El secreto que descubrí en el maletín de mi padre dos décadas después de su muerte

0
7

Mucho tiempo después de que papá hubiese muerto, mamá nos pidió que la ayudáramos a ordenar y regalar sus cosas. Entre tantos objetos que le pertenecían, encontramos su maletín (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Si papá se muere, tenemos las cuentas en orden.

—¿A qué te referís? —me preguntó mi hermano.

La situación no podía ser más dramática. Era la una de la mañana y estábamos en la sala de espera de terapia intensiva del sanatorio.

Papá había llegado a la guardia porque no se sentía bien. Después de un rato lo pasaron a terapia intermedia y pocas horas más tarde, a cuidados intensivos. En el parte de las siete de la tarde nos dijeron que tenía una neumonía distresante que le había tomado los pulmones con rapidez. Aunque los médicos no lo dijeron explícitamente, era fácil percibir que se estaba muriendo.

¿Cómo era posible, si a la mañana estaba bien, a tal punto que había llegado a la guardia por sus propios medios, en taxi?

Aunque no habría otro parte médico hasta el mediodía siguiente, en un momento nos cruzamos con el director de la terapia intensiva y nos dio un poco de esperanza.

—Desde que llegó al sanatorio no paró de derrumbarse. Las placas de tórax que hicimos cuando lo ingresamos parecen de un paciente distinto de las de la tarde. En pocas horas, de tener tomada solo un área pequeña de un pulmón pasó a tener totalmente comprometidos ambos pulmones. Nunca vi algo así en treinta años, pero hace una hora, misteriosamente, se estabilizó. Es inexplicable el deterioro vertiginoso con el que venía y cómo ese proceso se detuvo de forma abrupta. Esta noche es clave.

Después de aquel parte inesperado, mandamos a mi madre y otros amigos a dormir, y mi hermano y yo nos quedamos conversando en ese no lugar que son las salas de espera de los sanatorios. Sin darnos cuenta, empezamos a hablar del viejo como si ya se hubiera muerto.

—Tener las cuentas en orden significa que él sabe cuánto lo quiero y que yo también sé cuánto me quiere. Aunque ambos somos de pocas palabras, lo importante está claro —le expliqué.

Muchos años antes, en un taller de indagación personal al que yo iba, había surgido el vínculo con mi padre. Allí planteé la dificultad que teníamos para comunicarnos lo que sentíamos por el otro porque ambos éramos introvertidos, tímidos, de hablar poco. La persona que conducía el grupo me preguntó si alguna vez había podido expresarle cuánto lo quería.

—Me muero de vergüenza.

Si te cuesta decírselo en persona, podés buscar otras formas de hacerlo.

La idea me resultó inspiradora y unas semanas después me encontré escribiéndole una carta. Escondido detrás del papel no reprimí nada, y con mis emociones a flor de piel le conté todo lo que sentía por él.

El problema era entregársela. Pensé mandarla por correo cuando yo estuviera de viaje, pero no tenía ninguno en el horizonte. ¿Qué hacer entonces? Me daba mucho pudor darle la carta en mano o estar cerca de él cuando la leyera.

Una noche, después de cenar, se la dejé en el escritorio, me encerré en mi habitación y apagué la luz. Confiaba en que el hecho de parecer dormido le impidiera querer conversar, algo bastante improbable por otra parte, porque papá hubiera sentido más vergüenza que yo.

A la mañana siguiente seguí adelante con mi plan de no exponerme a papá y evitar hablar del tema. Me levanté deliberadamente sin tiempo para desayunar con la idea de salir rápido de casa. Nos cruzamos un minuto en la cocina y, por suerte, no me dijo nada. Volví a mi habitación a buscar las cosas para ir a la facultad y cuando me iba, al pasar y sin mirarme a los ojos, me dijo:

Muy linda tu carta.

Le sonreí bajando la vista, emocionado y avergonzado, y salí apurado sin responder nada. No estaba llegando tarde a ningún lado, pero una conversación de ese tipo me resultaba intolerable. Era demasiado intenso, una dosis de afecto que me hacía sentir muy incómodo.

Misión cumplida, pensé.

Sentado en la sala de espera, aquella historia me daba paz y serenidad. Me sentía sin deudas con papá. Sabía que si se moría, no teníamos nada pendiente.

Por suerte, vivió nueve años más. Y a pesar de que a los dos nos siguió costando expresar nuestros sentimientos en palabras, pudimos compartir todo ese tiempo sabiendo lo que sentíamos uno por el otro.

Mucho tiempo después de que papá hubiese muerto, mamá nos pidió que la ayudáramos a ordenar y regalar sus cosas. Entre tantos objetos que le pertenecían, encontramos su maletín. Lo abrí para ver si había algo importante y al revisarlo, encontré en uno de sus bolsillos la carta que yo le había escrito dos décadas atrás. La había llevado con él a su trabajo cada día durante todos esos años.

No hacía falta una palabra más, estaba todo claro. Todo lo que no pudimos decir. Todo lo que habíamos sentido.

Las cuentas estaban más que en orden.

*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli