A veinte años de “Ausencias”: la historia del fotógrafo entrerriano que plasmó la desaparición en imágenes que recorrieron el mundo

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De izquierda a derecha: Gustavo, Guillermo, Diego y Eduardo Germano. Eduardo fue secuestrado el 17 diciembre de 1976 en Rosario (Ausencias - Gustavo Germano)

¿Cómo se representa la ausencia? ¿Cómo se ve? ¿Cómo se oye? ¿Se huele? ¿Se toca? ¿Se puede escribir? ¿Dibujar? ¿Cuánto mide? ¿Cuánto pesa? ¿Se hunde o flota? ¿Hay algo que alcance para abarcarla? ¿Cómo se dice lo indecible? ¿Cómo se representa lo irrepresentable?

El vacío que lo llena todo vive en una cama hecha. En una mesa siempre puesta con un plato que espera. Flota sobre un banco de escuela que nadie ocupa. Detrás de la pelota de un club en un equipo incompleto. Sobre los apuntes congelados en la misma página del mismo tema de la misma materia en un escritorio.

Como un elefante en un cuarto. Ahoga a las presencias. Las presencias inundadas de ausencia.

Cómo.

***

Era Paraná, Entre Ríos. Era julio de 1976. Eduardo Germano, de 18 años, acababa de volver a su casa después de haber estado nueve días desaparecido. Por la noche fue a su cuarto, se sentó en la cama para sacarse los zapatos. En ese momento entró Gustavo, de 12, su hermano menor.

—Ahora te vas a dejar de joder, ¿no?

Eduardo levantó la vista, lo miró y le respondió:

—Ahora más que nunca.

Es uno de los últimos recuerdos que Gustavo Germano, fotógrafo entrerriano especializado en memoria social y ciudadana, tiene de su hermano mayor.

—Lo vinieron a buscar a casa. Estábamos con mi otro hermano, Guillermo, y justo Eduardo, no sé si le avisaron o qué, pero dijo: “Si me vienen a buscar, yo no estoy, me fui”, y salió. A los diez minutos cayó la policía, de civil pero armados. Y cuando estaban hablando con nosotros los llaman por el handy y dicen que lo habían detenido en la esquina de Pellegrini y Perú, a dos cuadras de casa. Esa fue la primera. Les dicen a mis viejos que lo llevaban para hacer unas averiguaciones —a la Policía Federal, ahí en calle Rivadavia [N.de la R. hoy calle Alameda de la Federación]—. Cuando mi viejo fue le dijeron que no estaba. Estuvo desaparecido nueve días y no sabemos bien por qué lo soltaron, si era para seguirlo o cuál era la estrategia —dice ahora Gustavo del otro lado de la pantalla, y desde otro huso horario, en Barcelona.

También supone que, con la percepción de sus 12 años, lo que le dijo a su hermano mayor en la habitación el día que volvió tiene que haber sigo algo que escuchó decir a sus padres: “Habrán dicho: ‘Bueno, ahora se habrá cagado en las patas, se va a dejar de joder”.

Eduardo Raúl Germano (Contradesaparecido - Gustavo Germano)

***

Hay quienes se definen por lo que hacen. Por lo que gustan. Por lo que anhelan. Por el lugar de origen. Por el punto en el mapa en el que viven. Por los ancestros. Por la cultura. Por el credo. Por lo que consumen. Y hay quienes fueron embestidos por un puño tan duro que lo cegó todo. Y eso los define.

“Gustavo Germano. 1964, Chajarí, Entre Ríos Argentina. Es hermano de Eduardo Raúl Germano, detenido – desaparecido por la dictadura argentina el 17 de diciembre de 1976 y cuyos restos fueron identificados en 2014 por el Equipo Argentino de Antropología Forense”, son las primeras líneas de su biografía en su sitio web.

Hermano de.

—Una amiga una vez me preguntaba: “¿Cómo hubiera sido tu vida sin eso?”. Yo no sé lo que es. La dimensión de eso, en ese momento, fue inalcanzable, uno no puede visualizar lo que realmente significa. Después lo vas llevando y vas atravesando distintas etapas, distintos procesos. Yo creo que fue como un gran cachetazo, una piña brutal. Porque también se veía lo que pasaba en el contexto de la sociedad. Mucha gente estaba de acuerdo, o lo aceptaba o lo justificaba con el famoso “algo habrán hecho”. Y eso sucedía en un entorno donde nosotros éramos una familia feliz.

***

Lo eran.

Eduardo Germano era el mayor de cuatro hermanos. Gustavo, el menor. Entre ellos, Guillermo y Diego. Su madre, Carmen, era profesora de Francés. Su padre, Felipe, trabajaba en el Banco Entre Ríos, “era hijo de un empleado ferroviario que había estudiado Contabilidad por correspondencia, desde Basavilbaso, y había terminado como gerente de las principales sucursales del banco” en esa provincia que hace gala de sus verdes y está rodeada de agua. Los Germano pasaron por muchas ciudades. Cada uno de los hermanos nació en una diferente. Y llegar a Paraná, la Gran Manzana de esas tierras, era llegar a la cúspide del recorrido. Ahí arribó la familia promediando la década del 70.

Pero toda manzana es susceptible de tener gusanos.

Eduardo estaba cursando el último año de la escuela secundaria y se reencontraba con la cotidianidad de sus padres y hermanos. A sus 12, mientras todos saltaban de pueblo en pueblo, él se había ido a Paraná para estudiar en el colegio La Salle. Vivió su adolescencia en una pensión.

—Mi vínculo con él fue muy esporádico, lo veía los fines de semana, aparte de que yo era muy chiquito. El tiempo de vida con él fue ese año, en el 75, y parte del 76. Me acuerdo de que una vez le pedí que me arreglara la bicicleta, tengo ese tipo de recuerdos. Los discos de los Beatles o de Emerson, Lake & Palmer, esas cosas que él nos trajo a la casa. Janis Joplin, el Che Guevara. Y entonces eso [su desaparición] fue como un bofetón. Aparte se juntó con otro elemento, porque la desaparición de él es en diciembre del 76, y ese mismo mes nos mudábamos de casa. A fin de año, cuando nos vamos a una casa nueva, lo hacemos ya sin Eduardo. Ahí empieza otra película.

Pancarta utilizada por la familia en las manifestaciones por Memoria, Verdad y Justicia (Contradesaparecido - Gustavo Germano)

***

Después del primer secuestro, en julio del 76, Eduardo pasó a la clandestinidad. Sin especificaciones, ni preguntar demasiado, su familia iba encontrando resquicios para verlo. Dejó la ciudad con nombre de río y se fue a vivir al otro lado del túnel subfluvial.

—Estuvo en Santa Fe, primero. Yo me enteré porque fuimos a verlo una vez con mis padres, nos encontramos en una cafetería que hay en Boulevard Gálvez, se llamaba Necochea. Y mi viejo le llevaba unas corbatas. Él se había cortado el pelo y estaba tratando de “adecentarse” para pasar más desapercibido. Eso es algo que me quedó, pero en el momento yo no sabía exactamente qué estaba pasando. Y de hecho por cuestiones de seguridad tampoco me lo iban a decir. Esa fue la última vez que lo vi.

Eduardo logró evadirse un poco más. Se fue a Rosario, vivió en casa de un tío y escondido en un ático y volvió a ver a sus padres una o dos veces. El 18 de diciembre habían acordado un encuentro en una plaza, pero cuando Carmen y Felipe llegaron su hijo no estaba.

—Ahí empezó el periplo clásico de todos los familiares de desaparecidos: comisarías, iglesias, cementerios, hospitales. Mi vieja dice que esa noche soñó que lo empujaban por una escalera.

El último día del año, un año aciago en un país que crecía subterráneamente y se desertizaba en la superficie, que ramificaba, bajo las baldosas, un submundo de muerte mientras en las veredas el sol lamía las marcas, los agujeros dejados por los desaparecidos, Gustavo acompañó a su padre a echar la última mirada por la casa que dejaban antes de devolver las llaves. Debajo de la puerta encontraron un sobre.

—Era un anónimo que estaba escrito a máquina en una hoja de cuaderno. Decía: “Lamentamos comunicarle que a su hijo Eduardo Daniel Germano —estaba mal el segundo nombre, se llamaba Eduardo Raúl— lo detuvieron el día 17 y posiblemente lo mataron el 26. Aunque no hay confirmación oficial”. Punto.

Punto.

Carta anónima recibida por la familia Germano el 31 de diciembre de 1976 en Paraná, Entre Ríos (Contradesaparecido - Gustavo Germano)

***

Lo buscaron. Claro que lo buscaron. No solo en la peregrinación por las instituciones brutas, ciegas, sordas y mudas a la que cada vez se sumaban más familias. Fueron más allá: contrataron a un detective privado que al poco tiempo de comenzar a investigar fue interceptado por una patota que le hizo entender por las malas que si seguía en ese camino le esperaban aún más malas. Si hubiera sido un dibujo animado, de seguro ese hubiera sido el momento en que el personaje escapa corriendo dejando un agujero con la forma de su cuerpo en medio de un círculo negro. Qué podía hacer frente al sistema que succionaba, se devoraba a las personas y escupía los huesos un investigador que se dedicaba a perseguir infidelidades.

—Pero algo hizo. Llegó a escribir un informe con una noción de lo que podía estar pasando, o sea, que la gente fuera realmente chupada y que no hubiera ningún margen de ninguna estructura del Estado o de la sociedad desde la cual intervenir ni cómo llegar a su paradero. Era muy desconcertante, ¿no?

***

Paraná, esa ciudad paisaje, con veredas anchas tapizadas de lapacho rosa; la ciudad que supo ser la capital de la Confederación Argentina, un tatuaje de honor grabado en piedra, placas y muros, podía convertirse en la mismísima boca del infierno en los años 70 para quienes militaban por la justicia social o en agrupaciones armadas y para quienes los querían. No solo por la red de complicidades tejida entre algunos vecinos para delaciones u omisiones —lo que sucedía por todo el país—, sino por la mirada hacia quienes se convertían en familiares de desaparecidos, portadores, de repente, de una llaga invisible que se creía contagiosa.

—La reacción de la gente, todo el entorno, te trataban como el hermano del terrorista. Esos primeros años los recuerdo así: una nebulosa de destrucción de la estructura familiar, social, del contexto. Fueron muy difíciles. Quizás era un micro micro mundo, pero fue el que me tocó vivir a mí.

Cuando cumplió los años que había llegado a cumplir su hermano mayor, Gustavo tuvo una crisis: “Me va a tocar vivir, porque a mí no me van a matar”, pensó. Lo que le tocaba era decidir qué iba a hacer con esa vida.

Apenas la dictadura empezó a agonizar, la organización social y la formación de nuevos partidos políticos a salir al sol y en Paraná se creó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) Gustavo comenzó a encontrar espacios en los que volcar y transformar la ausencia. O al menos compartirla.

Pero con el advenimiento del alfonsinismo, con sus avances y retrocesos en la materia de hacer justicia, el menor de los Germano sintió que algo le faltaba. Que ese banquete democrático que prometía extasiarlos y devolver algo de lo perdido en los años rotos se parecía más a un menú gourmet: atractivo pero escaso. Necesitaba algo más. Fue cuando decidió que se iría de viaje a Centroamérica.

—A conocer una revolución de verdad que era la revolución sandinista en ese momento.

Vendió libros, reunió dinero y se fue. Se llevó con él una cámara de fotos.

—Fue en ese viaje donde me conecté con la fotografía. Fui con una cámara compacta, no llevaba una supercámara ni nada. Siempre tenía esas inquietudes sociológicas pero no era muy estudiante… La parte de la palabra no era lo mío y encontré en la imagen una manera de decir cosas.

A su regreso comenzó a estudiar Comunicación Social. Después de cursar la primera materia dedicada a la fotografía —un taller de Imagen— decidió que ahí estaba su destino.

Trabajó. Claro que trabajó. En áreas de Comunicación, en publicidad para empresas, en prensa. Y se volvió fotoperiodista. En los 90 entró al semanario Análisis, uno de los medios gráficos más importantes de la ciudad, destacado por su periodismo de investigación. En 1994 integró el equipo fundador de Hora cero, un diario local que tuvo poca vida. Luego volvió a la revista semanal donde estuvo hasta el cambio de milenio, cuando migró a España para instalarse en Barcelona de donde no se iría. Antes expuso lo recorrido: Tráfico de Imágenes (1993), la Muestra Anual de Reporteros Gráficos del diario Hora Cero (1994 y 1995); Chicos de la Calle (1996); Haciendo Circo (1997), Doce a las Doce (fotonovela – 1998); Go Home (instalación – 1999). Las muestras que seguirían serían en otro continente.

Omar Darío Amestoy y su hermano, Mario Alfredo, un domingo de primavera. Omar fue asesinado en 1976 junto a su esposa y sus dos hijos —de cinco y tres años— en San Nicolás de los Arroyos por perpetradores del Ejército y las policías Federal y Bonaerense (Ausencias - Gustavo Germano)

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—¿Te fuiste por la crisis de 2001?

—No, me fui antes, en mayo, junio del 2001. Ya me estaba queriendo ir a la mierda a finales del 2000, de los 90. Era todo muy raro. Medio lo que pasa ahora. Los jóvenes andaban en en los Renault Clío de corbata, haciéndose los yuppies, y los abuelos protestaban en la calle. Algo no funciona bien en una sociedad si los jóvenes no son contestatarios y los abuelos, que serían los que tendrían que aplacar las cosas, están en la calle peleando. Había algo que no estaba bien.

No había plan definido ni proyecto de vida en el Viejo Mundo. Había deseos de viaje, una compañera —con quien sigue compartiendo ruta—, zapatos viejos y arrojo.

—No era quemar las naves y nos vamos. De hecho veníamos con la ropa que teníamos. Empezamos a trabajar y nos fuimos quedando.

En Barcelona, con los círculos periodísticos cerrados, comenzó como freelancer tomando fotos de lo que surgía: desfiles, eventos, pisos de casas en venta.

Mientras hacía eso para vivir, iba madurando una idea que se le había instalado hacía tiempo adentro: usar la imagen para mostrar, volver casi palpable, la falta de su hermano, de tantos hermanos, hijos, madres, padres, amigos desaparecidos. La masticaría y ajustaría en su mente durante casi una década hasta que la oportunidad de sacarla de ahí y darle curso se encontró con él en 2006.

—En 2005 nacieron nuestros hijos, que iba a ser uno y nacieron dos. Ese fue un punto importante. Y en 2006 hubo un acto en Casa Amèrica Catalunya [N. de la R. una institución dedicada a tender lazos entre Latinoamérica y Catalunya a través de la cultura] por el 30 aniversario del golpe. Yo a Ausencias la tenía en la cabeza desde hacía muchos años. Siempre digo que fui de diez en diez: a los 12 desapareció Eduardo, a los 22 empecé a hacer fotos, a los 32 me imaginé Ausencias y a los 42 la hice. O sea que era una historia muy madurada. Quería volcar la experiencia en un hecho fotográfico, utilizar la imagen para hablar de eso que había ocurrido. Entonces en ese acto busqué a alguien a quien contarle la idea. Ahí conocí a Marta Nin, que es la actual directora y en ese momento era la encargada de exposiciones. Le presenté dos carillas escritas a máquina, porque no tenía fotos sobre eso, y se emocionó. Ella lo vio. Esa era la pata que necesitábamos acá.

En julio del 2006 toda la familia viajó a Entre Ríos para hacer las primeras pruebas.

—Hicimos cuatro fotos, porque tenía la idea pero había que ver si la cosa era real, si iba a funcionar el trabajo en los dípticos. Cuando volvimos hice una maqueta, la presenté en Casa Amèrica y terminaron de dar el ok. En diciembre ya viajé con uno de mis hijos —porque como son gemelos teníamos uno para cada uno— a hacer todas las fotos.

Orlando René Méndez, Leticia Margarita Oliva y su hija, Laura Méndez. Orlando fue secuestrado en 1976, en la Ciudad de Buenos Aires; Leticia, en diciembre de 1978. Ambos continúan desaparecidos (Ausencias - Gustavo Germano)

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A la izquierda, dos hombres, Omar Darío Amestoy y su hermano, Mario Alfredo, bajan un terraplén cubierto de pasto. Es un domingo de primavera. Es 1975. Fueron con sus familias a un día de campo. Hay pesca y asado.

A la derecha, solo Mario Alfredo —ahora el pelo es cano— baja el terraplén.

A la izquierda, una mujer, Clara Fink, sonríe de pie mirando a su hijo, Claudio Marcelo Fink, que está sentado a la mesa familiar escuchando la radio con el sol en los brazos, en el pecho, en la mejilla que ofrece. Es su padre, Efraín, aficionado a la fotografía, quien está detrás de la cámara y revela la instantánea.

A la derecha, Clara está de pie, ya no sonríe —ahora la piel tiene marcas—, apoya una mano en la mesa familiar, la otra en la silla vacía.

A la izquierda, una pareja, Orlando René Méndez y Leticia Margarita Oliva, sonríe sentada en la cama mientras mira a la bebé que sostiene en medio, Laura, su única hija, que mira a cámara con su boca desdentada abierta. Hace pocos meses comenzó 1976. El golpe de Estado irrumpirá días después.

A la derecha, Laura —ahora es una mujer— está sola, arrodillada frente a la cama, con la boca sellada.

***

Había un concepto y varias decisiones tomadas.

—Siempre tuve bastante claro que tenía que hablar de algo colectivo. Que era una experiencia colectiva. Había visto algunos trabajos, por ejemplo en esa época ya había salido Treintamil, que era un librito muy pequeñito, hermoso, de Fernando Gutiérrez, o sea que habían empezado a salir cosas. Y mi idea era recrear varias imágenes, mostrar un universo de víctimas y también de afectos. Quería que las relaciones de las personas que aparecieran fueran variadas, no solo hermanos, sino que hubiera parejas, hijos, distintos vínculos dentro de un universo también diferente de chicos, no todos estudiantes. Teníamos la pauta de que los vínculos debían ser muy poderosos —y digo “teníamos” porque siempre lo hice con Vanina De Monte, que es mi compañera—. Creo que una cosa que me dio la distancia fue perspectiva, y no estar contaminado por el día a día a la hora de construir la obra. O sea, que no tuviera que estar tal o cuál persona, sino que la elección tuviera un sentido de obra, porque si bien es un proyecto que tiene una base documental muy marcada, representa a los demás. Ahí también se consolidó la idea de que no tenían que ser casos muy conocidos, entonces pensé en circunscribirlo a la provincia de Entre Ríos, que eran historias desconocidas a nivel nacional. Era una buena oportunidad para darle ese sentido de representación colectiva.

Para la preproducción, selección de casos y logística, contó con la ayuda a distancia de su hermano Guillermo —fallecido en 2009— que entonces coordinaba el Registro Único de la Verdad, en Paraná.

—Por ahí también cerró todo. Y después, cuando empezamos la producción de las imágenes, en muchos de los casos era gente conocida para nosotros. Aunque de algunos sabíamos solo sus nombres, era un ambiente cercano.

En veinte días, con un niño de un año a cuestas, el apoyo de Guillermo, del recién fundado grupo H.I.J.O.S Paraná, “y de un montón de gente que nos ponía el auto”, Gustavo produjo las fotos que integrarían Ausencias.

Hicimos todo el periplo que era, a veces, una locura. Ir y volver en el día de Paraná a Concordia, por ejemplo. Un día fuimos a Reconquista… En esos veinte días hicimos todas las que teníamos planeadas y alguna más. Eso fue en diciembre y a partir de ahí plantamos la bandera: en octubre del 2007 se iba a inaugurar acá, en Barcelona.

—¿Cuál era la atmósfera que se generaba en las tomas? ¿Qué sucedía en las recreaciones?

—Se juntaban varias cosas. Hubo mucha gente que no había vuelto a sus lugares en treinta años. Otros casos en los que [las fotos] eran en el salón de su casa, como Clara Fink, que vivió ahí toda su vida y tenía el mismo frutero. Pero claro, para mí había toda una parte de logística, de trabajo de producción, de coordinar con quienes iban a estar en las fotos la llegada al lugar o dónde había que ir a buscarlos, cómo nos encontramos, asegurarme de que los equipos estuvieran en condiciones, que la cámara estuviera bien configurada, o sea: todo lo que eran mis responsabilidades. Y eso te lleva a una situación en la que no hay tanto espacio para otra cosa, todavía. Entonces era muy loco que todos veníamos en otra sintonía hasta que hacíamos la foto. Y ahí se generaban unos silencios muy grandes, de alto voltaje emocional. Yo no doy instrucciones con la cara cuando hago fotos sino que doy el tiempo para que la gente se ponga en situación. Porque al final los que realmente hicieron las fotos son los que se pararon ahí, adelante de la cámara. Ellos son los que miran, los que denuncian el espacio que está vacío.

Esas fotos se volverían estandarte en la búsqueda de memoria, verdad y justicia. Pero eso aún no lo sabía.

Clara Fink junto a su hijo, Claudio Marcelo Fink, secuestrado el 12 de agosto de 1976 en Paraná, Entre Ríos. Continúa desaparecido (Ausencias - Gustavo Germano)

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En octubre de 2007 Ausencias se presentó por primera vez en Barcelona. Coincidió con un coloquio internacional de políticas públicas de memoria que había reunido en la Casa Amèrica Catalunya a personas de diferentes puntos del Globo: Sudáfrica, Alemania, Brasil. El impacto fue instantáneo. Definitivo.

Creo que todo coincidió para que fuera el momento indicado. Es una exposición muy de los treinta años [del golpe de Estado]. En un contexto donde se habían anulado las leyes de impunidad, se habían reabierto todos los juicios.También el tiempo que había pasado, porque la idea de este proyecto es básicamente el tiempo. Es el elemento central.

Desde hace veinte años Ausencias recorre el mundo, como recorre las redes sociales cada 24 de marzo. Lo que generan los dípticos llevó al fotógrafo a replicar la muestra en Uruguay, en Brasil y en Colombia, con historias de desapariciones en esas tierras. Y sus vacíos.

Desde hace veinte años las fotos estaquean a quien quiera verlas con la devastadora presencia de la ausencia.

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En 2014 el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Eduardo Germano. Habían sido sepultados en el cementerio La Piedad, de Rosario. La familia pidió que se los entregaran el día que se cumplían 38 años de su secuestro, el 17 de diciembre. En el lugar donde los recibieron, una dependencia de la Justicia rosarina, había funcionado un centro clandestino.

—Justicia poética —dice Gustavo.

De esa identificación nacería otro proyecto: Contradesaparecido. En el que el fotógrafo sostiene que unos cuantos huesos no son una aparición sino un cambio de categoría.

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En 2014 el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Eduardo Germano. Habían sido sepultados en el cementerio La Piedad, de Rosario (Contradesaparecido - Gustavo Germano)

A la izquierda, cuatro niños ubicados de menor a mayor: Gustavo, Guillermo, Diego, Eduardo.

A la derecha, tres hombres en el mismo orden.