El heroico rescate de los náufragos del Belgrano: la búsqueda por aire y mar y la incertidumbre de otro ataque bajo la tormenta

0
10

El Destructor Bouchard, una de las naves que fue a la búsqueda de los náufragos del Crucero General Belgrano

Cuando el Destructor Bouchard se acercó a una de las primeras balsas, lo hizo tocando sus bocinas. Sin embargo, no se percibía ninguna reacción ante su grave, intenso y cansino sonido. Estando a cuarenta metros, los tripulantes vieron que se abría el cierre de la balsa y que aparecía un hombre agitando uno de sus brazos que gritaba “¡Viva la Patria!”. Todos en cubierta le respondieron al unísono, en medio de la gritería y de la emoción contenida por las largas horas de incertidumbre de no hallar las balsas con sobrevivientes del Crucero General Belgrano, hundido por dos torpedos en la tarde del 2 de mayo que provocaron la muerte de 323 tripulantes.

Botado en 1944 en Estados Unidos con el nombre de SS Borie, el Destructor Bouchard participó de la campaña de las Filipinas en la Segunda Guerra Mundial, sufrió un ataque kamikaze, después intervino en la guerra de Corea y en 1972 fue incorporado a la Armada Argentina. En el momento de la guerra de Malvinas, estaba equipado con cuatro misiles Exocet, como el Destructor Piedrabuena. Este último había sido botado como el USS Collett, había estado también en Corea y adquirido por nuestro país en 1977.

Mapa que grafica el lugar del hundimiento, las balsas y dónde estaban los buques que participaron del rescate

A fin de marzo de 1982, el Bouchard el buque zarpó de Puerto Belgrano y al día siguiente su comandante el capitán de fragata Washington Bárcena reunió a los oficiales y les comunicó que integraban la operación de recuperación de las islas Malvinas. A todos le sorprendió y se sintieron orgullosos de poder participar de un suceso tan importante.

En ese 2 de abril ordenaron al Bouchard ubicarse al norte de las islas, como precaución de cualquier nave que pudiera aproximarse por ese punto. Luego del operativo de recuperación regresaron a Puerto Belgrano, y quince días después volvió a zarpar junto al Crucero General Belgrano, el Destructor Piedrabuena y el buque tanque de YPF Puerto Rosales, integrando el grupo de tareas 97.3. Debían posicionarse en las cercanías de Isla de los Estados.

Desde la cubierta del Bouchard: así se veían las balsas. La altura dificultaba ayudar a los sobrevivientes

En los primeros minutos del 1 de mayo izaron la bandera de guerra mientras cantaban el himno. Recibieron la orden de ingresar a la zona de exclusión y de atacar a naves enemigas. Al no encontrarlas, volvieron a su posición original.

Los destructores Bouchard y Piedrabuena, ya sin el buque tanque, protegían al Belgrano en su estribor. Estaban a unos seis kilómetros de distancia.

El 2 de mayo por la tarde sintieron un fuerte cimbronazo, similar al impacto que sufre un conductor que está parado en un semáforo y lo embisten por atrás. “¡Nos pegó un torpedo!” se escuchó y se lanzó por radio el alerta de “Emergencia Tango”, que significa impacto de torpedo. El ambiente se inundó con un fuerte olor a pólvora y descubrieron grietas en el casco bajo la línea de flotación que fueron tapadas con cemento. Todos estaban en sus puestos de combate.

El panorama que imperaba entonces: un mar embravecido, mal tiempo y balsas a la deriva

Muchos años después supieron que el submarino nuclear británico Conqueror hacía veinte horas que los estaban siguiendo, y que para atacar al Belgrano había disparado, a una distancia de 1200 metros, tres torpedos convencionales de corrida recta por sus tubos 2, 4 y 6. Cada uno llevaba 365 kilos de explosivos.

Cuando ocurrió ese sacudón, que se supone que fue un torpedo que no detonó, vieron por radar que el Belgrano seguía en su posición, pero detenido.

Al capitán con cariño: Washington Bárcena, comandante del Bouchard, a quien todos recuerdan como una gran persona

Según describiría Bárcena años después, el Bouchard estaba a unas siete mil yardas del Belgrano, y por prismáticos especiales vieron que tenía su proa deformada, y que desde el puente de señales disparaban dos bengalas.

Supusieron que había sido alcanzado, más aún cuando su comandante Héctor Bonzo no respondía a los mensajes de radio. Media hora después, desapareció de los instrumentos.

Tal cual habían sido las órdenes de operaciones del capitán Bonzo, en el que el crucero era el líder de ese grupo de tareas, que si un buque de la formación era atacado y averiado y en ese momento ninguna unidad propia se encontraba en contacto con la unidad enemiga atacante, el resto de los buques debían alejarse de la posición hasta clarificar la situación. Por eso, se fueron de la zona a toda máquina navegando en zigzag.

Difícil tarea, realizada con el buque en movimiento: ir a buscarlos en un gomón y luego izados a cubiertas con un guinche

A las 18:15 se tomó la decisión de regresar. El Piedrabuena encabezó la formación: “Yo voy delante, si me pegan vos te vas”, fue la orden del comandante Horacio Grassi a Bárcena, compañeros de promoción y amigos.

Anochecía y se desencadenó una tormenta. Los buques embestían en forma furiosa contra las olas. En el Bouchard se rompieron algunos vidrios del puente, entraba el agua y por precaución se cortó la alimentación eléctrica. En el Piedrabuena la torre de artillería 1 quedó fuera de servicio.

La búsqueda comenzaba en el escenario más temido: olas que alcanzaban casi los diez metros, pocas horas de luz natural, aguas heladas y vientos muy fuertes. Cuando llegaron al lugar del hundimiento y no había rastros, invirtieron el rumbo y el oleaje lo recibían de popa. Toda la tripulación colaboraba en la búsqueda visual, para lo que se encendieron las luces de navegación y de cubierta, más los reflectores, y hacían sonar la sirena en forma regular. Había mucha incertidumbre, cansancio porque hacía horas que nadie descansaba y sobrevolaba el temor de ser atacado por un submarino.

Una vez en cubierta, se los llevaba al comedor, donde se los asistía

No tenían ninguna referencia hasta que recibieron una señal de una de las balsas. Estas estaban equipadas con una radio que se accionaba a manija. Uno de los náufragos, el teniente de corbeta Carlos Castro Madero comunicó la posición, pero estaba equivocada, ya que el viento reinante los había alejado cien kilómetros al sudeste.

A los destructores se sumó a la búsqueda el Aviso Gurruchaga, un buque pequeño fácil de maniobrar para este tipo de situaciones y el Buque Polar Bahía Paraíso.

Como aún no habían podido dar con las balsas, fueron expandiendo el radio de búsqueda.

El Neptune 112. Fue el que localizó a la flota británica y que el participó de la búsqueda de los sobrevivientes del Belgrano

Luego de interminables horas de vuelo de dos aviones Neptune 2-P-111 y 2-P-112 -que se intercalaban en sus salidas sobre el Atlántico Sur tratando de dar con los náufragos, se produjo en el 111 lo que la tripulación temía: “Estamos en lotería”, advirtió el teniente de corbeta José Alberto Andersen. En el argot aeronáutico significa que estaban con el combustible justo para regresar a la base en Río Grande, que era un vuelo de dos horas, y con viento en contra, pero decidieron seguir: “¿Si usted estuviese en las balsas no le gustaría que los siguiéramos buscando?” fue el sentimiento en la tripulación del avión.

El Neptune, de fabricación norteamericana, venía de la época de la guerra de Corea. Entre la tripulación se referían a estos aviones como “el avestruz”, porque a veces encaraba carreteos interminables y no alcanzaba a despegar.

Miles de historias por contar. Los tripulantes del Belgrano descansan en el Bouchard

Las condiciones meteorológicas seguían siendo malas, con un mar embravecido y no pudieron perforar la capa de nubes. Se guiaban por las instrucciones que irradiaban desde el Piedrabuena, de donde ordenaron que se arrojasen bengalas para ver si de las balsas respondían. Pero nada ocurrió. El 2-P-112 aterrizó en Río Grande a las seis de la mañana.

Aún no había aterrizado el 112, cuando despegó el 111. Lo hicieron con la tranquilidad de saber que no había buques enemigos en el área de búsqueda. Una vez sobre la zona de hundimiento, se siguió un patrón de búsqueda que consistía en un vuelo simulando un espiral cuadrado. A las 13:20 se anunció: “¡Balsa a las 11!”

Con la primera balsa que dio el Bouchard, cerca de las cuatro de la tarde, estaba dada vuelta y sus ocupantes, muertos. Algunas estaban muy dispersas unas de otras y cuando se dio con un grupo en el que estaban atadas entre ellas, se determinó desatarlas porque el temporal podía hundirlas.

Las balsas estaban desperdigadas en un área muy amplia. A veces flotaban en soledad y en otros casos, en pequeños grupos

En los destructores se les complicaba el rescate por su altura, ya que de la línea de flotación había entre tres y cuatro metros. Para los rescatistas fue una operación complicada porque, además, los sobrevivientes estaban en shock, y se estaba pendiente de otro posible ataque, que hubiera sido devastador.

Porque en un momento, el sonar indicó la presencia de un submarino, se ordenó ocupar los puestos de combate, pero al parecer había sido una falsa alarma.

Luego, el Bouchard dio con otro pequeño grupo de balsas, donde hallaron a tres hombres fallecidos, otra estaba vacía y en otras lograron rescatar a 32. En ese momento, a una de las balsas se le desprendió un paño que llevan en el piso, debajo del agua y fue absorbido por las bombas de refrigeración del sistema de propulsión del buque. Esto hizo que no se pudiera parar la nave, porque los motores no hubiesen arrancado nuevamente, y quedaría a la deriva. El comandante Bárcena ordenó navegar en círculos, a una velocidad que no superaban los seis nudos, y se procedió al rescate con un bote neumático, que podía transportar tres o cuatro hombres. Por eso el Bouchard no rescató más.

Estuvieron tres días sacando gente del océano, ya que las balsas no estaban juntas y había que acercarse mucho, porque si bien eran de color naranja, la altura de las olas las ocultaba a la vista.

Envueltos en frazadas, los hombres rescatados se dirigen a ser atendidos

Resultaba complejo subir los náufragos a cubierta: estaban deshidratados, mareados, quemados, con sus manos o pies con principio de congelamiento y estaban pesados porque sus ropas estaban impregnadas de petróleo.

El comedor del buque se organizó como una enfermería, donde los médicos los asistían: los alimentaban con sopa caliente y les proporcionaban ropa seca. Y cuando ya no hubo más ropa, los propios tripulantes del Bouchard cedieron la suya.

Panorámica del destructor Piedrabuena, navegando en las aguas del Atlántico Sur

¿Cómo saber si habían rescatado a todos los ocupantes de las balsas? Una vez que eran desocupadas, intentaban hundirlas, sin suerte, y entonces las marcaban con pintura blanca en el techo para poder diferenciarlas. “Entre todos los buques que participaron del rescate, le arrancamos al mar unos 770 hombres”.

El operativo de búsqueda se prolongó hasta el anochecer del 9. Se habían patrullado 120 mil kilómetros cuadrados.

Luego de un día de navegación, llegaron por la noche a Ushuaia. El Bouchard, luego de tres o cuatro días de acondicionamiento, volvió a altamar.

El aviso Gurruchaga, una nave que por sus dimensiones y maniobrabilidad, cumplió una destacada tarea en el rescate (Wikipedia)

El Bouchard debió encarar su misión más difícil en la guerra. Frente a la ciudad de Río Grande, impidió que comandos ingleses cumplieran el objetivo de destruir los Super Étendard y sus misiles Exocet AM 39.

El Aviso Gurruchaga había rescatado 365 hombres, el Piedrabuena 273, el Bahía Paraíso 70 y el Bouchard, 64. Sobrevivió el 93% de la dotación que había podido abandonar el Belgrano.

Lo consideran el rescate naval más importante del siglo.

Los entrevistados dijeron estar orgullosos de haber integrado esa dotación a la que describió como “una tripulación de valientes” y destacaron al comandante Bárcena, “un excelente profesional y líder en la guerra, y mejor persona, que llevó sana y salva a toda la tripulación a puerto cuando terminó la guerra”. Bárcena, que había ingresado en la Armada en 1954, aseguró que “ni en los momentos más difíciles nadie me dijo, comandante, detenga el buque que me quiero bajar”. Se retiró en 1989 y dedicó sus últimos años a difundir la causa Malvinas. Falleció el 28 de septiembre de 2024.

El Bahía Paraíso cumplió tareas de buque hospital durante la guerra

Cuando el Bouchard fue desafectado del servicio en 1984, se lo desmanteló y hasta 1988 se lo usó como blanco para ejercicios navales. Resistió el impacto de un misil y, ya desarmado pero no vencido, fue desguazado en Campana. El Piedrabuena revistó hasta 1985 y el 6 de noviembre de 1988 fue hundido por un Exocet disparado desde la corbeta Espora.

En 2024 el aviso Gurruchaga fue dado de baja y declarado en desuso. Terminó hundido en un ejercicio de la flota de mar en octubre de ese año. Y el Bahía Paraíso encalló y naufragó el 28 de enero de 1989 en la isla Anvers, en la Antártida.

Entre el material que sobrevivió al destructor, está su torre 3 de artillería, que está en proceso de ser donada al Museo Nacional de Malvinas, en Oliva, Córdoba.

En 2001 el sitio donde fue hundido el Belgrano fue declarado tumba de guerra y lugar histórico nacional. Desde entonces, se han difundido cientos de historias relacionadas al crucero.

El último descanso. El Bouchard cuando esperaba su destino final: ser desguazado y vendido como chatarra

Sin embargo, quedó envuelto en un misterio qué ocurrió con las balsas vacías, marcadas con pintura blanca en su techo, que permanecieron flotando para siempre en las heladas aguas del Atlántico Sur.

Fuentes: Entrevistas a los oficiales navales Roberto Ulloa y Rafael y Rafael Rey Alvarez, guardiamarinas del Bouchard en 1982; Recordando al Destructor ARA Bouchard en 1982, Boletín del Centro Naval 861, may-dic 2023. Las fotografías son gentileza del Archivo General de la Armada, Museo Naval de la Nación, Instituto de Publicaciones Navales, Boletín del Centro Naval, álbum de fotografías del capitán de navío (RE) Wáshington Bárcena y del capitán de navío (RE) Rafael Rey Alvarez