó a River en el Monumental por el torneo de primera división, donde Diego tuvo una actuación sobresaliente y fue el autor de los goles en la victoria por 2-0. Fue despedido con aplausos por algunos simpatizantes locales, que habían disfrutado de su exhibición y, seguramente, estaban al tanto de un rumor que había comenzado a correr en los medios. River Plate analizaba presentarse como una posible solución para que continuara jugando en el país, porque era la única institución que estaba en condiciones de poder contar económicamente con el astro.

En los primeros días de 1981, nuevamente fue a la carga por el número 10. Incluso el Presidente, Rafael Aragón Cabrera reconoció que había pedido condiciones por Diego a su par de Argentinos Juniors, Próspero Cónsoli. En el libro “Yo soy el Diego de la gente”, el protagonista detalló los momentos de aquella historia: “River me hizo una oferta, a Cyterszpiller en realidad, más que interesante. Aragón Cabrera, que era el presidente, le dijo a Jorge que yo iba a ganar como el jugador mejor pago del club, que en ese momento era el Pato Fillol. Cuando me lo comentó, le contesté: ‘Ojalá que el Pato gane cincuenta mil’. No sé, usé una cifra exagerada, cualquier guita, porque si no era por mucha plata, yo no iba. Era muy interesante la oferta de River, pero ¿qué pasaba? En mi casa el corazón estaba en Boca. Una tarde, caminando con mi viejo por La Paternal, él se animó a contarme un sueño… Era algo raro en él, me sorprendió. No es de hablar mucho, así que lo escuché. Me dijo: Dieguito, ¿Sabés que estuve pensando anoche? Que algún día sería lindo verte jugar con la camiseta de Boca… La Bombonera, vos, nosotros gritando los goles, los parientes de Esquina también… Y Boca tiraba, pero estaba quebrado, no tenía un chelín”.

La postal del debut festejando el cuarto gol de esa tarde

En otra parte de su autobiografía, detalló cómo finalizó la historia con River: “Aragón se dio cuenta que yo no estaba convencido, porque me mandó un mensaje a través de Jorge: ‘Decile que arregle por la misma plata que Fillol o va a tener problemas’. A mí me sonó a una amenaza y la historia me gustó menos todavía. Jorge había averiguado cuánto ganaba Fillol y era un buen paquete, pero yo ya no quería saber nada. Además, si al plantel que tenía River me sumaba yo, se terminaba el fútbol, porque era un equipo monstruoso, nadie nos hubiera podido mojar la oreja. En ese momento tenían a Passarella, Merlo, Alonso, Jota Jota López. Y Boca se venía desangrando, venía de la peor campaña de su historia”.

La novela tuvo su final feliz en la noche del miércoles 18. Fue un préstamo hasta julio del ‘82, con una opción de compra. La historia posterior fue compleja, porque algunos presuntos mecenas desaparecieron y la famosa tablita que había puesto en vigencia el ministro de Economía, José Martínez de Hoz, prontamente se esfumó con el cambio de gobierno militar y provocó una descomunal devaluación, que acrecentó la deuda. Boca debía pagar 6 millones de dólares al contado, más 500.000 de un partido amistoso y el 15% que le correspondía al jugador por la transferencia (900.000 dólares). También hacerse cargo de dos deudas de Argentinos Juniors: una con la AFA (400 mil) y otra con el Banco de San Miguel (1.100.000 también de la moneda estadounidense).

Festejo del primer gol

El viernes 20 se realizó la firma del contrato, con la acostumbrada iconografía de aquellos tiempos en la sede de la institución, cada vez que había un evento de relevancia. La pequeña sala de reuniones desbordada de curiosos, los protagonistas (Diego y dirigentes) en el centro, custodiados por los cuadros de Benito Quinquela Martín. Esa misma noche, se disputó un amistoso en la Bombonera, entre Boca y Argentinos Juniors, donde Maradona jugó el primer tiempo para el equipo de La Paternal y el segundo para su nuevo club.

Así se llegó al famoso domingo 22 de febrero. Que no fue una fecha más, no solo por la conmoción de la presentación de Maradona en Boca en la primera fecha del campeonato, frente a Talleres de Córdoba, sino también por el debut de Víctor Hugo Morales en Argentina, que así nos lo recordó: “Había llegado el 18 de febrero y dos días más tarde se disputó el amistoso entre Boca y Argentinos por el pase de Maradona, que lo viví en la cancha, aunque sin trabajar. Luego llegaron dos días plenos de ilusión por lo que iba a vivir el domingo. De aquel día el recuerdo más fuerte por supuesto es Diego y alrededor de él, como siempre me ha ocurrido, pude construir un relato convincente y que juzgo como bueno para una persona que trataba de instalarse en otro medio. Y por más experiencia que tuviese, estaba muy nervioso y necesitado de dejar una buena impresión en quienes habían hecho un esfuerzo en contratarme y me habían traído a la Argentina”.

Entrevistado en el entretiempo por Enrique Macaya Márquez

La hegemonía de José María Muñoz en Radio Rivadavia comenzaría a resquebrajarse desde ese mismo instante. Ese primer año en El Mundo y luego en Mitre, Victor Hugo y un equipo brillante, que era una verdadera selección (Néstor Ibarra, Marcelo Araujo, Fernando Niembro y Adrián Paenza, entre otros), trajeron una nueva forma de hacer periodismo deportivo, que terminó siendo decisiva para varias generaciones. Aquella tarde del 22 de febrero, fue una jornada inolvidable para Víctor Hugo: “Tuve mucha suerte, porque al jugar bien Maradona y tenerlo como eje de mi trabajo, los motivos de lucimiento que uno podía encontrar eran permanentes. El arranque de la jugada que termina con un penal es formidable: una corrida vertical hacia el arco y luego la ejecución con una gran suavidad, teniendo que dar el gran examen de estar debutando en la cancha de Boca, a mi me parecía increíble. Hay por allí un par de frases de ese momento que quedaron en el recuerdo, creo que dije algo así como: ‘Que lindo es levantarse un domingo de mañana en Buenos Aires si de tarde juega Maradona’, la comparación con un mago en la maniobra previa (’y fue sacando conejos y palomas y pañuelos azules y amarillos, hasta que finalmente enfrentó a Baley y el arquero de Talleres no tuvo otro remedio que derribarlo’) y la expresión ‘la soltó como una lágrima’ para la pelota que él dispara en el penal”.

Esa lágrima que Diego soltó y la garganta de Víctor Hugo dibujó en el aire, fue el primer gol de la legendaria tarde. Boca se fue a los vestuarios 3-0, porque al penal de Maradona, se sumaron las dos conquistas del otro debutante de aquella tarde, un jugador extraordinario que en esos primeros meses del ‘81, escribió una de las mejores páginas en el refinado libro de su carrera: Miguel Ángel Brindisi. La Pepona Reinaldi descontó con un golazo que se clavó en un ángulo del Loco Gatti y casi sobre el final, Diego, nuevamente de penal, estampó el definitivo 4-1, que ya es leyenda.

El aviso del debut de Víctor Hugo en Argentina por radio El Mundo

Fue una jornada calurosa e inolvidable. Porque un mes antes, era impensado suponer que Maradona podría ser jugador de Boca. El deseo de Don Diego, las ganas del astro y el empuje del pueblo xeneize, le pusieron alas a aquella quimera. Sueño que se pintó de azul y oro para hacerse realidad. Sueño de una tarde de verano.