
Durante las guerras de la Revolución Francesa y del Imperio Napoleónico (1789-1815), Napoleón invadió España en 1808. Esto provocó la caída de la monarquía española, con la captura de Carlos IV y de su hijo el futuro Fernando VII, y su reemplazo por José Bonaparte, hermano de Napoleón. El vacío de poder impulsó el movimiento juntista que consistió en la creación de juntas de gobiernos en distintas ciudades de la España invadida que tenían como fin constituirse en instancias políticas de poder, en representación de la legítima monarquía hispana.
La caótica situación española tuvo importantes consecuencias en Hispanoamérica. Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, adhirió al movimiento juntista y formó una Junta Provisional Gubernativa (25 de mayo de 1810), que, inicialmente fiel al monarca cautivo Fernando VII, desplegó una intensa actividad para lograr apoyo en el Virreinato y conducir el proceso político, lo cual provocó resistencias en Montevideo, Córdoba, Paraguay y Alto Perú.
Con la formación de la Asamblea General Constituyente (1813) y la creación del Directorio Supremo (1814), las ahora Provincias Unidas del Río de la Plata manifestaron una voluntad política cada vez más orientada a la independencia.
Los gobiernos revolucionarios de Buenos Aires buscaron someter Montevideo a través de duros sitios (1811-1814), pero ante la prolongación indefinida y el desgaste de aquellas operaciones terrestres, se convencieron de la importancia de poseer una fuerza naval para dominar los ríos de la Cuenca del Plata. Esta inquietud respondió a las actividades de la Real Armada española del Apostadero Naval de Montevideo.
Entre 1810 y 1814 las fuerzas navales españolas del Montevideo dominaron la Cuenca del Plata, lo que permitió a los realistas incursionar en esas vías fluviales para hostilizar y bombardear puertos rebeldes (como Buenos Aires); efectuar desembarcos y saqueos sobre las poblaciones ribereñas para abastecer a la ciudad sitiada y recibir auxilios desde España, el Virreinato del Perú, la Capitanía General de Chile, Carmen de Patagones y hasta del Brasil.
A ello se sumaban las pretensiones sobre las posesiones del Río de la Plata que venían desde el Brasil (el carlotismo), que manifestaba Carlota Joaquina de Borbón, esposa del rey de Portugal Juan VI y hermana del monarca español Fernando VII, quien residía con su marido en Río de Janeiro desde 1808 por la invasión napoleónica a Portugal.
También cabe destacar los conflictos internos con la región del litoral, dominada por José Gervasio Artigas, caudillo de la Banda Oriental, defensor del federalismo, rival de Buenos Aires y poco después afín a los realistas de Montevideo por su común oposición a los porteños.
Otro actor relevante era el Reino Unido que, a través de su estación naval en Sudamérica, ejercía un importante rol político, diplomático y militar y prestaba suma atención al desarrollo de los complejos acontecimientos del Río de la Plata para proteger y ampliar sus intereses estratégicos, económicos y comerciales en esa parte del continente.

La prolongada resistencia del foco realista de Montevideo gracias a sus fuerzas navales, hizo cada vez más incierto y hasta inútil el sitio impuesto por el Ejército revolucionario. En ese contexto, nuestra primera escuadrilla naval fue vencida por la escuadra española de Montevideo en el combate de San Nicolás (2 de marzo de 1811).
A fines de 1813, la situación de las Provincias Unidas del Río de la Plata era crítica. En la Banda Oriental el sitio a Montevideo se prolongaba cada vez más y Artigas se retiraba del sitio y entraba en abierta oposición con Buenos Aires; en el Alto Perú el general Belgrano era derrotado en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma; se producía la invasión realista a Chile desde el Virreinato del Perú y en Brasil los astutos portugueses seguían atentamente la situación en el Plata con vistas a una eventual intervención militar.
Aquellos acontecimientos se sumaban al restablecimiento del rey Fernando VII en el trono de España, ya libre de Napoleón, y se sabía que el monarca no tardaría en enviar expediciones a sus posesiones americanas para derrotar los movimientos revolucionarios.
Buenos Aires, principal foco rebelde de Hispanoamérica, se hallaba amenazado por la contraofensiva realista desde el Alto Perú y Chile, por el conflicto interno con Artigas y sus aliados federales del litoral y por los portugueses del Brasil. Pero lo que más preocupaba era Montevideo, la base de operaciones obligada para expediciones reconquistadoras procedentes de España, las cuales podrían romper el sitio a Montevideo, liberar esta ciudad y cruzar el Río de la Plata para caer desde el Este sobre Buenos Aires, a su vez hostilizada desde el Noroeste (Alto Perú) y el Oeste (Chile).
La contraofensiva general realista contribuyó a acelerar la formación de una nueva escuadra naval que fuera capaz de derrotar a la Real Armada española para arrebatarle el dominio de la Cuenca del Plata y así, en combinación con el sitio, bloquear y rendir a Montevideo, principal amenaza para la revolución hispanoamericana.
La formación de una nueva escuadra se realizó entre diciembre de 1813 y febrero de 1814; en esa iniciativa se destacaron los esfuerzos económicos y políticos del ministro de hacienda del Directorio Supremo Juan Larrea y del comerciante estadounidense Guillermo Pío White. El 1 de marzo de 1814 Guillermo Brown, un marino irlandés que comerciaba en el Plata desde antes de la Revolución de Mayo, fue nombrado comandante de la escuadra de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
La flamante escuadra puesta a las órdenes de Guillermo Brown quedó compuesta por la fragata “Hércules” (insignia); las corbetas “Zephir”, “Belfast”, “Agreable” y “Halcón”; el bergantín “Nancy”; la goleta “Juliet”; las sumacas “Santísima Trinidad” e “Itatí” y la balandra “Carmen”.
Comandos, oficialidad y tripulaciones se formaron con individuos de la más diversa procedencia y condición. Se incorporaron capitanes y tripulantes extranjeros, varios de ellos dedicados al comercio marítimo: británicos, irlandeses, escoceses, estadounidenses, franceses, italianos, griegos, portugueses, entre otros orígenes, que, por su mayor experiencia, fueron designados comandantes y oficiales, aunque también formaron tripulaciones y tropa embarcada. Los criollos fueron incorporados especialmente como artilleros y tropa embarcada.

En el Apostadero Naval de Montevideo, cuyo jefe era el capitán de navío Miguel de la Sierra, se hallaban varios oficiales de la Real Armada de gran prestigio y experiencia (como el capitán de navío Jacinto de Romarate) y contaba con la siguiente fuerza naval: queche “Hiena”; fragatas “Neptuno” y “Mercedes”; corbetas “Mercurio” y “Paloma”; bergantines “San José”, “Cisne”, “Nuestra Señora de Aranzazú” y “Belén”; goleta “María”; balandras “Murciana” y “Corsario de Castro”; sumacas “Gálvez” y “Carlota”; lugre “San Carlos”; falucho “Fama” y cañoneras “Perla”, “Lima”, “Americana” y “San Ramón”.
En la isla Martín García se hallaba una escuadrilla española al mando del capitán de navío Jacinto de Romarate, compuesta por los bergantines “Belén” (insignia) y “Nuestra Señora de Aranzazú”; sumaca “Gálvez”, balandra “Murciana” y cañoneras “Perla”, “Lima”, “Americana” y “San Ramón”. La isla se encontraba además protegida por baterías de artillería.
Decidido a tomar Martín García, Guillermo Brown organizó su escuadra con la fragata “Hércules” (insignia), la corbeta “Zephir”, el bergantín “Nancy”, las goletas “Juliet” y “Fortuna”, la balandra “Carmen” y el falucho “San Luis”.
El 10 y 11 de marzo de 1814 aquella fuerza naval se enfrentó a la escuadrilla española del capitán Romarate, pero la lucha resultó adversa para la escuadra de Brown. La “Hércules” varó y quedó expuesta a los fuegos de los buques españoles, inteligentemente distribuidos por Romarate, y de las baterías de la costa y del muelle, que la castigaron duramente. Algunos buques de Brown cayeron en la confusión y el desorden, y otros rodearon la isla, pero fueron rechazados. El 11 de marzo la “Hércules” se retiró para efectuar reparaciones.
El 15 de marzo de 1814 la escuadra de Guillermo Brown tomó revancha y se apoderó de la estratégica isla Martín García a través de una astuta acción naval de diversión para entretener a los buques de Romarate en su fondeadero y simular un ataque, combinada con un exitoso y decisivo desembarco que arrolló las defensas españolas y quedó en posesión de la isla. De aquella isla, clave para el control de la Cuenca del Plata, dirá Brown que constituía la “llave de los ríos Paraná y Uruguay”. Así Montevideo perdía sus comunicaciones y líneas de abastecimientos en el interior de la Cuenca del Plata.
La guarnición española de la isla y sus familias se refugiaron en los buques de Romarate, quien quedó amenazado entre dos fuegos: la escuadra victoriosa de Brown y las baterías de la isla en manos de los vencedores. Perdida Martín García y cortadas sus comunicaciones para regresar a Montevideo, el capitán Romarate escapó con su escuadrilla aguas arriba remontando el río Uruguay.
La victoria de Brown dividió a las fuerzas navales hispanas y dejó aislado y encerrado en el interior del río Uruguay al mejor y más experimentado jefe naval español, el capitán de navío Jacinto de Romarate, cuya escuadrilla quedó paralizada y fuera de combate, y no pudo intervenir para unirse y reforzar al resto de la escuadra española de Montevideo ni para defender esta plaza; esto fue reconocido por el Almirante Brown en sus Memorias: “una de las más importantes consecuencias de la captura de Martín García, fue la separación de ese oficial, indudablemente el mejor en el servicio español, y que su escuadra fuese cortada y privada de cooperar con las otras fuerzas”.

Pocos días después de abandonar Martín García, Romarate solicitó, con urgencia, al jefe del Apostadero Naval que le enviaran pólvora, municiones y alimentos. Para unirse y apoyar a la escuadrilla de Romarate, el 18 de marzo de 1814 se organizó en Montevideo una fuerza naval de ocho buques al mando del capitán de navío José Primo de Rivera. Esta expedición no se concretó y el 25 de marzo regresó a Montevideo por dificultades en la navegación, por la escasa motivación y voluntad de su jefe y por la inquietante presencia de la estación naval británica en el Plata, que simpatizaba con las Provincias Unidas.
Pese al fracaso de su expedición de auxilio, el capitán Primo de Rivera alcanzó a enviar oportunamente a la escuadrilla de Romarate dos lanchas con pólvora, munición y dinero.
En su informe al ministro de hacienda Juan Larrea (19 de marzo de 1814) sobre la toma de Martín García, Brown señaló: “no creo que sea prudente perseguir al enemigo que huye aguas arriba de un río probablemente peligroso”. En carta a Larrea del 22 de marzo de 1814, Brown se refirió a la fuerza de Romarate y comentó estar “ansioso por apoderarme de la escuadra enemiga, que logró escapar aguas arriba por el río, como asimismo temeroso de que la misma regresara a Montevideo”: es por ello que ya había enviado una división naval en su persecución.
Guillermo Brown suponía que la escuadrilla de Romarate estaba escasa de pólvora y municiones. Así lo informó al ministro Larrea el 22 de marzo: “la carencia de pólvora y proyectiles obligará al enemigo a rendirse. Por consiguiente, por ese lado no debe temerse peligro alguno”.
Para rendir a la escuadrilla de Romarate y evitar que se uniera a la escuadra de Montevideo, Brown envió al río Uruguay una división al mando de Tomás Nother, compuesta por pequeños buques: sumaca “Santísima Trinidad” (insignia, al mando del mismo Nother), balandra “Carmen” (comandante Samuel Spiro), goleta “Fortuna” (comandante Pablo Zufriategui), cañonera “Americana” (comandante Francisco José Seguí) y faluchos “San Martín” (comandante Santiago Hernández) y “San Luis” (comandante Juan Handel). Dicha fuerza (41 cañones y 260 hombres) se internó en el río Uruguay el 22 de marzo de 1814 para rendir al enemigo y completar el triunfo de Martín García.
En tanto, Romarate efectuaba una difícil navegación, durante la cual las autoridades locales que simpatizaban con Artigas le facilitaron alimentos. En la mañana del 28 de marzo de 1814 llegó con sus fuerzas a la boca del Arroyo de la China, un curso de agua que desemboca en un brazo del río Uruguay, al Sur de Concepción del Uruguay (en la actual provincia de Entre Ríos). La escuadrilla realista estaba compuesta por los bergantines “Belén” (insignia) y “Nuestra Señora de Aranzazú”; la sumaca “Gálvez”; la balandra “Murciana” y las cañoneras “Perla”, “Lima”, “Americana” y “San Ramón” (32 cañones y 380 hombres). Sus oficiales y tripulaciones eran profesionales y poseían gran experiencia.
Cabe destacar que los lugartenientes de Artigas (como Fernando Otorgués) abastecieron con víveres a las fuerzas de Romarate durante su permanencia en el interior del río Uruguay, lo que confirmó el Almirante Guillermo Brown en sus Memorias al decir que en Arroyo de la China el jefe español “fue protegido por las tropas de Artigas y abastecido de provisiones”.
Los buques españoles se hallaban bien distribuidos y acoderados, formando una sólida posición defensiva, a modo de muralla flotante artillada, con todos los cañones de una de sus bandas apuntando listos para combatir al enemigo. Dicha posición estaba a su vez fuertemente reforzada desde tierra por los españoles con tropas y artillería, y hasta con fuerzas artiguistas de Fernando Otorgués.
El 28 de marzo de 1814 las dos escuadrillas se encontraron en la boca del Arroyo de la China. La lucha se produjo en un escenario reducido, estrecho, con aguas complejas y traicioneras y complicado para maniobrar.

Nuestras fuerzas comenzaron el combate con gran decisión, garra y energía: en sucesivas y difíciles bordadas, se colocaron muy cerca de la formación española, pero pronto se vieron sorprendidas y superadas por el poder de fuego, los recursos y la sólida posición de los marinos realistas, donde se destacaron sus expertos y eficaces artilleros y sus excelentes cañones, superiores en calibre y potencia. Un intenso y furioso fuego se desencadenó por ambas partes, a distancias cada vez más cerradas…
La escuadrilla de las Provincias Unidas chocó prácticamente contra la inexpugnable y estática barrera flotante artillada formada por los buques españoles acoderados, que se limitaron a esperar cómodamente la arremetida impetuosa de la división de Nother, la cual, a su vez, fue también atacada desde tierra por fuerzas españolas y artiguistas, que resguardaban la retaguardia realista. El combate fue encarnizado, violento e intenso, con fuego de artillería, metralla y fusilería a quemarropa, donde los buques quedaron muy próximos entre sí, disparándose a muy corta distancia. El empuje temerario de la ofensiva de nuestros marinos chocó con la vigorosa resistencia española…
En su informe sobre el combate, Romarate señaló que “los enemigos sufrieron muchas averías y muchísimas desgracias en sus tripulaciones por la gran proximidad en que unos y otros se batían. Los cañonazos de mi división jugaban con la mayor ventaja y velocidad”.
En lo más dramático de la lucha, la sumaca “Santísima Trinidad” se empeñó a fondo y de manera temeraria y, tras efectuar continuas y arriesgadas bordadas en aguas complicadas, quedó peligrosamente expuesta a corta distancia del enemigo, que la cañoneó con intensidad. A poco de iniciado el combate, una mortal y fulminante andanada arrasó el buque: murió el comandante Nother (a causa de una esquirla de metralla), quien se hallaba en la primera línea de fuego dando el ejemplo a sus subordinados, a la vez que sesenta hombres murieron o quedaron heridos.
En aquellos críticos momentos, el teniente Ángel Hubac asumió el mando de la sumaca, pero resultó gravemente herido; lo reemplazó el teniente Bartolomé Cerretti, quien también recibió heridas de consideración. Nicolás Jorge (único oficial que quedaba en pie) y Leonardo Rosales (despensero y artillero de a bordo), con gran habilidad y sangre fría, lograron, a duras penas y con gran esfuerzo, alejar a la maltrecha “Santísima Trinidad” del eficaz, preciso y mortal fuego enemigo y ponerla a salvo. En esos momentos, la goleta “Fortuna” se alejaba del combate y uno de los dos faluchos mantuvo una actitud pasiva: así, solamente cuatro buques estaban empeñados efectivamente en esa lucha desigual.
Por su parte, la balandra “Carmen” encalló y fue severamente castigada y acribillada por la artillería española, especialmente la del bergantín “Belén”, insignia de Romarate. En esa extrema y crítica situación, su comandante el teniente Samuel Spiro hizo desembarcar a la tripulación y decidió prender fuego el depósito de municiones y pólvora (la santabárbara) y hacer explotar y destruir su buque para que no cayera en poder del enemigo. Spiro murió a bordo de su nave en esa operación desesperada.
En sus Memorias, el Almirante Brown señaló que la balandra encalló y “fue volada por su comandante Spiro, para impedir que cayese en manos del enemigo”, mientras que el capitán Romarate informó que “la balandra enemiga, por un cañonazo bien dirigido, voló y desapareció en humo. Este accidente aterró a los enemigos, que se pusieron en fuga”. La destrucción de la “Carmen” puso prácticamente fin al encuentro de Arroyo de la China.

El combate se desarrolló desde las 15.30 hasta las 16.50 horas, aproximadamente, y fue tremendo e intensamente disputado: una verdadera lluvia de fuego, pólvora, humo y plomo cubrió por casi dos horas las estrechas aguas en torno al Arroyo de la China y al río Uruguay. Allí quedaron demostradas la bravura y el heroísmo de los marinos de Buenos Aires y de los veteranos hombres del capitán Romarate. El victorioso jefe naval español expresaría “la satisfacción de haber escarmentado completamente a los enemigos que han tenido la osadía de atacarme”. Los castigados buques de las Provincias Unidas se retiraron vencidos, pero con el honor bien alto, y llegaron a Buenos Aires el 30 de marzo.
Pese a su triunfo, la situación del capitán Romarate no se modificó, ya que continuó encerrado e inactivo en el río Uruguay, sin poder participar en el resto de la campaña para auxiliar al resto de la escuadra en Montevideo y contribuir a la defensa de esta ciudad. La escuadra de Guillermo Brown, no obstante el revés de Arroyo de la China, se preparaba para bloquear Montevideo y definir las operaciones navales en el Plata.
Al conocer la derrota de Arroyo de la China, Brown comentó a Larrea: “Siento infinito la muerte del señor Nother, y la pérdida de la balandra. Si yo hubiese sospechado que corrían el menor peligro los que perseguían al enemigo, no habría mandado tras él ni un solo buque. Se impone el bloqueo de inmediato de Montevideo, si hemos de evitar que la fuerza que remontó el río se nos escape y logre ganar dicho puerto”.
En otra carta al ministro Larrea (3 de abril de 1814), Brown observó que “la importancia de enviar una fuerza aguas arriba no será comparable o tan buena como la de destacar la escuadra frente a Montevideo. Aún suponiendo que las naves que se encuentran aguas arriba puedan escaparse, yo pregunto ¿a dónde?, y contesto, con toda seguridad no será a Montevideo. Con el enemigo aguas arriba, estoy ansioso más que nunca para caer sobre el mismo; pero cuando pienso que él no representa ningún peligro, ¿por qué razón entonces titubear en arriesgar el propósito de un bloqueo?”.
El 20 de abril de 1814 comenzó el bloqueo a Montevideo, que se articuló con el sitio. La población de Montevideo sufrió hambre y enfermedades. La crítica situación obligó a los realistas a efectuar una salida desesperada con su fuerza naval para vencer a la escuadra de Brown y recuperar la iniciativa en el Río de la Plata. El 17 de mayo de 1814, en el decisivo combate naval de Montevideo, la escuadra española fue derrotada.
Luego de aquel combate, las fuerzas del capitán Romarate dejaron de recibir ayuda de Artigas y de sus lugartenientes, quienes, incluso, comenzaron a presionar al jefe naval español para que se rindiera y entregara su escuadrilla. Poco después, los marinos hispanos fueron atacados por las huestes artiguistas en todo el río Uruguay.

A mediados de junio de 1814 el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata ofreció una honrosa rendición a Romarate, quien todavía permanecía encerrado en el río Uruguay, ahora hostilizado por sus anteriores aliados artiguistas. El valiente jefe naval rechazó la propuesta y respondió que “esta escuadrilla no se entregará a nadie que no la busque por el camino de la gloria militar que ha seguido siempre”.
El 20 de junio de 1814 se concretó la capitulación de Montevideo, que fue tomada tres días después. Así finalizó la presencia española en el Río de la Plata. La crisis del poder español en el Plata influyó directamente en la suerte final de la escuadrilla del capitán Romarate, quien aceptó negociar con Buenos Aires. A fines de julio de 1814 el jefe naval español y sus subordinados se rindieron ante el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata: Romarate entregó sus buques, las tripulaciones quedaron prisioneras y él y sus oficiales fueron autorizados a regresar a España en diciembre de 1814.
En Arroyo de la China combatieron figuras con trayectoria distinguida en nuestra Marina y en la Real Armada Española, como Samuel Spiro, Ángel Hubac, Nicolás Jorge, Leonardo Rosales, Francisco José Seguí, Bartolomé Cerretti, Tomás Nother y Jacinto de Romarate.
Nacido en Grecia, Samuel Spiro apresaba buques españoles de Montevideo en el Plata desde1810. Como comandante de la balandra “Carmen”, participó en los combates de Martín García. El Almirante Brown destacó su participación en la toma de esa isla al señalar que “el comportamiento cobarde y negligente de todos los comandantes de la flota, con excepción del comandante griego de la balandra Carmen, constituyó el único motivo por el cual no se encuentran hoy en nuestro poder todos los buques enemigos”. En Arroyo de la China murió en la explosión de la balandra “Carmen”.
Ángel Hubac, nacido en Francia, había combatido a los británicos durante sus invasiones al Virreinato del Río de la Plata (1806 y 1807). Comandó uno de los buques de nuestra primera fuerza naval en el desgraciado combate de San Nicolás. En la campaña de 1814 combatió en Arroyo de la China y en el encuentro final de Montevideo. Ya coronel de marina, entre 1815 y 1819 comandó la escuadrilla de Buenos Aires durante la guerra civil contra Artigas y los caudillos federales del litoral; en el feroz combate de Colastiné (1819) recibió más de 30 heridas de arma blanca en su cuerpo y fue necesario amputarle ambas piernas, lo que le provocó la muerte poco después.
Nicolás Jorge, nacido en la isla de Hydra (Grecia), inició su carrera naval en la campaña de 1814: luchó en Martín García y en la toma de esta isla, en Arroyo de la China y en el combate de Montevideo. En la escuadrilla de Buenos Aires participó en los dos terribles combates de Colastiné (1819 y 1821) durante la guerra civil del litoral. Tuvo una destacada actuación en diversos acontecimientos navales de la guerra contra el Imperio de Brasil (1825-1828), como los ataques a Colonia de Sacramento y los combates de Los Pozos y Juncal. También se distinguió en el combate de Vuelta de Obligado contra las escuadras británica y francesa. Falleció en 1866 como coronel de marina.

Nacido en la ciudad de Buenos Aires, Leonardo Rosales se incorporó como despensero y artillero a la sumaca “Santísima Trinidad”. Peleó en Arroyo de la China, participó en el bloqueo de Montevideo y luchó en el combate de este nombre. Sirvió a la Marina de Buenos Aires durante las guerras civiles del litoral y se destacó en el combate naval de Colastiné (1821). En la guerra contra el Imperio de Brasil tuvo un desempeño extraordinario, siendo uno de los comandantes predilectos del Almirante Brown; se halló en los ataques a Colonia del Sacramento y en los combates de Los Pozos y Quilmes. Falleció en 1836 en la República Oriental del Uruguay. Alcanzó el grado de coronel de marina. Es considerado uno de los marinos más destacados de nuestra historia naval.
El porteño Francisco José Seguí actuó en los combates que terminaron con la toma de la isla Martín García y en Arroyo de la China. En la escuadra de Buenos Aires, luchó en los dos feroces combates navales de Colastiné durante las contiendas civiles del litoral. En la guerra contra el Imperio del Brasil participó en uno de los ataques a Colonia del Sacramento y en los combates de Los Pozos y Quilmes; fue uno de los artífices de la gran victoria naval de Juncal, siendo felicitado por el Almirante Brown. Falleció en 1877, con el grado de contraalmirante.
El italiano Bartolomé Cerretti había llegado al Río de la Plata antes de la Revolución de Mayo. Como despensero de nuestra primera escuadrilla naval, luchó en el combate de San Nicolás. En la campaña de 1814 sirvió a bordo de la sumaca “Santísima Trinidad” y combatió en Arroyo de la China y en el decisivo combate de Montevideo. Ya mayor de marina, murió en 1826 en uno de los ataques a Colonia del Sacramento, durante la guerra contra el Imperio del Brasil.
Tomás Nother, nacido en Estados Unidos, participó en la campaña naval de 1814 debutando como comandante de la sumaca “Santísima Trinidad”. Luchó con bravura y coraje en Arroyo de la China, donde murió mientras dirigía el ataque contra la escuadrilla española.
Jacinto de Romarate era uno de los mejores marinos de la Real Armada española en el Río de la Plata. Destinado en el Apostadero de Montevideo, luchó contra los británicos que invadieron el Virreinato del Río de la Plata (1806 y 1807). Derrotó a nuestra primera fuerza naval en el combate de San Nicolás. Rechazó a la escuadra de Brown en su primer ataque a la isla Martín García y más tarde obtuvo la victoria de Arroyo de la China. El Almirante Guillermo Brown dijo en sus Memorias que “en todos sus combates nunca había hallado hombre más valiente”. Regresó a España luego de la caída de Montevideo. Fue secretario de estado de marina en 1822. Ascendido a jefe de escuadra y reconocido como consejero de estado, falleció en 1836.
El combate de Arroyo de la China, librado en un escondido rincón de la dilatada región rioplatense, si bien no tuvo consecuencias tácticas ni estratégicas, simbolizó uno de los últimos esfuerzos de España por evitar el colapso de su poder en el Río de la Plata. La valiente actuación de nuestros marinos, y la obstinada y no menos valerosa resistencia de los veteranos marinos españoles, en la dramática jornada de Arroyo de la China, constituyen una síntesis del cambio de época que comenzaba a manifestarse en la suerte de Hispanoamérica.



