Benito Quinquela Martín, el huérfano que pintó a los obreros y convirtió al barrio de La Boca en un símbolo porteño

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Benito Quinquela Martín en su taller (Wikipedia)

Hubo un tiempo en que el aire del sur de Buenos Aires era una mezcla de carbón, brea y un mar lejano que nunca terminaba de llegar. En ese paisaje crudo y esforzado, un niño sin apellido encontró, casi por azar, la punta del hilo que lo uniría para siempre a su destino: el barrio de La Boca. Aquel chico había sido abandonado en la Casa de Niños Expósitos con una nota que decía: “Este niño ha sido bautizado con el nombre de Benito Juan Martín”.

Benito Quinquela Martín creció entre barcos que gruñían, estibadores con fuerza de titanes y un puerto que no descansaba jamás. Las escenas cotidianas eran ásperas, pero para él eran vida e inspiración: donde otros veían humo, él veía luz; donde otros veían mugre, él veía color; y donde muchos encontraban cansancio y sudor, él encontraba belleza.

Con el paso del tiempo, ese chico autodidacta, que pintaba de noche en una pieza pequeña y trabajaba de día en la carbonería familiar, terminó por construir una enorme obra, que fue mucho más que darle color y una imagen única al sur porteño. Pintó barcos, lanchas, remolcadores, grúas y obreros con una intensidad inconfundible. Pintó su vida, su origen y su memoria. Pintó —sobre todo— su identidad. Murió el 28 de enero de 1977, a los 86 años.

Uno de sus cuadros más conocidos,

El niño del nombre escrito en un papel que encontró un mundo en el puerto

Benito Quinquela Martín nació en Buenos Aires, aunque la fecha exacta de su nacimiento nunca pudo establecerse. Poco tiempo después de nacer fue abandonado en la Casa de Niños Expósitos —luego Casa Cuna—, acompañado por una nota breve y definitiva que decía: “Este niño ha sido bautizado con el nombre de Benito Juan Martín”. No tenía apellido, ni historia escrita, ni familia conocida; solo un nombre y un pañuelo cortado en diagonal como único recuerdo posible de su madre biológica, que jamás regresó a buscarlo.

Por ese motivo, las monjas de la Casa de Expósitos estimaron su fecha de nacimiento y fijaron oficialmente el 1 de marzo de 1890, ya que el niño había sido dejado allí el día 21 de ese mismo mes. Su vida comenzó marcada por la incertidumbre, pero también por una resiliencia que lo acompañaría siempre.

Tras sus primeros días, fue trasladado a un asilo de niños en Barracas al Norte, según registran sus biografías. Allí creció entre los delantales grises de las Hermanas de la Caridad y atravesó una infancia solitaria y silenciosa, sin figuras parentales, aunque con abrigo y alimento asegurados. Con el paso del tiempo, ese período quedaría en su memoria como una imagen difusa y lejana.

Benito y sus padres

En 1897, a los siete años, fue adoptado por un matrimonio de inmigrantes italianos que lo llevó a vivir al barrio de La Boca. Manuel Chinchella, oriundo de Nervi, trabajaba descargando carbón en el puerto y atendía la carbonería familiar. Justina Molina, nacida en Gualeguaychú, llevaba el comercio con una memoria prodigiosa y una ternura constante. Al no poder tener hijos biológicos, la pareja decidió adoptar a Benito y darle un hogar.

En ese entorno, entre el polvo negro del carbón, el esfuerzo físico y las rutinas laborales, el niño comenzó a observar el mundo con una atención singular. El carbón —diría más tarde— le dio las sombras del universo que algún día plasmaría en sus cuadros.

La vida en La Boca era dura, pero vibrante: conventillos húmedos, calles de barro, olor a río, a brea y a hierro caliente. Desde muy pequeño, Benito trabajó en la carbonería junto a su madre adoptiva, atendiendo a los clientes y realizando tareas menores, mientras su padre, de carácter más rudo, marcaba la disciplina familiar a su manera. Las dificultades económicas solo le permitieron cursar hasta tercer grado en la Escuela Nº 4, donde aprendió a leer, escribir y hacer cuentas básicas, saberes que su padre consideraba suficientes para enfrentar la vida.

Benito al lado de sus muestras en una de las exposiciones

En las calles del barrio entabló amistad con los mellizos García, con quienes aprendió códigos barriales y estrategias de defensa personal. Las peleas entre chicos hijos de españoles e italianos eran frecuentes, y el puerto también enseñaba a resistir.

A los catorce años comenzó a asistir a clases nocturnas de dibujo en la Sociedad Unión de La Boca, un espacio donde convivían obreros, estudiantes y artistas. Allí descubrió que podía transformar aquello que veía a diario en imágenes cargadas de emoción. Tenía una mirada intensa, una intuición poderosa y un sentido del color que se iría afirmando con el tiempo. Sus primeras pinturas eran torpes desde lo técnico, pero ya dejaban ver un pulso enérgico y una intensidad casi eléctrica.

El trabajo duro en la carbonería lo había vuelto fuerte; la sensibilidad del dibujo lo volvió profundo. Esa combinación marcaría toda su obra futura. Más adelante, formalizó el cambio legal de su apellido, castellanizando “Chinchella” como “Quinquela” y manteniendo “Martín” como segundo apellido. Así quedó definitivamente constituido su nombre: Benito Quinquela Martín.

Otra de sus memorables obras:

La Boca: escuela, inspiración y destino

En esos años, el ahora colorido barrio de La Ribera, era entonces un mundo paralelo. Allí convivían inmigrantes genoveses, españoles, yugoslavos; se mezclaban los olores de la sopa, el salitre y el hierro quemado. El puerto latía y cada calle, cada conventillo, tenía su propio ritmo y color. Para Quinquela, ese entorno no fue solo un paisaje sino su gran escuela.

Sus caminatas por la Vuelta de Rocha funcionaban como un taller a cielo abierto. Observaba las maniobras de los remolcadores, el esfuerzo de los hombres descargando carbón, el humo que se elevaba sobre el Riachuelo. De esas escenas nació una iconografía que con el tiempo se volvería inconfundible.

A los diecisiete años ingresó al Conservatorio Pezzini-Stiatessi, donde estudió hasta 1920 y tuvo como maestro a Alfredo Lazzari, su primer guía formal en el dibujo y la pintura. Allí selló su amistad con Juan de Dios Filiberto: dos almas que se volvieron inseparables y terminaron dándole alma y sonido al barrio de La Boca. También participó en tertulias culturales y políticas, y, ante la imposibilidad de terminar la escuela por motivos económicos, completó su educación general de modo autodidacta, leyendo en las bibliotecas del barrio y aprendiendo de la vida en el puerto.

Imposible hablar de uno sin el otro: Juan de Dios Filiberto, uno de los grandes directores de orquesta, fue el

En 1918 realizó su primera muestra individual en la Galería Witcomb. Un año después fue aceptado por primera vez en el Salón Nacional de Bellas Artes. A partir de entonces, su carrera se expandió rápidamente hacia el exterior. En 1923 expuso veinte obras en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde el Museo de Arte Moderno adquirió dos de sus cuadros. En París, una de sus pinturas ingresó al Museo de Luxemburgo; en Nueva York vendió obras al Metropolitan Museum. Expuso también en Roma, Londres, Cuba y Brasil. Figuras como el rey Alfonso XIII de España y el presidente italiano Benito Mussolini se interesaron personalmente por su trabajo.

Durante la gira europea que hizo exponer en Roma, su obra despertó el interés de figuras centrales del poder. En una de esas muestras, Benito Mussolini le ofreció un cheque en blanco para comprar el cuadro Crepúsculo, pero Quinquela rechazó la propuesta por motivos patrióticos, reafirmando así su convicción de que su arte tenía un sentido profundamente argentino y estaba ligado a los valores de solidaridad y justicia social que marcaron toda su vida, influenciados por sus tempranas convicciones socialistas.

Su mirada y sensibilidad tan particular fueron claves en el éxito. Quinquela no pintaba el puerto desde afuera, lo pintaba desde adentro. Había cargado carbón, había conocido el cansancio físico y la piel curtida de los obreros, había sentido la vibración de los barcos contra el muelle. Esa experiencia directa se tradujo en colores intensos, pinceladas amplias y una energía vital que caracteriza su obra. A partir de 1918, el uso predominante de la espátula le otorgó a sus cuadros una textura singular y una sensación constante de movimiento.

Benito Quinquela Martín pitando

El artista que transformó su barrio

Con el tiempo, Quinquela Martín se convirtió en alguien más que un pintor consagrado en el mundo. Fue un altruista benefactor y un creador de espacios públicos. Donó terrenos y financió la construcción de la Escuela Pedro de Mendoza, el Lactario Municipal Nº 4, la Escuela de Artes Gráficas y el Instituto Odontológico Infantil, todos en La Boca. Impulsó la pintura de conventillos, la creación del Museo de Mascarones de Proa, el Teatro de la Ribera y la recuperación de Caminito como calle-museo en la década de 1950. Su objetivo era claro: que el arte y el color fueran parte de la vida cotidiana de su barrio.

Entre sus iniciativas más singulares se encuentra la creación de la Orden del Tornillo, una exótica logia de artistas y pensadores no convencionales. En 1938 inauguró el Museo de Bellas Artes de La Boca, que gestionó personalmente. Allí expuso su obra, otorgó becas a jóvenes artistas y fue anfitrión permanente. En sus últimos años recorría las salas y conversaba con los visitantes con la misma sencillez del hombre que había comenzado sin nada.

Caminito, la clásica postal con el sello del inolvidable hijo pródigo de La Boca

Su excepcional trabajo alcanzó momentos culminantes en obras como Incendio en el astillero, Puente de La Boca, A pleno sol, Día de trabajo y Tormenta en el puerto, verdaderas síntesis de la épica del trabajo humano. En 1972 fue nombrado Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires.

Soltero durante casi toda su vida, se casó a los 84 años con Alejandrina Marta Cerruti, su secretaria y compañera de siempre, quien fue su única heredera.

Benito Quinquela Martín murió el 28 de enero de 1977, en Buenos Aires, a causa de una insuficiencia cardíaca. Fue velado en su casa-taller, en un féretro pintado por él mismo con escenas del puerto de La Boca. Sus restos descansan en un mausoleo propio en el cementerio de la Chacarita. Su obra, viva y vibrante, sigue dando identidad al barrio que lo vio nacer como artista.