La odisea de un padre argentino para recuperar a sus hijos secuestrados por la madre en Brasil: “Fue cinematográfico”

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José María logró recuperar a sus hijos, luego de que fueran secuestrados a principios de 2024 por su propia madre.

José María Rosa tenía miedo de no volver a ver a sus hijos nunca más. Pero, después de casi dos años, los hermanos F. y F. -ella de seis años, él de once- lograron regresar a la Argentina, tras haber sido secuestrados por su madre en Brasil. En el camino, la lucha de un padre decidido a recuperarlos, interminables obstáculos judiciales y un operativo internacional que permitió devolverlos a casa.

El hombre de 50 años, vecino porteño, cuenta la extensa historia con lujo de detalles a Infobae. “Me siento muy fuerte, muy bien. Pude contra una mujer en un país que no veía ningún delito en el secuestro parental”, comienza relatando, en conversación con este medio. Asegura que la odisea para recuperar a sus hijos fue “cinematográfica”.

La historia se remonta a la pandemia por coronavirus. Los menores vivían solos con su padre en la Ciudad de Buenos Aires desde 2019, ya que tenía la “tenencia de hecho”. En esos momentos, la bebé tenía apenas cuatro meses de edad y el hermano mayor, cuatro años.

Pero la situación se tornó oscura en 2020, cuando la madre -identificada como Ilona Grabarczik, ciudadana polaca- tomó a la niña y se la llevó ilegalmente a los Estados Unidos, lo que derivó en una causa por restitución internacional.

Los menores tienen 11 y 6.

Cabe destacar que “F” nació en Polonia, mientras que su hermano lo hizo en el país norteamericano; ambos tienen ciudadanía del país europeo. Según relató Rosa, fueron los propios agentes del Servicio de Marshals —una agencia federal de la policía— quienes le devolvieron a la bebé en el aeropuerto.

Este primer secuestro sentó el antecedente de una serie de delitos. A principios de 2024, Llona le anunció a su expareja que viajaría a la Argentina para visitar a los niños, una situación que Rosa consideró sospechosa debido al episodio en EE.UU.

Es por eso que, en ese momento, decidió presentar un escrito ante el Juzgado Civil N.º 25 de la Ciudad por las sospechas que tenía, aunque nunca recibió respuesta. Llona iba a pasar solo un fin de semana con los niños, pero en medio de la visita le notificó de manera unilateral que viajarían a las Cataratas del Iguazú. Rosa se negó, pero para entonces los niños ya habían desaparecido de su vista.

La tensión fue en aumento. Tras cuatro días sin noticias de sus hijos, la ciudadana polaca le comunicó que se encontraba con ellos en Cuba. Sin embargo, se trató de una mentira para ocultar su verdadera ubicación: Rosa pudo comprobar más tarde que nunca ingresaron a ese país, según los registros de las autoridades de la isla.

Los niños volvieron a la Argentina en un vuelo de Aerolíneas Argentinas.

Lo cierto es que el papel de las redes sociales fue clave para dar con los hermanos F. Tras descubrir que no se encontraban en la isla, Rosa inició una campaña con el lema “Quiero un millón de ojos en la calle”, apelando a la solidaridad de los usuarios.

“Mi mayor miedo era que se contactara con narcos y se cambiara la identidad. Eso era no encontrarlos nunca más en la vida. Son irrastreables”, lamentó, visiblemente emocionado.

Pero en mayo de este año, un seguidor le avisó que los había visto en Ilha da Gigóia, una isla ubicada al oeste de Río de Janeiro, Brasil. Habían cruzado ilegalmente la Triple Frontera a través de un taxi. De inmediato, Rosa tomó un avión y viajó al país vecino. Sin embargo, la Interpol necesitaba una orden de la jueza a cargo del caso para proceder a la detención. Cuando finalmente la autorización llegó, los agentes le informaron que se habían escapado: ya habían pasado tres semanas desde entonces.

Tras esa primera decepción, el padre decidió volver a viajar en septiembre y lanzó una nueva campaña en territorio carioca. Repartió volantes con las fotos de los niños entre choferes de aplicaciones, vendedores ambulantes y empleados de comercios. El dato clave llegó cuando un joven que trabajaba en el pelotero de un shopping mall de Río de Janeiro lo llamó para avisarle que, en ese preciso instante, estaba viendo a los chicos en el centro comercial.

El 24 de diciembre, los hermanos

Así, los agentes comenzaron a seguirlos de incógnito. Finalmente, el 30 de septiembre se concretó la captura.

Los momentos que siguieron no fueron fáciles: los chicos pasaron más de dos meses en un instituto de menores, una situación que José María califica como “secuestro institucional”. Y es que los niños no fueron separados de su madre por el delito de secuestro parental, sino a partir de un informe de los servicios sociales del país, que advertía sobre un “estado de vulnerabilidad”: llevaban dos años sin asistir a la escuela, no tenían controles médicos y vendían caramelos solos en la playa.

En total, los hermanitos pasaron 65 días en el albergue: “No había una justificación válida. Ahora estoy hablando con mi abogado para intentar garantizarles un resarcimiento a los chicos. La jueza federal que me restituyó a los chicos estaba indignada”.

Rosa encontró un localizador en la zapatilla del niño.

Un último capítulo se sumó al calvario de Rosa días antes de Navidad. La madre había solicitado pasar la Nochebuena con los niños, una propuesta que él aceptó durante una audiencia de conciliación, con la condición de estar presente en la cena. El 26 de diciembre estaba previsto que pudiera llevarse a los chicos de regreso a la Argentina.

Sin embargo, la restitución se adelantó de manera inesperada cuando las autoridades descubrieron que Llona planeaba cometer un tercer secuestro parental. Fue la dueña del Airbnb donde se alojaba la mujer quien contactó a José María para advertirle sus sospechas.

Según le contó, Llona le había dicho que acababa de recuperar la tenencia de sus dos hijos, que el padre era violento y que, por ese motivo, necesitaba saber quién tenía acceso a las cámaras de seguridad de la zona, dónde amarraban los barcos —ya que se encontraban en una isla con fácil acceso al transporte acuático— y cuánto demoraba la policía en llegar ante una emergencia. Las preguntas le resultaron tan sospechosas que decidió buscarla en Google y así llegó al perfil de Rosa.

Los niños vivían en Brasil, sin ir al colegio y trabajando solos en la playa.

A esas señales se sumaron otras pruebas: el padre descubrió un localizador oculto en la zapatilla del niño y el encargado del edificio donde se hospedaban le confirmó que la mujer polaca estaba alquilando a escondidas en el mismo condominio de Copacabana. Todo indicaba la inminencia de un tercer intento de secuestro.

De inmediato, dieron aviso a Interpol, armaron las valijas de urgencia y huyeron bajo custodia del organismo. Pasaron la noche en la casa de un agente y el 24 de diciembre ya estaban emprendiendo el regreso a la Argentina, en primera clase y a bordo de un avión de Aerolíneas Argentinas.

El Juzgado Civil N.º 25 dictó una restricción de acercamiento contra la madre, quien sería detenida en caso de tocar suelo argentino.

“Dadas las circunstancias, están bastante bien. Entienden perfectamente la situación. Extrañan a la mamá y tenían miedo de que fuera presa”, añade el hombre. En ese sentido, presentó un escrito ante la Justicia local para intentar impedir que la mujer vaya presa y para que pueda tener algunas visitas.

“Yo no quiero obstruir el vínculo, pero tampoco quiero correr riesgos. Nuestro objetivo es que la madre zafe de prisión. ¿Por qué? Porque el centro son los chicos. Y ellos ya sufrieron un montón como para ver su a su madre presa”, concluye.