“Abecedario del sueño”: un libro que navega por los secretos, las preguntas y curiosidades científicas que despierta irse a dormir

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Diego Golombek (Gentileza Siglo XXI Editores)

El escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que “estamos hechos de historias”. Diego Golombek —doctor en Biología, investigador del Conicet, docente, divulgador— dice que “estamos hechos de tiempo”. “Y también de sueños”. Dos temas que, desde niño, atraían su curiosidad como un campo electromagnético. Quizás dos de los misterios más fascinantes de la vida humana. Intangibles, inatrapables, implacables.

Tenía tres años en el primer recuerdo que puede evocar: “Un pasillo, una voz, una luz”. Nunca supo si era un sueño, la fotografía difusa de una escena de la niñez o la memoria haciendo propia una imagen de un momento ajeno, que le narraron. No tiene respuesta. Lo que sí tuvo, y nunca dejó de tener, son preguntas. Preguntas que lo condujeron por el camino del tiempo y de los sueños. Que lo llevaron a especializarse en Cronobiología, la rama que estudia los ritmos biológicos, a escribir cientos de publicaciones científicas, más de una decena de libros. A promover, mediante diferentes iniciativas, una educación que favorezca el pensamiento crítico, la creatividad, el conocimiento y la experiencia. Su rol de divulgador lo llevó a los medios, incluso al teatro, y se convirtió en uno de los científicos más conocidos del país por su trabajo comprometido con la ciencia y con las personas. Trabajo por el que obtuvo premios y reconocimientos de todo tipo.

En su agenda amontonada de tareas, entre la vida académica, el Laboratorio Interdisciplinario del Tiempo que dirige en la Universidad de San Andrés y las actividades de divulgación, Golombek ofrece charlas a grandes y chicos, con quienes intercambia inquietudes y curiosidades sobre el sueño y el universo que se abre cuando nos vamos a dormir. Fue lo recogido en estos espacios y las preguntas fascinantes de los niños y las niñas lo que lo llevó a escribir Abecedario del sueño, su nuevo libro publicado recientemente por Siglo XXI.

“Atrapasueños”, “Ajum”, “Bostezo”, “Cronotipo”, “Cama”, “Dormir”. Entre palabras cotidianas y conceptos científicos, que se ofrecen a los lectores como acertijos a descifrar, el investigador se sumerge, almohada en mano, en la profundidad de ese mundo tan cercano como misterioso que aparece cuando se cierran los ojos. Y comparte “datos, ideas asombrosas, rarezas de otros tiempos y rincones del planeta” ordenadas “en un abecedario que va de la ‘A’ a la ‘Zzz’”.

Con ilustraciones de Juan Dellacha que conducen, de a saltitos, por los diferentes conceptos, en un estallido de sentido y color, el libro propone un recorrido que puede hacerse de principio a fin o trazando el camino que se elija según lo que se desee conocer.

Entretejidas en medio de los términos a desplegar el autor suma “preguntas con sueño”, recogidas de las investigaciones previas y los intercambios con chicos y chicas sobre sus inquietudes alrededor de la hora de dormir: “¿Los peces duermen?”, “¿Podemos soñar despiertos?”, “¿cómo dormían los dinosaurios?”, “¿soñamos con todos los sentidos?”. Preguntas que responde compartiendo su saber de manera precisa, cálida y cercana, sin subirse al estrado de la voz autorizada —aunque no haya en el país voz más autorizada para hablar del tema—, admitiendo también lo que la ciencia todavía no pudo comprobar y abriendo, con ellos, nuevos interrogantes.

Para presentar el libro se invitó a niñas y niños a ir en pijamas y con sus peluches a una colchonería “cosa que cumplieron y fue maravilloso”, dice Golombek. Y en ese encuentro surgieron muchas otras preguntas.

—“Me da miedo la oscuridad” o “¿qué son los sueños?”, “¿qué son las pesadillas?”, “¿qué pasa si me levanto a la noche?”, “¿qué pasa si tengo ganas de ir a hacer pis?”. Las preguntas son muy concretas, muy claras, y el universo de los sueños y las pesadillas está recontrapresente. El otro universo que está muy presente, y fue una sorpresa, es el del sueño en la naturaleza. Cómo el sueño es un fenómeno universal y todo bicho que camine, repte, vuele o nade, de alguna u otra manera, duerme y, si te descuidás un poquito, también sueña, o al menos creemos que sueña porque a su cerebro (los que tienen) le pasa más o menos lo mismo que nos pasa a nosotros durante el fenómeno de soñar. Entonces, cuando tienen una mascota, o ven a un pajarito que está medio de lado o se imaginan bichos raros, quieren saber: “¿Cómo duerme una jirafa? ¿Cómo dormían los dinosaurios? ¿Cómo duerme una ballena?“. Eso genera una curiosidad enorme y es la mejor manera de entrarle a la ciencia: por la curiosidad y por las cosas de la vida cotidiana. Los chicos tienen ambas muy a flor de piel, así que son el mejor público en ese sentido.

—¿Cómo surgió la idea de hacer un libro sobre el sueño, para chicos?

—Yo trabajo en este tema, como investigador, hace muchos años —sueño, ritmos circadianos— y noto que hay un interés creciente. La pregunta más fácil que podés hacer en una encuesta para una investigación de sueño es: “¿Cómo dormís?“. La respuesta es unívoca y es: “Mal”. El problema es naturalizar eso: “Y bueno, duermo mal, después lo recupero con una siesta, o el fin de semana”, cosa que no es así. El primer paso es entender de qué se trata, entender que dormir no es perder el tiempo, no es un lujo, sino una necesidad; que si no dormís acumulás una deuda y esa deuda se paga con salud, con estado de ánimo, con productividad, con accidentes. Me debo un libro para adultos sobre sueño. Hay muchos, realmente, pero creo que siempre hay cosas nuevas para decir. En el camino apareció esta posibilidad de hacer un libro familiar, diría, orientado a chicos y chicas pero para familias, sobre todo. Y mi sorpresa fue encontrarme con que el problema del sueño es universal, está muy presente en los chicos, tal vez distinto a cómo lo percibimos los adultos. Las preguntas que tienen los pibes son increíbles.

—En Abecedario del sueño cada letra va desplegando algún concepto, respondiendo preguntas, y son muy variadas. ¿Cuál fue el criterio, cuáles destacarías?

—La primera palabra es “Ajum”, o sea, hay muchas palabras serias, científicas, y algunas bromas. “Ajum” es la onomatopeya que se usaba —no sé si se sigue usando— en las historietas cuando algún personaje tenía sueño, es una onomatopeya de bostezo, de alguna manera. Entonces lo pongo como un amuleto para dormirse. Y obviamente “Zzz”, que es la última, como el símbolo, no universal sino en algunos idiomas, del sueño. Aparece cuando en los dibujitos animados el personaje está durmiendo. Se supone que “Zzz” es el ruido de un serrucho cortando un tronco y representa el sonido de un ronquido. En el medio hay muchas otras palabras, por ejemplo, “Ronquido”: “¿Es normal roncar? ¿Qué pasa si roncás todas las noches?”.

—Presiento que muchas personas esperan esta respuesta. ¿Qué pasa con quienes roncan a diario?

—Bueno, significa que no estás respirando bien y no es normal, tiene consecuencias y hay que verlo con la familia y eventualmente con el médico, si es necesario. Roncamos más, en general, cuando dormimos boca arriba. Un remedio casero para el ronquido extremo —que, insisto, no es solamente algo desagradable porque te despierta, despierta a los que tenés alrededor, es una señal de que no estás respirando bien— es coser un bolsillito en la espalda del pijama y poner una pelotita de golf, de tenis, la que tengas. Entonces, si te dormís de espalda, es muy incómodo y te das vuelta. Todo el mundo sabe que si alguien ronca lo que tiene que hacer es cambiarlo de posición. Esto te cambia de posición automáticamente. [En el libro] hay muchas cosas no clínicas pero que tienen que ver con la salud del sueño; muchas cosas de la naturaleza y las preguntas, que no solo están orientadas por letras sino que también vienen de lo que me preguntan siempre en las charlas, de ahí también tomé material. Están las preguntas de todos los días y las más estrambóticas que vienen de los pibes, que la tienen muy clara.

La presentación del libro se hizo en una colchonería, y convocaron a chicos y chicas a ir en pijamas y con peluches (Gentileza Siglo XXI Editores)

—¿Cuáles de esas preguntas fueron las más ocurrentes o las que más te sorprendieron?

—“¿Cómo duermen los peces?”; “¿Cómo hace un pájaro o un ave que es migratoria, y está horas y horas volando, para dormir? ¿Se baja?”. No, duerme a medias, porque puede dormir con la mitad del cerebro o con un ojo abierto, incluso, así puede seguir volando y aprovechando esas corrientes de vuelo. “¿Cómo dormían los dinosaurios?”; “¿Cómo duerme una jirafa?”; “¿Soñamos con todos los sentidos?”. Hay otras sobre quiénes son los animales que más duermen, los que menos duermen. Hay tips para dormir bien. Algunas cosas son más mitos, por ejemplo, si el kiwi hace dormir. Y, si te comés unas tres docenas, posiblemente te duermas. Hay experimentos que muestran que el extracto de kiwi puede ayudar, así como la leche tibia que nos daban las abuelas. La leche es rica en triptofano que es un precursor de sustancias como la serotonina o la melatonina, que tienen que ver con el sueño. Una pregunta de chicos que está en el libro es: “¿Se puede no dormir?”. “La respuesta es muy fácil: no es buena idea”. En realidad, la respuesta es: “No”. El récord experimental es de una persona que estuvo unos once días sin dormir y hacia el final ya estaba bastante psicótico, tenía alucinaciones. La gran pregunta no es cuánto tiempo estuvo sin dormir sino qué pasó cuando fue a dormir. ¿Se quedó dormido tres días? No. La primera noche durmió unas 14 horas, la segunda unas 12 y a partir de la tercera unas 8 horas. O sea, todo eso que perdió no lo recupera. Hay un montón de estas preguntas que son fascinantes. Eso atraviesa a la serie de palabras ordenadas como en un diccionario. Algunas me costaron, debo decir. La “X” no estuvo tan fácil. Terminé eligiendo “Cromosoma X” para entender si la diferencia de sexo biológico, cromosómico, influye en el sueño.

—¿Y sí influye?

—Muy poco. Si vos hacés promedios de horas de sueño, de calidad de sueño, de horario de irse a dormir, es muy similar en mujeres y en hombres. Hay una pequeña tendencia a que las mujeres duerman un poquito mejor, pero también son mucho más sensibles a la baja calidad de sueño. Entonces, si la calidad de sueño baja un poquito, es bastante más común que una mujer se queje de dormir mal porque lo siente más. Siente esa consecuencia de dormir mal al día siguiente. Así que es muy sutil. Hay muchas más diferencias interindividuales que entre géneros.

—¿Hay diferencias culturales en el sueño?

—Hay diferencias culturales, por supuesto. Tienen que ver, sobre todo, con los horarios, no con la cantidad de sueño ni necesariamente con la calidad. Argentina, por ejemplo, es un país típicamente búho en el sentido de que todo lo hacemos muy tarde. Cenamos muy tarde, no antes de las nueve de la noche, incluso la cena familiar, con los pibes, es más o menos a esa hora; si los chicos son muy chiquitos por ahí un poco más temprano. El prime time de la tele es muy tarde, las salidas de los jóvenes son muy tarde, con la paradoja de que al día siguiente el día no empieza más tarde. El trabajo y la escuela empiezan al mismo horario que en cualquier otro lugar, con lo cual claramente estamos privados de sueño. Tenemos menos sueño del recomendado, que es un consenso que va cambiando, por supuesto. El último acuerdo habla de un mínimo de siete horas de sueño nocturno para adultos (de ahí para arriba lo que quieras), un mínimo de ocho horas para adolescentes y un mínimo de nueve horas para niños y niñas. De ahí para arriba, insisto. No tenemos una prueba definitiva de que se pueda dormir de más. Hay dormidores cortos, existen, pero son muy pocos los que necesitan cinco o seis horas y están bien. La mayoría puede ser que tenga una percepción de que duerme poco y en realidad sí sigue necesitando esas siete horas de sueño nocturno.

Entre palabras cotidianas y conceptos científicos, y las ilustraciones de Juan Dellacha, el investigador se sumerge, almohada en mano, en la profundidad de ese mundo tan cercano como misterioso que aparece cuando se cierran los ojos (Gentileza Siglo XXI Editores)

—Es real que solemos hacer todo muy tarde, incluso cenar, aunque sabemos que comer más temprano hace mejor.

—Hace mucho mejor. Hay un concepto que se llama “higiene del sueño”. A mí no me gusta tanto porque quiere decir que los que no dormimos del todo bien somos medio roñosos, pero bueno, es el término que se usa. Uno de los preceptos de la higiene del sueño es cenar más temprano y más liviano. Y hacemos todo lo contrario: cenamos tarde y la cena en Argentina es la comida familiar, la comida social, la comida con amigos, la comida más pesada. Eso no ayuda a que durmamos bien. Es uno de los tips de higiene del sueño, el más sencillo de todos, por ahí.

—¿Qué nos pasa cuando dormimos?

—Durante el sueño nos movemos, más o menos cada 20 minutos cambiamos de posición, así como más o menos cada 90 minutos entramos en un estado totalmente diferente, supermisterioso, que es el llamado sueño REM (por su denominación en inglés: “rapid eye movement” (movimientos oculares rápidos). O sea, el momento en que estás dormida y los ojos se mueven muy rápido: tiki tiki tiki tiki. Si despertás a una persona en ese momento, a un chico, a un adulto, a un perro —el perro no te va a decir nada, pero seguramente le pasó lo mismo—, muy posiblemente te va a contar qué estaba soñando. Dormir no es un proceso homogéneo, es un proceso que va cambiando a lo largo de la noche y es activo. Dormir no es apagarse, por el contrario, para que duermas bien se tienen que prender áreas del cerebro e incluso partes del cuerpo para que funcione. El sueño tiene montón de funciones reparadoras: hace que mejore el sistema inmune, que se repare el cuerpo, que crezcas. Un niño que no duerme no crece. No hay casos, pero si vos privás del sueño a un animal de laboratorio vas a encontrar problemas con la hormona de crecimiento. También consolida la memoria. Esto está bueno para los pibes: si mañana tenés un examen y no estudiaste nada, lo peor que podés hacer es quedarte estudiando a la noche. La recomendación es: estudiá una cosa, andá a dormir y rogá que te tomen esa cosa, porque de eso te vas a acordar.

—Y respecto a los más chiquitos, en la letra “N” incluiste “Nana”, el primer acercamiento, al nacer, con el mundo de las rimas, de la música. ¿Qué efecto tienen las canciones de cuna? ¿Ocupan un lugar importante en el descanso?

—El enemigo número uno del sueño y amigo número uno del insomnio, en cualquier edad, es el estrés, la ansiedad. Y los chicos se estresan. Uno no duerme porque piensa en las macanas que se mandó durante el día, el gol que erró en el partido del recreo o el compañero o compañera que no le dio bola. O los miedos, o lo que va a pasar mañana: un examen, algo difícil, lo que fuera. Entonces, cualquier cosa que baje el nivel de estrés o de ansiedad va a ayudar a dormir. Que en adultos podrían ser respiraciones, meditación, leer un libro en papel con luz indirecta, porque las pantallas son enemigas del sueño. Las canciones de cuna cumplen esa función, cumplen la función de ser algo repetitivo, ritual. Vos sabés que todas las noches, mamá, papá, tu hermano mayor, te canta una canción o te lee un cuento. Esperás ese ritual. Somos bichos de hábitos. Nuestro cerebro es un cerebro de hábitos, un cerebro tipo perros de Pávlov, que se habitúa al comportamiento, al aprendizaje condicionado. Entonces, si vos sabes que a la noche baja el sonido, baja la luz, estás más tranquilo, estás con gente querida y hay una canción de cuna que además es lenta, es repetitiva, eso ayuda a que efectivamente baje el nivel de ansiedad, que el cerebro vaya entrando de a poquitito en otro estado, que es el de somnolencia, el estado previo al sueño, el estado de adormecimiento, y eso ayuda muchísimo a dormir.

En la presentación de

—Pensaba en esto que decías sobre los sueños, que nos sucede a todos. ¿Siempre soñamos? ¿o solo a veces? ¿o siempre soñamos pero solo a veces lo recordamos? ¿Y por qué a veces nos despertamos y tenemos la imagen del sueño nítida y después, en un segundo, se esfumó?

—Varias cosas. Todos soñamos, en el sentido de que todos atravesamos el estado fisiológico en el que sabemos que ocurren los sueños, este sueño REM. Y no solamente una vez por noche, pasa de cuatro a cinco veces por noche. Lo que pasa es que no todos nos acordamos. Hay gente que no se acuerda nunca, gente que se acuerda muy de vez en cuando y gente que se acuerda siempre. La gente que dice: “Yo no sueño” es porque no se acuerda, en general. Y si te acordás de un sueño, es el último. El último período REM, que es el más largo de todos, y es el que ocurrió justo antes de que te despertaras. La memoria es muy selectiva. Si nos acordáramos de todo seríamos como Funes [N. de la R. “Funes, el memorioso”, el personaje de Borges] pero no podríamos pensar. Entonces, la memoria elige qué recordar y la gran mayoría de los sueños son cosas rarísimas que no son fundamentales para nuestra supervivencia. No es algo que el sistema de memoria, con muchas comillas, decida: “Che, esto hay que acordárselo porque si no este pibe se queda sin comer” o “no hay pareja”, o lo que fuera. Entonces van a ser recontraefímeros. Hay técnicas para recordarlos. Hay algunos autores que dicen que vos podés hacerte el hábito, y una de las cosas más sencillas de poner en práctica es tener una libretita al lado de la cama y en cuanto te despertás anotar los pensamientos que te vienen. Las primeras veces vas a ver la libretita y va a decir “sdhsdhskhdskjhkjs”, cualquier verdura, pero se supone que con el tiempo empiezan a aparecer palabras que te disparan: “Ah, debo haber soñado con esto, con lo otro”.

—¿Y del significado de los sueños qué dice la Cronobiología?

—De interpretación de sueños no sabemos nada, en términos neurocientíficos. Sí, por supuesto, hay teorías: la teoría psicoanalítica, por ejemplo, o la teoría de la quiniela, que busca significados para los sueños. Pero a nivel neurocientífico lo único que sabemos es que la enorme mayoría de los sueños son bastante banales y tienen que ver con lo que hiciste ayer, lo que hiciste en los últimos días, obviamente reconfigurado. ¿Por qué? Porque durante la vigilia las partes del cerebro que son como los buchones, la policía del cerebro, están muy activas. Es lo que hace que vos no digas cualquier verdura o te pongas a bailar arriba de la mesa. A la noche esas áreas sensoras están inhibidas. Entonces, esas imágenes que vienen porque durante el sueño se activan las partes del cerebro que tienen que ver con los sentidos —con la vista, con el oído— se mezclan como se les canta. No hay un sensor que dice: “No, eso es imposible, no pienses en un elefante que está volando”. Entonces podés soñar con un elefante que está volando. No le encontramos sentido más allá de ciertas visiones que van por otro lado, fascinantes pero no científicas.

—¿Pero tienen que ver con cómo procesamos las vivencias? ¿Hay algo comprobado sobre eso?

—Hay algo interesante que es puramente correlacional. Sabemos que el sueño REM y los sueños son una etapa muy importante para consolidar memorias, consolidar aprendizajes. Y resulta que los bebés y los chicos más chiquitos tienen mucho más sueño REM. Los bebés se la pasan durmiendo en sueño REM, como si se la pasaran soñando. Entonces, una interpretación de esto podría ser: “Claro, como para ellos es todo nuevo, todo lo que ven, sienten, oyen, degustan, es nuevo, tienen que interpretar eso y consolidarlo”. Así que es muy posible que tengan que ver con esto de repasar lo que sucedió durante el día y fijar algunas memorias que son fundamentales, ahora sí, para la supervivencia.

Diego Golombek:

—Todo este universo se abre con un Abecedario del sueño. ¿Hay alguna otra cosa que te gustaría destacar del libro o de su proceso?

—La interacción con el ilustrador, Juan Dellacha, que fue hermosa. Él trabaja mucho con collage, recorta, pega, saca fotos. Esperemos que funcione como un libro familiar y que alguno se quede dormido leyéndolo.