Un repentino cambio de viento y 25 jóvenes que murieron atrapados por el fuego: la tragedia de los bomberitos de Puerto Madryn

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En la foto, todos los miembros del cuartel de bomberos de Puerto Madryn en 1994. Entre ellos, los 25 fallecidos: Daniel Araya (21), Mauricio Arcajo (12), Andrea Borredá (18), Ramiro Cabrera (16), Marcelo Cuello (23), Néstor Dancor (15), Alicia Giudice (22), Raúl Godoy (23), Alexis González (22), Carlos Hegui (12), Lorena Jones (15), Alejandra López (15), Gabriel Luna (21), José Luis Manchula (23), Leandro Mangini (18), Cristian Meriño (21), Marcelo Miranda (11), Juan Moccio (15), Jesús Moya (20), Juan Manuel Passerini (16), Cristian Rochón (19), Paola Romero (17), Cristian Llambrún (21), Cristian Zárate (14) y Juan Carlos Zárate (22)

Puerto Madryn vivía un aparente respiro tras varios días de lucha contra un incendio forestal en la zona de chacras conocida como La Matanza. El 21 de enero de 1994, brigadistas y bomberos voluntarios habían contenido el avance de las llamas y el parte vespertino solo reportaba algunos focos menores. La sensación general era que lo peor había quedado atrás. Nadie preveía que ese día sería el inicio de la mayor tragedia en la historia de la ciudad.

A las 17:30, un grupo de 25 aprendices de bombero, de entre 11 y 25 años, fue enviado al terreno para tareas de remoción y vigilancia. Eran voluntarios en formación, muchos de ellos enfrentando su primera emergencia real. Se esperaba su regreso tras una jornada exigente, pero con la satisfacción de haber colaborado en el operativo.

Pero, la naturaleza dijo otra cosa: un cambio repentino en la dirección del viento convirtió esa guardia de rutina en una trampa. El fuego, que parecía bajo control, cobró fuerza de manera inesperada y avanzó hacia ellos, bloqueando cualquier posibilidad de escape. Las horas siguientes sumieron a Puerto Madryn en una de sus noches más dolorosas.

21 de enero de 1994. Un grupo de bomberos avanza con el incendio de fondo. Minutos antes, los 25 cadetes habían perdido la vida. Sus compañeros, aún ajenos a la tragedia, los buscaban entre el humo y las cenizas (José Luis Lazarte)

Cuando el fuego volvió a levantarse

El mediodía del 21 de enero de 1994 transcurría como un capítulo más en la batalla contra el fuego en La Matanza, una zona de chacras situada en las afueras de Puerto Madryn. Los campos llevaban días ardiendo bajo el calor sofocante y el viento incesante. Bomberos voluntarios, brigadistas y aprendices se relevaban sin pausa, extenuados por el esfuerzo.

A las 14:30, un aviso de la Seccional Primera activó a los equipos. Dos grupos avanzaron unos tres mil metros campo adentro en sus móviles rumbo a Puesto Gallastegui, una construcción abandonada, y continuaron a pie para enfrentar las llamas. Hacia las 16:15, llegó un tercer grupo comandado por el suboficial principal José Luis Manchula, de 23 años, el de mayor rango presente esa jornada. Entre los suyos había varios menores de edad. Descendieron del vehículo y caminaron 400 metros hacia el oeste. Su protección era mínima: apenas overoles y botas de goma, y contaban solo con cinco radiotransmisores.

A media tarde, los partes oficiales transmitían tranquilidad. El incendio parecía bajo control y solo persistían pequeños focos aislados. Era el momento para tareas de vigilancia y remoción, para asegurarse de que no quedaran brasas activas. Los veinticinco jóvenes aprendices, muchos adolescentes y algunos casi niños, salieron al terreno convencidos de que la labor era sencilla y el peligro había quedado atrás.

Una de las imágenes del fotógrafo que vio el incendio detrás de su lente (José Luis Lazarte)

Pero los incendios forestales pueden cambiar de un instante a otro. Un brusco giro del viento reavivó el fuego hasta llevar las ráfagas a 40 kilómetros por hora. La temperatura marcaba su pico, 32 grados. Cinco minutos después, el sargento Julio Laportilla advirtió por radio que las llamas crecían con rapidez, impulsadas por el viento y la vegetación seca de la meseta. Nadie respondió.

A las 17:35, Laportilla insistió y, esta vez, Manchula alcanzó a pedir auxilio: las llamas los estaban rodeando. Laportilla intentó llegar hasta ellos, pero el avance del fuego se lo impidió. En cinco minutos, consiguió atravesar una lengua de llamas y avanzar hasta una tranquera, aunque no obtuvo contacto alguno. Supuso que los jóvenes habían logrado escapar por otro lado. Así que a las 17:55, pidió al Cuartel Central que hicieran sonar la sirena de alarma general.

Entre las 18:00 y las 18:15, llegaron los últimos pedidos de auxilio, desesperados y confusos, probablemente de uno de los menores. El fotógrafo de fauna José Luis Lazarte, que se encontraba en la zona, recordó más tarde: “Entré con los bomberos unos 300 metros, hice fotos y volví. Por el humo, era como de noche. Para mí, en ese momento, era un incendio de campo más, algo que ocurría día por medio. Después supimos lo que pasó”.

Para entonces, los 25 bomberos ya habían muerto por asfixia, atrapados por el humo y el fuego en un desenlace que se selló en cuestión de minutos.

Las 25 víctimas: Daniel Araya, Mauricio Arcajo, Andrea Verónica Borredá, Ramiro Cabrera, Marcelo Cuello, Néstor Dancor, Alicia Liliana Giudice, Raúl Godoy, Alexis Gonzáles, Carlos Hegui, Lorena Jones, Alejandra López, Gabriel Luna, José Luís Manchula, Leandro Mangini, Cristian Meriño, Marcelo Miranda, Juan Moccio, Jesús Moya, Juan Manuel Paserini, Cristian Rochón, Paola María Romero, Cristian Yambrún, Cristian Zárate y Juan Carlos (Madryn Noticias)

La noche más larga: búsqueda, silencio y hallazgo

Cuando se perdió el contacto con el grupo, la alarma sacudió el cuartel. Las radios repetían llamados que quedaban sin respuesta. Los vehículos no lograban avanzar: el fuego seguía activo y el viento volvía imposible el acceso a la zona. Con la caída del sol, la angustia se apoderó de todos. Familiares, vecinos y compañeros comenzaron a reunirse en el cuartel, aferrados a una espera sin noticias.

El miedo se volvió palpable. Todos sabían que el cambio de viento había sido violento. Varias dotaciones intentaron ingresar por caminos alternativos, pero debieron retroceder ante el avance de las llamas. La ciudad entera quedó suspendida en una vigilia silenciosa.

Recién al amanecer del 22 de enero, cuando el viento cedió y las brigadas pudieron avanzar a pie, apareció la escena que marcaría para siempre la memoria de Puerto Madryn: los 25 cuerpos alineados, separados por pocos metros, como si hubieran intentado mantenerse juntos hasta el final. Algunos yacían boca abajo; otros, de rodillas; otros, abrazados al suelo. Todos habían caído mientras intentaban escapar del cerco de fuego.

La confirmación del desastre fue un golpe seco. La noticia se propagó en cuestión de minutos y la ciudad quedó envuelta en duelo. Quienes participaron del hallazgo, muchos de ellos jóvenes voluntarios, jamás olvidarían esa imagen. Luego, se dedujo que el humo cerró la visibilidad y la temperatura se volvió insoportable; algunos intentaron retroceder; otros buscaron zonas abiertas, pero el fuego ganó velocidad y clausuró cualquier posibilidad de escape.

Toda la ciudad, de luto, acompañó el extenso cortejo fúnebre

Una ciudad de luto: marchas, homenajes y preguntas

Puerto Madryn amaneció en silencio el 23 de enero. Los comercios permanecieron cerrados, las banderas ondeaban a media asta y las radios emitían mensajes de condolencia acompañados de música suave. La ciudad entera hablaba de los 25 jóvenes que no regresaron y los lloraban.

Una multitud recorrió las calles en una de las marchas más numerosas que recuerda la ciudad. Familias enteras caminaron tomadas del brazo; niños llevaron dibujos y flores; ancianos se sumaron al homenaje. El dolor era compartido y atravesaba a todos.

El traslado de los ataúdes desde el Gimnasio Municipal, donde se los veló, hasta el cementerio. Toda la ciudad de Puerto Madryn los lloró (José Luis Lazarte)

El velatorio se realizó en un salón municipal. Los féretros, alineados y cubiertos con cascos, flores y cartas, recibieron el saludo de miles de personas. Afuera, la fila avanzaba lentamente bajo un silencio sobrecogedor.

Con el paso de los días surgieron las preguntas inevitables: ¿por qué se envió a un grupo tan joven a una zona de incendio, aun cuando se lo creía controlado? ¿Contaban con el equipamiento necesario? ¿Podía haberse evitado la tragedia?

La investigación oficial concluyó que la rotación del viento volvió imposible prever lo ocurrido. Sin embargo, el debate sobre los protocolos y la seguridad se extendió por Chubut y por todo el país, y derivó en la revisión de normativas vinculadas al trabajo de brigadas juveniles.

 La obra representa a un bombero con alas rescatando a un niño, rodeado por 25 columnas blancas coronadas con molinos que giran con el viento, evocando a cada uno de los cadetes

Una memoria que no se apaga

Los nombres de los 25 aprendices forman parte indeleble de la memoria de Puerto Madryn: Daniel Araya, Mauricio Arcajo, Andrea Borredá, Ramiro Cabrera, Marcelo Cuello, Néstor Dancor, Alicia Giudice, Raúl Godoy, Alexis Gonzáles, Carlos Hegui, Lorena Jones, Alejandra López, Gabriel Luna, José Luis Manchula, Leandro Mangini, Cristian Meriño, Marcelo Miranda, Juan Moccio, Jesús Moya, Juan Manuel Paserini, Cristian Rochón, Paola Romero, Cristian Yambrún, Cristian Zárate y Juan Carlos Zárate. Nombrarlos es un acto de memoria y de respeto, una forma de traerlos al presente y de contarles a sus familias que nunca serán olvidados.

En el primer aniversario de la tragedia, se erigió en la plaza céntrica de la ciudad un monumento en honor a las víctimas. La obra representa a un bombero con alas rescatando a un niño, rodeado por 25 columnas blancas coronadas con molinos que giran con el viento, evocando a cada uno de los cadetes.

Cada 21 de enero, Día del Mártir Bombero Voluntario, el Cuerpo de Bomberos de Puerto Madryn les rinde homenaje. Por la mañana se coloca una ofrenda floral en el monumento que conmemora su sacrificio. Luego, en el Panteón, se recuerda a 21 de ellos, mientras que a los restantes se los honra en las cuatro tumbas de quienes no están allí.

Los bomberitos descansan en el Cementerio Municipal de Puerto Madryn (Gentileza José Luis Lazarte)

La última ofrenda se realiza en la plazoleta Kona Mapú (Tierra de Héroes), en el barrio Mapú Ngefü, donde las calles circulares llevan los nombres de los bomberos caídos el 21 de enero.

Con el paso de los años, la memoria de los 25 permanece viva en la ciudad. Muchos de los niños que crecieron escuchando esta historia eligieron convertirse en bomberos voluntarios, en homenaje a quienes perdieron la vida. El cuartel es hoy símbolo de ese legado: un espacio donde la memoria se transmite y se honra.

Los nombres de los 25 están presentes en murales, placas y actos escolares. Forman parte del relato de la ciudad, como recordatorio de la vulnerabilidad humana frente a la naturaleza, del coraje de los voluntarios y del peso de cada decisión. Cada aniversario, Puerto Madryn detiene su ritmo, acompaña a las familias y honra a esos jóvenes que partieron, casco en mano, lleno de ilusión.