
Más de cien años después de su inauguración, el Colegio Mariano Moreno, del barrio porteño de Almagro, atraviesa una restauración central en su historia. El proyecto pone en valor varios de sus espacios más simbólicos, entre ellos el salón de actos, que permaneció cerrado durante once años.
Ubicado en avenida Rivadavia 3577, el edificio es considerado Patrimonio Histórico y Cultural de la Ciudad de Buenos Aires desde 2010 gracias a su valor arquitectónico. En la actualidad, aloja una escuela secundaria con más de 900 alumnos y un instituto de educación superior que dicta tecnicaturas para más de 200 estudiantes.

La historia de la institución se remonta a 1898, cuando el Colegio Nacional de Buenos Aires atravesaba una fuerte sobrecarga de matrícula. En ese contexto se habilitaron cuatro secciones, entre ellas la Oeste, que con el tiempo daría origen al actual Colegio Mariano Moreno.
Ubicado en un terreno de alrededor de 4.000 metros cuadrados, el edificio fue construido entre 1909 y 1910 por los arquitectos Eduardo M. Lanús Terrero y Pablo Hary. El mismo estudio fue responsable de obras emblemáticas como la Aduana de Buenos Aires y palacios como el Bosch.

“De los 820 edificios (escolares) que tenemos, el 15 por ciento tiene más de cien años. Esos están todos dentro de lo que es la Declaración Patrimonial Histórica. Hay otras escuelas más que no llegan a esa cantidad”, comenzó explicando Ignacio Curti, subsecretario de Gestión Administrativa de la Ciudad.

Según detallaron desde el equipo a cargo de la obra, se trata de una inversión de 1560 millones de pesos. Contempla la restauración integral de la mansarda —la estructura que define la cubierta patrimonial del edificio—, la recuperación del vitral original y la puesta en valor de los ornamentos del cielorraso. A estas tareas se suman los trabajos de carpintería y la restauración del hall de ingreso y la escalera principal, entre otros.

“La mansarda es como una especie de cúpula con otra forma, que tiene una estructura de madera. Entonces, hay que reacondicionarla, adecuarla. Y el vitraux estaba como por debajo. Entonces, bueno, obviamente, filtraba atrás de la mansarda”, explicaron desde el equipo, en diálogo con Infobae.
El eje central de la restauración es el salón de actos, un espacio emblemático que permaneció abandonado durante once años. Con una capacidad para entre 150 y 200 personas, se espera que vuelva a estar en condiciones de uso en los próximos meses.

Para lograrlo, el equipo avanza también con trabajos de pintura, que incluyen estudios estratigráficos para identificar el color original y aproximarse lo más posible a su tonalidad. Al respecto, agregaron: “Se va decapando para llegar al color más primigenio del muro. A partir de eso, se establecen distintas muestras y se elige cuál es el más cercano”.

Luego llega el turno del vitral. Son 178 piezas, ninguna igual a otra, con flores y escudos argentinos que, durante años, quedaron ocultos bajo capas de polvo y guano: el espacio había sido tomado por las palomas. Para devolverle su brillo original, los restauradores trabajan una a una, desmontando, limpiando y reencastrando.

María Belén Ramírez, jefa de Obra Patrimonial de la firma a cargo de la restauración, también se refirió a los adornos en yeso: “Previamente, hicimos un trabajo de limpieza porque había mucho polvo y el cielorraso se veía comprometido debido a las filtraciones. Empezaron a caer ornamentos y el yeso se empezó a disgregar y morir”.
La tarea es casi artesanal: revisar ornamento por ornamento, sellar fisuras, reconstituir y volver al color original. “Es trabajo de arqueólogo. Vas entrando, limpiando, viendo cuál es la enfermedad del edificio”, siguió Ramírez.

La obra se encuentra actualmente en su tercer mes de ejecución. Comenzó en octubre y tiene prevista su finalización hacia fines de julio, con un plazo total estimado de 270 días.



