Compró un vagón de subte que era chatarra y lo convirtió en una casa de fin de semana dentro de un barrio privado de Canning

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En un barrio privado de Canning, donde la mayoría sueña con casas modernas y construcciones tradicionales, Juan Iriarte eligió un camino completamente distinto: convertir un viejo vagón de subte, abandonado y vandalizado, en una casa de fin de semana para su familia. Lo que para muchos era chatarra sin destino, para él fue el punto de partida de un proyecto tan desafiante como original.

Juan tiene 47 años, nació en el partido bonaerense de Ayacucho y desde hace varios años vive en el barrio porteño de Almagro, en un PH, junto a su esposa —con quien lleva 18 años de matrimonio— y sus dos hijos: un adolescente de 14 y una nena de 12. Trabaja como inspector de Medio Ambiente en el Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires, una profesión que, de alguna manera, dialoga con su proyecto: reutilizar, resignificar, darle nueva vida a algo descartado.

La historia de esta aventura empezó en 2020, en pleno encierro. “Estábamos todo el día con el teléfono, no había mucho más para hacer”, recordó. Entre promociones y publicidades que aparecían sin parar, una captó su atención: “Lotes en Canning, accesibles y financiados”. Era el barrio Estilo Campo, un desarrollo incipiente, casi vacío, donde todo estaba por hacerse.

El vagón del subte estaba dentro de un predio de Pilar, dedicado a vender objetos de demolición

La decisión fue rápida, casi impulsiva. “Lo charlé con mi mujer y decidimos invertir 8.500 dólares por un terreno de 10 metros de ancho por 30 metros largo”, contó. El problema vino después: ¿qué hacer con él?

En aquel entonces el barrio todavía no tenía prácticamente nada. Apenas algunas construcciones en marcha. Y levantar una casa tradicional, desde cero, implicaba costos muy elevados que ellos no podían enfrentar. “Solo para hacer las bases necesitábamos un presupuesto altísimo, así que empezamos a buscar otras alternativas”, admitió.

En total, había cuatro vagones a la venta. Juan eligió el que estaba menos deteriorado y con la mayor cantidad de vidrios intactos

Primero miró casas container. Después silos reciclados. Y siguió con estructuras metálicas. Luego, el algoritmo hizo el resto. “Me apareció una noticia de una subasta de antiguos vagones de la Línea B del subte porteño, realizada en 2016. Le seguí el rastro y descubrí que esos vagones habían sido comprados por una empresa llamada Hierro y Ruedas, y los contacté”, recordó.

Del otro lado del teléfono, la respuesta fue tan simple como inesperada: “Sí, los tengo acá. ¿Querés pasar a verlos?”. El “acá” era un predio en Pilar. Un depósito de chatarra que, según Juan, es “una juguetería para quien le gustan las cosas raras”. Entre piezas antiguas, estructuras y objetos de demolición había cuatro vagones disponibles.

Completamente destrozado: así lucía el interior del vagón cuando Juan lo compró

“Estaban muy deteriorados, vandalizados, sin vidrios, grafitados. Pero tenían una estructura sólida y potencial. Solo les faltaba un poco de cariño”, señaló Juan, quien al iniciar la negociación para su compra no pidió rebaja en precio sino solo una condición: que le entregara el vagón con todos los vidrios.

El pedido tenía lógica. No era solo una cuestión estética: los vidrios eran el primer paso para cerrar el espacio, protegerlo y empezar a pensar en la transformación. La respuesta fue inmediata y sin vueltas. “Sí, ningún problema”, le dijeron. Para ello, tuvieron que sacarle los vidrios a los otros tres vagones y colocarle los faltantes al que había elegido Juan.

Tras acordar el pago de $700.000, se presentó otro problema: el traslado de Retiro a Canning. Sin embargo, también pudo sortear ese obstáculo gracias a la buena predisposición de Javier, el dueño de la empresa, quien se comprometió a hacerse cargo de la logística.

El subte fue trasladado con una camión grúa desde Retiro hasta Canning

Cuando ya estaba todo acordado y solo faltaba el traslado del vagón al barrio privado, surgió un nuevo impedimento. “No podía llevar el vagón destruido tal como estaba a un barrio privado que estaba en plena etapa de comercialización. El desarrollador me explicó que no podía llevar ese gigante porque iba a espantar a los potenciales compradores”, contó. Y así fue como tuvo que apelar a la ayuda de Javier otra vez.

“Le pedí permiso para restaurarlo por fuera y pintarlo en el mismo predio donde estaba, y Javier aceptó sin objeciones”, afirmó. Incluso le abrió las puertas en días feriados para que pudiera trabajar tranquilo. Así fue como Juan pintó el vagón a la intemperie, dándole una “primera capa de dignidad con un color gris oscuro, usando un barniz con terminación óxido”. Además, aprovechó para retirar los asientos, los compresores y todo el equipamiento, dejando el interior completamente vacío.

Antes de trasladarlo, el desarrollador del barrio privado le pidió a Juan que lo restaurara y pintara por fuera para no dar una mala imagen

El momento del traslado fue otra aventura ya que el vagón tenía que cruzar gran parte del conurbano bonaerense, por la ruta 6. “El camionero me dijo que iba a llegar en una hora cuarenta y tuvo razón, a pesar de mi incredulidad. Yo salí con mi auto, pero agarré por Panamericana, General Paz y luego la Ricchieri, y terminé alcanzando al camión en el camino”, recordó.

Una vez en el lote, dos grúas levantaron el vagón y lo apoyaron sobre durmientes. Finalmente, el 5 de agosto de 2021 la estructura estaba instalada en su lugar definitivo. En ese momento, el barrio era casi un desierto. Apenas dos casas en construcción. No había nadie viviendo.

La transformación llevó unos tres meses. “Contraté a un carpintero para realizar las divisiones internas, con puertas incluidas; y a un electricista que se encargó de cablear todo el vagón, ocultando completamente las instalaciones entre la chapa exterior y el revestimiento interior. No quedó ni un cable a la vista”, destacó Juan. La instalación de agua fue obra de un amigo. Luego vinieron los pisos, los detalles y el armado final.

El vagón fue puesto en el lote del barrio privado el 5 de agosto de 2021

El resultado es sorprendente: en un espacio de 18 metros de largo por 2,63 de ancho, Juan logró diseñar una casa funcional para toda su familia. La clave fue un pasillo de 80 centímetros que recorre el vagón, permitiendo acceder a cada ambiente sin tener que atravesar otros espacios. Primero está el baño, que tiene una ducha escocesa. Luego, los dormitorios de los chicos, compactos pero funcionales, con cuchetas; al final, el dormitorio principal, que es el más amplio.

El sector social ocupa casi la mitad del vagón: cocina, comedor y living integrados. Allí hay una mesa para seis personas, un sillón de tres cuerpos (que además es sofá cama), una mesa ratona y la televisión. La cocina está cuidadosamente diseñada para ocultar los elementos menos estéticos: termotanque, horno eléctrico, microondas. Quedó todo integrado y prolijo”, remarcó.

Juan junto a su mujer y sus dos hijos disfrutando de una comida dentro de su casa-vagón

La climatización combina equipos frío-calor y una estufa moderna en el living. Y pese a tratarse de una estructura metálica, el aislamiento funciona mejor de lo que muchos imaginarían.

Por fuera, Juan construyó con sus propias manos una galería tipo deck, que funciona como andén, acceso y espacio de estar. Allí también hizo la parrilla, pieza clave de cualquier casa de fin de semana argentina. Y a los pocos días de instalar el vagón, sumaron una pileta.

Poco tiempo después de mudarse armaron la pileta con un deck

Hubo pruebas y errores. “En un momento decidí cambiar el color del vagón con un revestimiento texturado naranja. Pero no funcionó. La estructura tiene cierta flexibilidad y el material se resquebrajó. Así que hace dos años volví a pintar de color gris con una membrana líquida, logrando un resultado duradero”, contó Juan.

El vagón conserva muchos elementos originales. Las ventanas, por ejemplo, siguen siendo bipartidas y se deslizan hacia arriba o abajo. La puerta principal es la misma del subte, con su sistema corredizo que se introduce en la pared. Incluso conserva repuestos: varias puertas internas que, aunque no están habilitadas, podrían volver a funcionar.

En estos cinco años el vagón fue pintado tres veces. La segunda vez, Juan optó por un revestimiento texturado naranja que con el tiempo se quebró. Así que, nuevamente, volvió a elegir el gris; pero con una pintura de membrana más resistente

Hay también una historia detrás de esa estructura: “Los vagones son de 1957, fabricados por Mitsubishi, y llegaron a Buenos Aires en los años 90 desde el metro de Tokio. Los japoneses hacen las cosas bien”, dijo Juan, admirando la calidad de la tornillería y los materiales, que siguen funcionando décadas después.

Hoy, la casa se usa principalmente en verano. Los fines de semana largos, o cuando el clima acompaña, la familia se escapa de la ciudad para disfrutar de la tranquilidad del country. En invierno, las actividades de los chicos —como el vóley de su hija— reducen las visitas. Pero el lugar sigue ahí, listo, intacto. “Podés no ir por un mes y cuando volvés casi no tenés ni que barrer”, contó y puso como ejemplo “su estructura es hermética, donde no entra ni agua ni tierra”.

Así luce hoy su casa-vagón, a la que la familia Iriarte nombre

A diferencia de lo que podría pensarse, el espacio alcanza incluso para invitados. “Con las cuchetas y el sofá cama, pueden dormir hasta ocho personas”, aseguró Juan, quien se preocupó por dejar bien en claro que nunca pensó en alquilarlo más allá de que a muchos les llame la atención. “Te lo destruyen”, dijo con total convicción.

Al ser consultado si lo volvería a hacer, Juan asintió sin dudarlo. “Si me gano el Loto, me compro un terreno en Punta del Este y llevo dos vagones”, concluyó.