Intensidad vs. desconfianza… ¿hay match?
Él está acostumbrado a ir de frente y con transparencia. Ella, como muchas argentinas, a dudar antes de confiar. Uno pensaría que la dupla no iba a fluir, pero esas dos fuerzas sin saberlo estaban a punto de construir algo inesperado.
Se conocieron casi por casualidad, en un momento de aburrimiento de ella y de curiosidad de él. Jesús nunca había usado aplicaciones de citas: su vida era demasiado inestable, siempre viajando, siempre de paso, pero esta vez sentía que quería quedarse quieto y experimentar. Marina tampoco solía usar apps, pero esa vez probó suerte. Coincidieron, se agregaron a Instagram en seguida y apenas tres días después ya estaban arreglando su primera cita.

Un mate frente al río y un malentendido cultural
Jesús quería que el encuentro fuera simple, auténtico. Nada de cine ni planes acartonados: quería poder conversar. Mate, reposeras y una mesa chiquita frente al río fue la propuesta que le acercó a Marina, y ella aceptó. Además, sin que su cita lo supiera, atravesaba un momento económico complicado y prefería algo tranquilo. El plan parecía perfecto… hasta que él insistió con ir a almorzar.
Ella dudó, habló con amigas, aceptó con incomodidad, pero convencida de que —como venezolano— él la iba a invitar. Durante la comida pidió lo más barato del menú. Cuando llegó la cuenta, para sorpresa de la argentina, Jesús solo pagó su parte. Así fue que Marina sacó lo poco que le quedaba y pagó la suya.
“Me caía bien, pero pensé: no puede ser… qué rata”, recuerda ella hoy entre risas. El lado B de la historia es que conocidos argentinos le habían advertido al venezolano que muchas mujeres podían ofenderse si insistía en pagar. “No la invité porque me dio miedo que se ofendiese”, admite avergonzado.
El malentendido recién salió a la luz ocho meses después, cuando ya vivían juntos. Marina se lo contó y Jesús se puso rojo como un tomate. Según ella, le pidió perdón “veinte mil veces”. Hoy es una de las anécdotas de “choque cultural” favoritas de la pareja.

Energías, intuición y una voz interna que no falló
Más allá del episodio de la cuenta, algo fluyó desde el primer minuto en que se vieron. “No paramos de hablar ni un segundo”, recuerda Jesús. En el río, él se sentó descalzo en el pasto, como suele hacer, y se dejó llevar por la sensación. “Me sentí tan cómodo que escuché esa vocecita que te dice: ‘che, acá es’”.
Dos días después llegó un mensaje. Largo, intenso, honesto… demasiado honesto para Marina. “Pensé que me estaba chamuyando, exagerando todo”, confiesa. ¿Cómo podía decirle esas cosas si apenas se conocían?
Aun así, con cierto recelo aceptó una segunda cita. Él le gustaba y estaba dispuesta a dejar de lado su escepticismo. Salieron a cenar con una condición clara: hablar, aclarar los tantos y después cada uno a su casa.
Viajar como forma de conocerse
Jesús fue directo. Le explicó que su vida no pasaba por cafés ni rutinas urbanas. Que, si quería conocerlo de verdad, tenía que hacerlo viajando. A Marina la propuesta la descolocó. San Juan, Misiones, Entre Ríos, carnavales, rutas. Todo junto, todo demasiado rápido.
El primer viaje fue tan insólito como revelador: ella manejó hasta Chivilcoy para ayudarlo a recuperar el registro que le habían retenido y pagar una multa. Después siguieron Luján, mates en una plaza, una caminata de la mano, un budín casero compartido. Y ahí algo hizo clic.
“No nos soltamos más”, dice Marina. Al día siguiente ya estaban rumbo a Entre Ríos, después Misiones. Aventuras intensas, charlas interminables, risas, una sensación de conexión natural. Jesús ya lo tenía claro.

Un momento de película
El venezolano había planeado pedirle que fuera su novia en un helicóptero sobrevolando las Cataratas del Iguazú… muy fiel a su estilo. La lluvia canceló el vuelo, pero no la decisión. Lo hizo igual, con las cataratas de fondo y el agua cayendo.
“Fue muy de película”, recuerda Marina. Dudó, se congeló y pensó en experiencias pasadas, en que todo había ocurrido muy rápido. Y, al mismo tiempo, confió en lo que le decía su corazón. Dijo que sí.
“Mi vara estaba alta y la pasó por arriba”, explica ella. “No sabía que podía existir un vínculo así, donde haya respeto, confianza y tanta seguridad”.
Novios en enero, convivencia en marzo
La convivencia llegó casi sin planearse. Jesús tenía que dejar su departamento y Marina le ofreció quedarse “una semana” hasta conseguir un nuevo lugar. Esa semana se convirtió en meses. Hoy están por cumplir un año de convivencia.
Para él, la intensidad no es apuro: es consecuencia. Después de un accidente que en el 2015 lo dejó ocho meses en coma y le borró la memoria —incluso la emocional— aprendió a no postergar. “No reconocía a nadie. Tuve que volver a descubrir qué era el amor, el cariño, todo”, cuenta. Cuando volvió a la vida, se fue del país. Y no miró atrás.
¿Por qué elegir Argentina como hogar?
Después de vivir en más de cinco países distintos, como Colombia, Ecuador, Perú e Italia, Argentina fue el primero que extrañó cuando se fue. La nostalgia apareció por primera vez. Algo nuevo. Algo definitivo.
“Acá por primera vez no me sentí extranjero ni recién llegado. Me sentí parte”, dice. Eligió recorrer el país para entender por qué lo llamaba tanto y no tardó mucho en encontrar la respuesta: “la calidad de su gente”, dice convencido.
Después de recorrer más de 40 países, Jesús descubrió en Argentina algo que nunca había sentido: pertenencia. Y entendió que su hogar no era solo un lugar en el mapa, sino también una persona. “Puedo estar fuera del país, pero siempre quiero volver a esta tierra y a sus brazos”, dice. Ella lo escucha con los ojos llenos de emoción. Hay viajes que se hacen para conocer el mundo y otros que, sin saberlo, te llevan directo a casa.



