Un Superclásico histórico, definido con un golazo de Diego Latorre: a 35 años del Boca-River que comenzó a marcar la paternidad de los 90

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“Fue una gran corrida de Bati por la derecha. Lanzó un centro que al desviarse en un defensor se elevó y me cayó justa, de frente al arco. En un instante pensé en cabecearla, pero detecté que tenía un margen como para dejarla bajar un poquito, ya que había algunos rivales en la línea, porque el arquero no había regresado a su posición. Me tenía mucha fe y por eso la empalmé de lleno, en una especie de tijera y la puse arriba. Fue la gloria, porque había sido un partido épico, en el marco de la Copa Libertadores, en la cancha de Boca, contra River, después de perder feo en el primer tiempo y poder ganarlo sobre la hora con ese gol. Fue una muestra más de la magia del fútbol, dejando en claro que dentro de una cancha cualquier cosa puede suceder”.

Pasaron 35 años, pero en la voz de Diego Latorre, en diálogo con Infobae, las imágenes de aquel 27 de febrero de 1991 parecen de hace apenas unas horas. El 4-3 de Boca a River en la Copa Libertadores. Aquella imborrable noche del 27 de febrero de 1991, que trazó una línea en el superclásico a lo largo de una década que recién estaba amaneciendo. En sus 90 minutos, tuvo todos los condimentos necesarios, para hacer más vibrante a este duelo que viene desde el fondo de la historia. Y el resultado final, comenzó a inclinar la imaginaria balanza futbolera, hacia el plato pintado de azul y oro.

Esa noche marcaba el debut de ambos en el torneo, con promesa de cruce ardiente, en un grupo que compartían con Bolívar y Oriente Petrolero, los representantes de Bolivia. En River aún estaban frescas las heridas de la frustración de la Copa Libertadores del año anterior, donde fue eliminado por Barcelona de Ecuador en una polémica definición por penales. Para Boca era la chance de volver al máximo torneo continental, luego de un año de ausencia y tras haberse quedado fuera en los octavos de final de la edición ‘89, en una ardiente e increíble definición por penales con Olimpia.

Diego Latorre, Juan Simón, el Mono Navarro Montoya, Walter Pico y Carlos Tapia celebran la victoria

Estos 35 años que han pasado desde aquella noche dejan claros los cambios en varios aspectos. Pero en pocos se ven tan abiertamente como en el plano de los medios de comunicación. Pensemos lo que sería en la actualidad la cobertura, quizás desmedida, de un Superclásico por Copa Libertadores. Allá por el ‘91, no solo no hubo previa, sino que el partido se emitió en diferido para Capital y Gran Buenos Aires.

Canal 9 tenía los derechos y quien lo relató fue el Bambino Pons, para quien fue una jornada inolvidable, como lo evocó en diálogo con Infobae: “Viajé al Mundial ‘90 trabajando para Radio Continental y la revista Solo Fútbol. Allí me encontré con Gustavo González, que era el gerente de deportes de Canal 9, quien me preguntó si yo relataba. Le respondí que sí, aunque no era mi habitualidad. Me contestó que me iba a tener en cuenta. Y así ocurrió, cuando me convocaron hacia fin de año para un torneo de juveniles, llamado Selección ‘94. Al poco tiempo me dijo que se la iba a jugar por mi para la Copa Libertadores que arrancaba en febrero con ese Superclásico, porque tenían los derechos para transmitir a Boca. Cuando llegó el día, me agarró un miedo tremendo (risas). Como no tenía auto, le pedí al encargado de mi edificio, que era hincha de Boca, que me llevara y, de paso, miraba el partido. Hice dupla con Alejandro Fabbri, que me ayudó mucho, porque él ya contaba con experiencia en televisión”.

Boca había ganado los dos clásicos de verano en Mar del Plata, pero River llegaba de un año ‘90 muy bueno, donde se consagró campeón a mitad de año del torneo 1989/90, y luego salió segundo del Newell´s de Bielsa en el Apertura. En el cuadro Xeneize había asumido el Maestro Tabárez, quien, en ese mes y medio de trabajo, había aportado calma y una gran claridad para transmitir los conceptos.

El momento del gol de Latorre que definió el clásico con el 4-3 definitivo

El comienzo fue con el estilo que tenía ese River de Daniel Passarella. Esa voracidad por el pressing en mitad de cancha, con el trabajo a destajo de Zapata y Astrada (los pac man, Víctor Hugo dixit) para recuperar la pelota. A los 9 el gol de Borrelli de cabeza y dos minutos más tarde, el 2-0 de Zapata, también con la misma vía, para desatar el desconcierto de Boca, que no hacía pie en el encrespado mar de un clásico vibrante, como lo recuerda Latorre: “Fue un partido con muchas dificultades para nosotros en el primer tiempo. Estábamos muy nerviosos, acelerados, cometimos muchos errores y ellos nos superaron en todos los aspectos del juego. Logré descontar para ponernos 1-2, pero ellos otra vez convirtieron y la situación era complicada. La expulsión de Astrada nos benefició, porque hasta allí, no habíamos podido conducir el partido”.

Fue una ráfaga de emociones en apenas cuatro minutos. Diego descontó al tomar un rebote después de un córner, a los 28, Borelli de penal puso el 3-1 a los 31 y 60 segundos más tarde, Leonardo Astrada vio la tarjeta roja por reiteración de faltas, agregando un capítulo más a la eterna disputa entre Daniel Passarella y el árbitro Juan Bava, que había comenzado en los últimos tiempos del Kaiser como jugador y se iba a mantener durante su trayectoria como entrenador.

River debió hacer un retoque táctico, pasando Zapata a cubrir la función de volante central, pero nadie ocupó su lugar sobre la banda derecha del medio juego, algo que Boca iba a aprovechar en el complemento. Con el 3-1 para los Millonarios concluyeron los primeros minutos. Los hinchas de Boca despidieron al equipo con aplausos, sintiendo que la historia no estaba cerrada. El técnico estaba en la misma sintonía, como rememora Latorre: “La charla del entretiempo del Maestro Tabárez fue magistral, porque no solo se apoyó en cómo debíamos corregir los errores, sino puntualizando la esperanza de poder revertirlo, a partir de nosotros, pero sabiendo que River estaba en inferioridad numérica y que en algún momento eso lo iban a sentir”.

Boca salió dispuesto a cambiar el curso del partido, con la mezcla exacta del orden que pregonaba Tabárez, más el fervor, ese ADN tan Xeneize. A los 56, esa imparable avalancha de amor propio que habitaba en Blas Giunta fue al área en busca de un centro y de cabeza la clavó en el ángulo. El 2-3 abría la esperanza, que se barnizó de empate cuando Víctor Marchesini tuvo fe para desengancharse del fondo, hacer una pared y definir con calidad al primer palo, superando el achique de Oscar Passet. Aquel desconcierto de una hora atrás, ahora era patrimonio de River, que se aferraba al reloj para rescatar un empate. Faltaban solo tres minutos. José Luis Villarreal, con su acostumbrada dinámica, quitó en el medio y habilitó a Batistuta para armar la jugada que detalladamente nos contó Latorre, desatando el carnaval Boquense. Un 4-3 increíble que entró automáticamente en la leyenda.

Con la transmisión de televisión se dio un hecho curioso que así nos revivió el Bambino Pons: “Cuando ganaba 3-1 River al terminar el primer tiempo, mucha gente dejó de escuchar la radio y puso el arranque del partido en la tele, porque íbamos en diferido. Y más tarde ocurrió algo maravilloso, porque los hinchas de Boca, que lo habían seguido por radio, encendieron Canal 9 para observar ese segundo tiempo increíble. Cuando terminamos me dijeron que el partido había medido 50 puntos de rating. Al llegar a mi casa, como a la 1 de la madrugada, lo volví a ver porque quería escucharme. Creo que fue un relato bastante sostenido, con la garganta más clara que ahora, como es natural. Para mí fue una noche maravillosa”.

Diego Latorre tenía el don de lucirse en los superclásicos, donde casi siempre sobresalía y marcaba goles. Sobre este punto, tiene un interesante análisis: “Yo venía acostumbrado, ya desde las inferiores, a jugar clásicos contra River. Creo que era un plus, porque los vivía con mayor naturalidad. El grado de motivación y de estímulo que tenés para esos partidos, donde querés ser la figura o el héroe, para salir en la tapa de los diarios y la revistas, para mí era un motor super importante. Con el paso del tiempo me fui convirtiendo en un jugador más paciente, no tan ansioso para entrar en contacto con la pelota, como cuando recién empezaba en primera. Estaba más maduro, sin la desesperación de querer ganar un partido yo solo”.

Hasta 1987, la luz de la Bombonera era deficiente, con un sistema vetusto. Alejandro Romay, propietario de Canal 9, por entonces, la única emisora privada, hizo un acuerdo con el club, por el cual financió el nuevo sistema lumínico, a cambio de tener los derechos de televisión de los partidos del club en torneos internacionales. Aquel ‘91 no fue un año más, como cuenta el Bambino: “Hicimos toda esa campaña de Boca en la Libertadores, donde luego se sumó Fernando Niembro como comentarista, tras dejar el cargo que ejercía en el gobierno. Hicimos el sospechado encuentro con Oriente Petrolero, la aplastante victoria ante Flamengo en cuartos de final, donde Junior declaró que tuvieron un poco miedo porque el piso de la Bombonera se movía y la semifinal con incidentes ante Colo Colo en Chile”.

El festejo de Diego Latorre al convertir el cuarto gol sobre la hora

Para muchos, aquel del primer semestre del ‘91, fue de los mejores equipos de Boca en las últimas décadas. Por momentos brillante, con una idea clara y un vuelo ofensivo distinto. Ganó invicto el Clausura, pero cayó en la final frente a Newell´s, con la recordada ausencia de Batistuta y Latorre, por encontrarse en la Copa América. Tampoco pudo quedarse con la Copa Libertadores, perdiendo en la polémica semifinal ante Colo Colo, en Chile. Pese a que no puedo gritar campeón, por siempre quedará el recuerdo de un cuadro excelente, como lo cita el propio Latorre: “Teníamos un muy buen equipo, con un soporte importante detrás. Lo recuerdo como un cuadro maravilloso, con sentido colectivo, grandes individualidades y una mezcla interesante de juventud y experiencia. Estaba el Chino Tapia que era un jugador magistral, que creo que es poco valorado y el despliegue de Villarreal en el medio. Y la dirección del Maestro Tabárez, con mucha templanza y gran oficio. Hombre de poner siempre el foco en el desarrollo del juego y con las palabras justas. Con una gran capacidad de poder ver más allá y motivarnos para que no bajemos el rendimiento. Un verdadero sabio que confiaba mucho en nosotros. Él fue quien detectó la posibilidad de que hagamos la dupla de ataque junto a Bati, dejándolo a él como centro delantero definido y a mí como un cuarto volante con mucho gol, resignado a Graciani sobre la derecha, para que yo pueda tener todo el campo a disposición. El Maestro venía de dirigir a Uruguay en la Copa del Mundo de Italia y era como un padre para nosotros. Fue clave en mi crecimiento y maduración, para convertirme en un futbolista más de equipo, sin dejar de lucirme, porque nunca me negó el placer de jugar y poder explorar mis condiciones».

No fue una victoria más. Casi nunca lo es una entre los grandes rivales del fútbol argentino. Pero esta fue especial, porque tuvo una guion cinematográfico, en el marco deseado de la Copa Libertadores, con la agónica y plástica definición de Latorre. Además, derramó la paternidad por el resto de la década. Desde allí hasta fines del ‘99 se enfrentaron 43 veces entre partidos oficiales y amistosos, con 21 triunfos de Boca, 8 de River y 14 empates.

Por eso los festejos tan alocados, en el maravilloso ida y vuelta de los jugadores, celebrando de frente a la tribuna, donde unos y otros se agradecen mutuamente, sin querer irse jamás. Una postal del fútbol. Y una premonición. El pueblo boquense sentía en la piel que era apenas el inicio de una racha memorable ante el clásico rival. Ese sentimiento inexplicable que solo aquel que alguna vez saltó en una cancha puede describir con las palabras del corazón.