Nació en una secta, denunció los abusos sexuales de su padre y logró escapar a los 15 años: “El miedo se te instalaba en el cuerpo”

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Rita Reidel nació en una secta, padeció los abusos sexuales de su padre y logró huir a los 15 años

Rita Reidel nació en un mundo cerrado, hermético, donde la realidad se definía desde adentro y cualquier otra versión de la vida era considerada una amenaza. No lo supo al principio, claro. Nadie nace sabiendo que vive dentro de una secta. Para ella, esa casa enorme en Olivos, partido de Vicente López, llena de familias, reglas estrictas y silencios incómodos, era simplemente la vida que le tocaba vivir.

Pero hoy, a los 27 años y con varios años de terapia a cuestas, Rita se anima a poner en palabras que esa “aparente normalidad” en la que se crio, en realidad no lo era. Con una mezcla de crudeza y lucidez que erizan la piel, habla de una infancia atravesada por el abuso sexual, el miedo constante, la manipulación psicológica y un escape de la secta que la puso cara a cara con el mundo real.

Cuando Rita nació, su padre ya era el líder de una organización que se hacía llamar “Iglesia del Próximo Siglo”. No era un templo en el sentido tradicional, sino una red de comunidades que se extendía por distintos puntos del país -Bariloche, Carmen de Patagones, La Plata, el conurbano bonaerense— e incluso tenía presencia en Chile.

“La organización se presentaba formalmente como una institución de ayuda, pero puertas adentro funcionaba de otra manera. Las reuniones, a las que llamaban ‘congregaciones’, se realizaban tres veces por semana. Ya sea en mi casa o la de los otros miembros”, contó Rita. “Mi papá, que era el líder, decía que era el elegido de Dios. Había gente que le creía por fe o por amor a Dios y prestaba sus casas”, explicó Rita. «Ese líder, a quien conocían como “Mica”, era en realidad Miguel Reidel», señaló.

La infancia de Rita transcurrió entre viajes, celebraciones religiosas y encuentros compartidos con otros fieles. “Todos vivíamos bajo las reglas impuestas por mi padre”, relató.

La lógica interna de la secta era difusa, pero poderosa. Los vínculos externos estaban prácticamente prohibidos. La familia materna de Rita, por ejemplo, era considerada “demoníaca”: dijo que no podía ver a su abuela, ni a sus tíos, ni aceptar los regalos que le enviaban. “Todo lo que venía de afuera era sospechoso”, aseguró.

El papá de Rita era el líder de la secta “Iglesia del Próximo Siglo”

Aunque asistía a la escuela, su mundo social estaba restringido a la iglesia. “No nos prohibían explícitamente tener amigos, pero nuestros vínculos eran todos de adentro de la secta”, explicó. Esa limitación, sumada a un clima de control constante, configuró una infancia donde el miedo era cotidiano.

“Yo lloraba mucho en la escuela, pero nunca nadie intervino ni se preocupó”, aseguró. Y relató una situación que la marcó mucho en la primaria: “Mi papá no quería que juráramos la bandera y la mandó a mi mamá a hablar con los directivos para que no lo hiciéramos. Nunca nos dijo el por qué”.

Rita también recordó que tenían prohibido llamarlo “papá” delante de todos. “Para nosotros era ‘Mica’. Eso lo terminé de comprender con los años”, dijo. Ese detalle, que de chica parecía una excentricidad, con los años revelaría su verdadero sentido: ocultar una doble vida, múltiples esposas e hijos, y un sistema de control cuidadosamente construido.

“Nadie sabía que éramos sus hijos”, contó al hacer referencia también a sus cuatro hermanos. “En su discurso los hombres podían tener muchas mujeres, pero las mujeres no. Eso estaba completamente aceptado dentro de la comunidad”, explicó.

El miedo fue el idioma de su infancia. “No siempre se trataba de golpes, al menos no de forma sistemática. Era más una violencia psicológica. Ese miedo se instalaba en el cuerpo. Era como el dolor de panza constante cuando él estaba en la casa”, describió. Para ella, su presencia, sus palabras o su forma de mirar ya eran suficientes para disciplinarla.

La vida cotidiana estaba regida por normas estrictas, castigos y humillaciones. “Nos despertaba a las tres de la mañana, revoleando cosas, diciendo que no habíamos limpiado bien. Los límites que nos ponía eran extremos, y éramos apenas unos niños”, contó.

“Si mi hermano lloraba, lo retaba porque eso era de maricón y lo dejaba en el patio en calzones”, ejemplificó. Así fue como, desde la infancia, Rita aprendió a reprimir todo lo que sentía: “Mi papá me enseñó que llorar es de débiles y hoy me cuesta un montón mostrarme vulnerable”.

Dentro de la casa, había listas de tareas domésticas que, en apariencia, podían parecer normales. Pero el problema no era la organización, sino las consecuencias de no cumplir. “Mi papá se ponía muy violento”, dijo. Y a modo de ejemplo contó que una noche la sacó a ella y a sus hermanos de la cama porque había una mancha en el piso y un utensilio de cocina no había quedado bien lavado. “Tenía 8 años y recuerdo que me revoleó una asadera dentro de la cama cuando ya estaba acostada, como castigo”, agregó.

El temor no solo provenía de los castigos físicos o psicológicos, sino también del discurso. “Daba miedo. Los bebés lo veían y lloraban. La gente se reía, pero no era gracioso”, contó sobre el clima de intimidación permanente en el que vivían. “Mi mamá, que era una mujer triste y sometida, cargaba con todas las responsabilidades del hogar y la iglesia. Intentó huir en varias oportunidades, pero no pudo porque nos mudábamos con frecuencia para asistir a las congregaciones por distintos puntos del país. Era su esclava”, resumió.

A Rita solo le dejaban tener amigos que pertenecían a la secta

La relación entre sus padres siempre estuvo atravesada por la violencia y la dependencia. Su madre, que había tenido problemas de adicción, encontró en ese entorno una contención inicial que luego se transformó en encierro. “Fue una combinación letal”, dijo Rita.

“Mi papá, que ya era adulto, la conoció cuando tenía apenas 15 años. Recién años después, cuando ella rondaba los 27, comenzaron formalmente la relación. Esa diferencia de edad y de experiencia marcó desde el inicio un vínculo atravesado por la asimetría de poder”, explicó.

Pero el núcleo más oscuro de su historia aparece cuando habla de los abusos. Rita afirma que fueron constantes desde su infancia, tanto dentro del ámbito familiar como en la propia comunidad religiosa. “Había una hipersexualización todo el tiempo. Comentarios sobre nuestros cuerpos, sobre cómo teníamos que vernos”, contó. Y agregó: “No era solo mi papá. Había otros adultos que abusaban de los niños, incluso en las reuniones, a la vista de todos”.

El sistema estaba diseñado para naturalizar lo inaceptable. “Todo estaba muy manipulado para que lo aceptes”, explicó al hacer referencia que uno de los miembros de la secta solía alzar a los chicos en brazos “tipo koala” para apoyarlos sobre sus genitales y manosearles la cola. “No es que alguien te decía ‘esto está mal’. Para nosotros era lo normal”, se lamentó.

La salida de ese mundo no fue inmediata ni sencilla. Cuando tenía alrededor de 10 años, su madre intentó separarse y se mudaron al sur, a El Bolsón. Fue un período de extrema precariedad económica y emocional. “Mis hermanos y yo no nos queríamos ir. Vivir en esa casa de Olivos era nuestra vida. Pero quedarse tampoco era una opción”, recordó.

Hoy Rita mantiene una relación

La inestabilidad continuó durante años. Idas y vueltas entre sus padres, mudanzas constantes, y decisiones que recaían sobre niños y adolescentes. “Era una vida de acá para allá. No había hogar”, dijo.

En medio de ese caos, Rita tomó una decisión que hoy todavía le cuesta entender del todo: eligió quedarse con su padre. Tenía apenas doce años y durante los dos años siguientes, vivió sola con él. Y ese período, según sus propias palabras, “fue un infierno”.

Dejó de ser una hija para ocupar un rol ambiguo, cargado de responsabilidades y de una cercanía profundamente perturbadora. Cocinaba, limpiaba, hacía las compras. Pero también comenzó a cuestionar. Algo no cerraba. Algo estaba mal.

Mi papá se metía en mi pieza por las noches mientras dormía y se acostaba al lado mío, en mi cama. Me despertaba y me largaba a llorar. No tenía cómo defenderme y lo que él me decía de hacer siempre era incuestionable”, relató.

Rita se fue a vivir sola cuando tenía 17 años, cayó en las drogas y se dedicó a la prostitución

Fue en esa etapa cuando pidió ver a una psicóloga por primera vez. Un gesto enorme para una niña en ese contexto. Durante una sesión, cuando su padre salió del consultorio, Rita rompió en desesperación e intentó explicar que él no era quien aparentaba ser. Pero no volvió. Era demasiado chica, demasiado sola, demasiado atrapada.

A los quince años, finalmente, Rita tomó coraje y huyó de la casa de su padre. Se refugió primero en lo de una hermana -que había escapado con su madre a El Bolsón y formado su propia familia- y luego volvió con su madre, que se había mudado a Trevelin, cuando el desarraigo ya era profundo.

En ese vacío, y al ingresar en la adolescencia, comenzaron a aparecer otras formas de dolor. Relaciones violentas, consumo de drogas, dificultades para sostener estudios o trabajos. “Yo solo sabía construir vínculos tóxicos. Era lo único que conocía”, admitió. Durante años, su vida giró en torno a la supervivencia: trabajar para pagar un alquiler, comer y sostener sus consumos.

A los 17 se fue a vivir sola y la prostitución fue parte de ese recorrido. “Fue la forma que encontré para pagar mis gastos”, contó sin rodeos. Hoy, sin embargo, marca una diferencia: “Ya no ejerzo de forma presencial. Renuncié a eso gracias a la terapia. Pero me gano la vida vendiendo contenido en Only Fans”, afirmó.

Actualmente, Rita estudia para ser Mecánica Dental y vende contenido para adultos en Only Fans para solventar sus gastos

El proceso terapéutico fue, según sus palabras, un punto de inflexión. Después de intentos intermitentes, encontró un psicólogo que le pidió compromiso. “Me dijo: ‘te atiendo si no faltás’”, recordó. Aun sin recursos, logró sostener el tratamiento. “Ahí empecé a entender el nivel de tristeza en el que vivía. Era constante. No tenía sueños, no tenía rumbo”.

Ese trabajo interno le permitió, poco a poco, empezar a reconstruirse. También a tomar decisiones distintas. Hoy estudia Mecánica Dental en La Plata, una carrera técnica que eligió por su carácter práctico. “Quiero terminarla. Es algo que puedo sostener”, aseguró.

Vive sola, con su gato, en un departamento alquilado en el centro de esa ciudad. Por primera vez tiene muebles propios. “Puede parecer una pavada, pero para mí es un montón”, señaló. Es un símbolo de estabilidad en una vida que durante años careció de ella.

El vínculo con su familia sigue siendo complejo. Con su padre cortó contacto hace dos años. El último encuentro, en 2024, fue revelador: “Él reconoció algunos comportamientos, aunque sin asumirlos como abusos. No sé si era consciente o no. Pero ya no es mi tarea entenderlo”. Dijo que la charla duró alrededor de 15 minutos y que cuando su padre la vio fingió, en principio, no reconocerla.

A los 27 años, Rita sigue haciendo terapia para procesar todo lo vivido durante la infancia y la adolescencia

Con su madre mantiene una relación distante. “Hablo poco porque me hace mal”, remarcó. Sin embargo, el lazo no está completamente roto. Con sus hermanos, en cambio, conserva una conexión fuerte, a pesar de las distancias y los conflictos. “Hay una lealtad que no se rompe”, enfatizó

En paralelo, Rita decidió hablar. “Denuncié a mi papá por los abusos en 2023, en El Bolsón”, contó. Sin embargo, esa causa no prosperó: “La denuncia quedó archivada porque me dijeron que tenía que hacerla de vuelta en Buenos Aires, porque la mitad de los hechos habían sucedido acá… y yo no quise hacer más nada”.

El problema no fue solo jurisdiccional. Años antes, cuando aún era adolescente, había intentado avanzar contra la organización en la que creció, pero se encontró con otra barrera. “Me acuerdo de haber ido con mi mamá y que me digan que era difícil denunciar a una institución”, explicó. Y todo se terminó de complicar porque no tenían el dinero suficiente para pagarle a un abogado.

Esas denuncias también trajo consecuencias: amenazas legales, presiones y acuerdos que limitan lo que hoy puede decir. Aun así, continúa. “Mi batalla era hacer algo por mí, por la nena que nadie protegió”, explicó. “No espero necesariamente justicia en términos judiciales. Mi búsqueda es otra: reparar, en la medida de lo posible, lo que fue roto”, añadió.

Hoy, su vida está lejos de ser perfecta. Sigue lidiando con traumas, con dificultades para vincularse y con fantasmas del pasado que aparecen. Pero también hay algo nuevo: darle un sentido a su vida. “Estoy intentando rearmarme”, concluyó.