El Hurlingham Club, la joya de 1888 que mantiene viva la tradición del césped en el tenis argentino

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Hay un lugar al oeste del Gran Buenos Aires donde el tenis se siente distinto: el sonido de la pelota es más suave, los desplazamientos exigen otro equilibrio y cada pique obliga a reaccionar en una fracción de segundo. Mientras el polvo de ladrillo domina el paisaje de este deporte en Argentina, el Hurlingham Club conserva un tesoro que lo hace único: sus canchas de césped natural.

Cada año, cuando la temporada europea cambia del polvo de ladrillo a la hierba y el circuito comienza el camino hacia Wimbledon, ese rincón centenario se transforma en un punto de encuentro para los tenistas argentinos. La razón: sus semejanzas con Queen’s, Eastbourne o el All England Club. Para jugadores y entrenadores, estas canchas tienen una ventaja invaluable: permiten trabajar movimientos específicos, tiempos de reacción, deslizamientos y variantes tácticas imposibles de reproducir sobre polvo de ladrillo o cemento.

Ese privilegio es apenas una parte de la historia del Hurlingham Club, una institución que nació mucho antes que el tenis conociera el profesionalismo y que está íntimamente ligada al origen de los deportes británicos en la Argentina.

Fundado el 22 de noviembre de 1888 por inmigrantes ingleses, el club tomó como modelo al prestigioso The Hurlingham Club de Londres. La idea fue impulsada por John Ravenscroft, empresario radicado en el país que imaginó un espacio donde los miembros de la comunidad pudieran practicar las disciplinas que formaban parte de su cultura deportiva. “Varios de ellos estaban vinculados a la construcción del ferrocarril. Decidieron reunir dinero para comprar estas tierras y replicar el espíritu de los deportes ingleses”, relata Martín Boquete, presidente del club.

Una de las seis canchas de césped de la institución (Crédito: Hurlingham Club)

En una Argentina donde todavía eran escasos los espacios dedicados al deporte, el Hurlingham Club reunió en un mismo predio disciplinas como polo, golf, cricket, equitación, squash y tenis, convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la influencia británica en el desarrollo deportivo nacional.

Actualmente, el predio ocupa más de 70 hectáreas y conserva buena parte de ese espíritu original. Cuenta con un campo de golf de 18 hoyos, cuatro canchas de polo, un campo de cricket, establos, piscinas, un club house histórico y 18 canchas de tenis, de las cuales seis son de césped natural, una rareza en el país del polvo de ladrillo: solo en Pinamar hay otra cancha de características similares.

La superficie requiere un mantenimiento permanente y una dedicación casi artesanal. Cada corte, cada riego y cada reparación forman parte de un trabajo silencioso.

La tradición en el Hurlingham Club también se refleja en detalles que sobreviven al paso del tiempo. Uno de ellos aparece cada vez que los socios ingresan a una cancha de tenis. “Acá practicamos el deporte vestidos de blanco. Buscamos mantener esa uniformidad que forma parte de la tradición. Los jugadores invitados también disfrutan de esa experiencia”, sostiene Boquete.

Por tradición, el tenis se juega de blanco en el club (Crédito: Hurlingham Club)

La Subcomisión de Tenis, a cargo de María Marta Poli, organiza torneos internos, abiertos, actividades junto a la Asociación Argentina de Tenis (AAT) y coordina una escuela destinada tanto a menores como a adultos. Sin embargo, el objetivo va mucho más allá de enseñar golpes o mejorar una técnica. “Una de nuestras principales preocupaciones es integrar a quienes llegan al club. Organizamos torneos y actividades para que conozcan a otros socios, empiecen a jugar partidos amistosos y sientan que este es su lugar”, señala Poli.

Allí también se disputa uno de los torneos sociales más tradicionales de la institución: el Hurlingham Lawn Tennis Open, que reúne competencias de damas, caballeros y dobles mixtos.

El certamen femenino conserva una costumbre que resume el espíritu del club. “La jornada termina con un té completo en el salón principal. Todo se hace gracias al trabajo de las socias: algunas prestan sus teteras, otras preparan los centros de mesa y hasta hay quienes traen flores de sus propios jardines para decorar el lugar”, describe Poli.

La primera casa del club fue inaugurada en 1894 (Crédito: Hurlingham Club)

Son escenas que parecen sacadas de otra época, pero que continúan formando parte de la identidad cotidiana del Hurlingham Club.

Para Boquete, esa combinación entre deporte, familia y vida social explica la vigencia de una institución que cumplió 137 años de vida. “El tenis es uno de los pilares de nuestra actividad deportiva y social. Queremos que sea un punto de encuentro con el resto de los deportes para que nuestros socios construyan amistades y disfruten una vida deportiva más completa”, afirma.

La institución también ocupa un lugar destacado en la historia del polo argentino. En el Hurlingham Club están las raíces de este deporte en el país. Además, el Abierto de Hurlingham, que se disputa desde hace más de un siglo, es el torneo de polo más antiguo del mundo y uno de los más prestigiosos del calendario internacional.

Las instalaciones fueron visitadas por integrantes de la realeza británica y distintas personalidades internacionales, reflejo del estrecho vínculo que el club mantiene con sus raíces. Sin embargo, para el tenis argentino, el verdadero valor del Hurlingham Club reside en preservar una parte del estilo británico en este deporte.

Julia Riera entrenando en el club (Crédito: Hurlingham Club)