
En cada oportunidad en que se produce un acto de violencia en una escuela de la Argentina, como el de San Cristóbal, en Santa Fe, el fantasma de Rafael Juniors Solich vuelve a aparecer en escena una y otra vez.
Juniors es hoy un hombre de 37 años y padre de un niño que ya concurre al colegio. En 2004, tenía 15 años y el 27 de septiembre pasó a buscar un cuchillo de caza y los cargadores de la Browning 9 milímetros de su padre, suboficial de la Prefectura Naval, de camino al colegio. Cuando llegó a la Escuela de Enseñanza Media N° 202 Islas Malvinas en Carmen de Patagones, ya que era alumno del 1° B del Polimodal, pasó por el baño y luego se cruzó con la directora, Adriana Goicochea.
La masacre de Patagones
Ya tenía la decisión tomada. Se sentó en su banco de la segunda fila contra la pared. Y a las 7:35 horas en punto de repente se incorporó, sacó el arma, empezó a tirar haciendo un movimiento semicircular y vació el cargador con doce disparos a quemarropa. Mató a tres de sus compañeros: Federico Ponce, Evangelina Miranda y Sandra Núñez. E hirió a otros cinco de gravedad: Pablo Saldías, Rodrigo Torres, Natalia Salomón, Nicolás Leonardi y Cintia Casasola. El ataque de Juniors fue considerado “la primera masacre escolar de Latinoamérica”.

Luego abandonó el aula y mientras caminaba descartó el cargador que había vaciado y colocó uno nuevo. Enseguida vio al quiosquero en los pasillos, le tiró y erró. Como la pistola Browning se le trabó la dejó en el piso. Afuera ya se escuchaban las sirenas de la policía y ambulancias.
Seguramente una escena similar por el horror que produjo se vivió ayer en la Escuela N°40 “Mariano Moreno” de la localidad de San Cristóbal, Santa Fe. Allí, un adolescente de 15 años, disparó con una escopeta 12/70. En el raid, mató a Ian Cabrera de 13 años e hirió a otros ocho alumnos cuando se preparaban para izar la bandera.
Entre las primeras revelaciones y detalles se especuló con que además de violencia intrafamiliar el joven homicida padecía bullying en el colegio. Se repite otro caso como el acontecido el 4 de agosto de 2000 con Javier Ignacio Romero, de por entonces 19 años, un alumno de primer año que en la puerta de la Escuela de Educación Media N° 9 de Rafael Calzada sacó un arma y mató a tiros a un compañero e hirió a otro.

En el colegio lo apodaban Pantriste y a partir de ese caso se empezó a hablar de bullying en Argentina.
Regresando al caso de Juniors Solich, el bullying sobrevoló la causa judicial, más que nada por la propia palabra del agresor, ya que sus compañeros le temían un poco por sus actitudes hostiles para con el resto y su poca participación e intercambio con el resto de los alumnos, excepto con Dante Pena, su ladero y amigo. Este diálogo mantuvo la jueza Alicia Ramallo, titular del Juzgado de Menores N° 1 de Bahía Blanca, cuando lo tuvo frente a ella. Cuando la magistrada le preguntó sobre las razones del ataque, el joven dijo: “Se me nubló la vista y disparé.”
La explicación de Juniors
¿Por qué disparaste contra tus compañeros? ¿Estabas enojado?
– Sí.
– ¿Con ellos?
– Sí.
– ¿Con tu familia?
– También.
– ¿Por qué con tus compañeros?
– Me molestan, siempre me molestaron, desde el jardín. Desde séptimo grado que pensaba en hacer algo así.
– ¿En la secundaria tenías los mismos compañeros que en el Jardín?
– Sí, varios.
– ¿Y cómo es que te molestan?
– Y, me cargan. Dicen que soy raro. Me joden porque tengo este grano en la nariz.
– ¿Todos te cargan?
– Y, casi todos.
– ¿Y con tu familia?
–Tuve una pesadilla: estábamos mirando tele con mi abuela, mis tíos, mis papás y mi hermano. Yo agarraba un cuchillo y apuñalaba a mi papá. Pero él no se moría, me preguntaba por qué lo había hecho y yo le tiraba una silla y salía corriendo a la pieza, me encerraba. Mi papá me decía que me perdonaba pero yo no le creía y abría la puerta y le tiraba una bicicleta.

– ¿Tenés problemas con tu papá?
– Nos peleamos seguido.
– ¿Por qué?
-Yo nunca le hago nada pero él me pega, me empuja, se enoja porque dice que siempre estoy solo, que no les doy bola a ellos ni a nadie, que no entiende por qué no tengo amigos.
– Pero algo pasará que tu papá se enoja con vos, ¿en la escuela cómo te va?
– Últimamente bajé algunas notas. Creo que mi papá no cree que las pueda aprobar y se calienta.
– ¿Vos creés que tu papá es muy rígido?
-Sí, autoritario…
La noche anterior a la masacre de Patagones
Luego en la investigación que prosiguió salió a la luz que Rafael Solich, padre de Juniors, suboficial responsable del Museo de Prefectura, lo castigaba con un machete desde los 9 años. De adolescente cuando lo sorprendió fumando, le dio una trompada que le hizo sangrar la nariz. No fue todo, al llegar a la casa le empezó a dar patadas y lo dejó encerrado. Todos los relatos constan en el expediente que obra en la justicia.
El día anterior a la matanza escolar había discutido fuerte con su hijo. Los había ido a buscar en el Renault 12 de la familia a él y a su hermano, Fernando Ayrton a la salida de la escuela. Al mayor le había puesto Juniors de nombre porque era fanático de Boca. Su otro hijo recibió el de Senna por su admiración por el piloto brasileño de Fórmula 1, muerto un 1 de mayo de 1994 al chocar contra el guardrail en la curva Tamburello durante el Gran Premio de San Marino en el Circuito de Imola en Italia.
Cuando llegaron a la casa, el padre ordenó, como lo hacía habitualmente, que alguno de los dos pusiera la mesa para almorzar en familia. Entonces Juniors estalló.

-Dejame de hinchar las pelotas. Que lo haga éste (en alusión a su hermano).
El padre se puso furioso, se dirigió a su habitación y cerró de un portazo. Luego volvió en busca de Ester Pangue, su mujer, madre de los chicos. Juntó a todos y subió la apuesta:
-Esto así no va más. Ustedes tienen que ser responsables con el estudio y con la casa donde viven. Saben muy bien las necesidades que pasé de pibe; por eso con su mamá trabajamos para que tengan un futuro. Vos que sos el mayor, si no querés estudiar vas a tener que trabajar. Se acabó la joda. Me tienen repodrido siempre con el mismo quilombo…
Juniors se hartó y respondió con munición gruesa:
-Voy a seguir yendo a la escuela si me dejás de romper las bolas, te lo vuelvo a decir. Si no, me voy a vivir con la abuela y listo. Y se paró haciéndole frente.
-Ah, el señorito la hace fácil yéndose con la abuelita. ¿Quién carajo te va a mantener? Vos te quedás acá, te dejás de joder y empezás a comportarte, pendejo irrespetuoso.
El padre enardecido se le paró frente a frente:
-¿Vos estás loco, nene? ¿Qué mierda estás buscando? ¿Querés que te cague a trompadas?
-Dale, pégame otra vez…
La madre y su hermano mediaron. Juniors se fue a su cuarto y dio un portazo. Ya era casi de nochecita.
Toda esta violencia ocurrió la noche previa a la masacre escolar que Juniors protagonizaría horas más tarde.

Por ser menor de edad la jueza Alicia Ramallo lo declaró inimputable. De todas formas el joven estuvo alojado tres meses a la base de Prefectura Naval en Ingeniero White. La explicación fue que estuvo ahí por su seguridad. Recién en 2005 se lo llevó al Instituto de Menores El Dique de Ensenada, por eso la familia se trasladó a una casa de Punta Lara, y el padre prestó servicios en la sede de prefectura de dicha localidad.
En El Dique la pasó mal, lo apodaron “Matapibes”, tuvo crisis depresivas y se autolastimó. Por eso, decidieron trasladarlo al neuropsiquiátrico Santa Clara en la ciudad de San Martín, donde le practicaron los estudios completos de rigor. El panorama era sombrío. Los resultados obtenidos analizados por los médicos concluyeron en diagnósticos que hablaban de esquizofrenia, de trastorno de personalidad psicopática, y provocaban distintas opiniones de los propios profesionales que lo trataban. Se destacaba en los informes la peligrosidad hacia terceros y hacia sí mismo.
La vida de Juniors tras la masacre
Ya en 2007 la jueza Alicia Ramallo permitió un régimen de salidas transitorias a su hogar por algunas horas. Luego alcanzaron las 24, 48 y 72, siempre de acuerdo y siguiendo las indicaciones de los respectivos informes médicos. Cuando en 2009 alcanzó la mayoría de edad, su causa pasó al Juzgado de Familia N° 4 de La Plata. Y al tiempo lo reubicaron en una clínica neuropsiquiátrica para adultos de esa ciudad.
Hoy sigue bajo tutela judicial y goza de un régimen por el que se realiza un seguimiento de su estado de salud con tratamiento ambulatorio que consiste en exámenes psicológicos y psiquiátricos permanentes que permiten verificar su estado de salud, ya que en sus antecedentes figura la peligrosidad para sí mismo y para terceros.
Como oportunamente fue declarado inimputable por ser menor de edad, este sistema que se le aplica es lo máximo que permiten las leyes vigentes. Así fue y seguirá su vida desde que se convirtió en homicida. En ese marco conoció a una mujer y fue padre de un niño. Lleva una vida aparentemente tranquila en Villa Elvira, partido de La Plata, zona cercana a las orillas del río, gozando de algo que pocos asesinos logran en la Argentina, casi 24 años de anonimato. Más allá de algunas que otras imágenes que circularon hace años y que ilustran esta nota, nunca habló. En las declaraciones que le brindó a la jueza de menores en su momento se presentó más como víctima que como victimario. Luego se refugió en el silencio. Sin dar explicaciones y sin rendir cuentas.



