Se recibió de médico mientras jugaba, fue campeón con tres equipos y le atajó un recordado penal a Maradona: mano a mano con Alejandro Lanari

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Los inmigrantes. Esos grupos de personas que llegaron a nuestro país con el anhelo latente de una vida mejor. Algunos escapaban de la sordidez de una guerra, otros del dolor de las pérdidas y un puñado lo hacía en busca de un futuro próspero, de ese horizonte que no se podía divisar en sus tierras. Los Lanari arribaron desde el sur de Italia, con sus costumbres, ilusiones y deseos de asentarse en busca del diáfano porvenir. Jamás podían suponer, que uno de sus descendientes, dejaría huella en el fútbol argentino, en la extraña doble condición de jugador y profesional en una exigente carrera. Porque Alejandro iba a colgar con orgullo, su diploma de médico, al tiempo que descolgaba los más complejos remates de los ángulos.

La charla con Alejandro Lanari. El placer de recorrer su carrera, con esa particularidad de haberse dedicado al estudio en paralelo con el fútbol. Caminos en apariencia bifurcados, pero que le llegan desde los orígenes: “Mi padre también era aquero y fue de los primeros en involucrarse para armar al Deportivo Italiano. Desde que tengo uso de razón, quería ser médico. En la medida que fui creciendo, detecté que tenía ciertas habilidades deportivas, principalmente con las manos, porque era bastante tronco con los pies y por eso me mandaban siempre al arco (risas). Para el puesto, tenía condiciones físicas y emocionales, porque los que ocupamos ese lugar, somo resilientes. Y eso también me emparenta con la profesión de médico, donde uno trata de vencer a la adversidad”.

Equipo de Deportivo Italiano que logró el recordado ascenso a primera venciendo en la final del reducido a Huracán

Dos hábitos en apariencia sin puntos de contacto, sin embargo, Alejandro tiene una interesante reflexión que une los caminos: “Daba clases en el post grado de psicología en el deporte y les decía: ‘Yo de psicología no puedo explicarles a ustedes, porque no entiendo nada, pero evidentemente en algún momento tuve un buen enfoque de lo que es el proceso y no me quedé en el error, porque eso el letal para un arquero. En la medicina pasa lo mismo, ya que si te quedás en el síntoma, no le solucionás el dolor al paciente’. Creo que es un punto de conexión, que fui viendo con el tiempo”.

Luego de haber recorrido las inferiores del Deportivo Italiano, el 18 de mayo de 1980, llegó el momento del debut, en aquella vieja, ardorosa y disputada Primera B, donde se acunaban los sueños de llegar a la máxima categoría: “Mi presentación no fue muy afortunada. Jugué dos partidos ese año y me hicieron siete goles. El día del debut, el uruguayo Lacava Schell, que jugaba en Arsenal, me hizo uno olímpico. Después del segundo encuentro, que perdimos 4-0 con Los Andes, me planteé seriamente si estaba en el lugar indicado. Al año siguiente llegó un gran entrenador como Antonio D´Accorso, que apenas asumió dijo: ‘Vendan a Benítez, el arquero titular, que me quedo con Lanari’. Fue muy sorprendente por habérsela jugado así por mí. Una tarde me hicieron un gol y llegué caído al vestuario, entonces Antonio me comentó: ‘Un arquero es realmente bueno una vez que le hagan 300 goles, así que siga así’. El tema es que perdimos tres partidos seguidos y allí se acercó nuevamente: ‘Trate que los 300 goles no se los hagan este año, porque nos matan a los dos’ (risas).

El gran equipo de Rosario Central, campeón de la temporada 1986/87, llegando desde la primera B. Parados: Alejandro Lanari, Jorge Balbis, Marcelo Toscanelli, Edgardo Bauza, Julio Pedernera y Hernán Díaz. Abajo: Osvaldo Escudero, Hugo Galloni, Omar Palma, Fernando Lanzidei y Roberto Gasparini

Tiempos donde la B era la primera categoría del ascenso. Muchos equipos destacados y grandes figuras batallaban cada sábado, donde Lanari enfrentó a San Lorenzo y Racing, en su paso por ese fútbol espinoso y disputado: “Era duro y peleado. Cuando veía los partidos de primera, notaba que los futbolistas tenían espacio. Eso en la B no existía. Había que salir en los centros, eh (risas). Fue una etapa que disfruté mucho, coronado con el ascenso histórico de Deportivo Italiano a mediados del ’86. Mi relación con el presidente estaba desgastada y agotada. A principios de año, llegó Ramón Cabrero como técnico y me dijo que tenía pensado traer un arquero que él había tenido en Lanús y, como conocía mi situación, me propuso un enroque. Nos pusimos de acuerdo, pero me pidió que atajase en un amistoso programado contra San Miguel. Me salieron todas y Ramón me dijo que me quedase. Jugamos ese inolvidable torneo, clasificamos al octogonal, donde tuve la suerte de atajar penales en la semifinal ante Banfield y en la final con Huracán, donde ascendimos, en la definición por penales tras el suplementario del tercer partido. Algo que siento como heroico. Nosotros teníamos un equipazo que jugaba muy bien. Como me había formado en el club, poder darle esa alegría a la gente fue maravilloso”.

Deportivo Italiano era de primera. Ya había amenazado durante el primer lustro de la década con buenos equipos, pero la gloria se dio en el ’86. El ciclo de Lanari estaba terminado y el club cumplió con la promesa de la transferencia: “Rosario Central llevaba seis meses sin jugar por la restructuración que dio origen al Nacional B. Había dado todos sus jugadores a préstamo, que fueron regresando, junto a los nuevos que nos incorporamos. Llegué para pelear el puesto con un arquero de gran trayectoria con el Flaco Fossati, que en la 5° fecha tuvo una pequeña distensión y allí ingresé. Fue contra Vélez, en Liniers, en la misma cancha donde meses antes había ascendido. Era un lujo ser parte de ese equipo, con Don Ángel Zof a la cabeza. Sacaba con la mano desde el arco, porque tenía al Pato Gasparini a la derecha y al Negro Palma a la izquierda, que bajaban cualquier cosa que les tirasen (risas). Hubo un partido tremendo, que perdimos con Boca en la segunda rueda en la Bombonera por 4-1, donde la atajé un penal a Graciani, quedándome parado en el medio del arco, porque lo tenía estudiado. Cuando llegamos al vestuario, Don Ángel nos dijo que íbamos a salir campeones, por lo que le habíamos demostrado. Y así fue, con una definición muy cerrada, con Newell´s dos puntos detrás nuestro en la última fecha, donde nos quedamos con el título en la cancha de Temperley. Para mí no tenía precio, porque venía de la B y al primer torneo, me consagré con el título en primera. Tomé conciencia de lo que es Central al volver ese día para la ciudad, porque desde San Pedro hasta Rosario, estaba lleno de gente al costado de la autopista”.

Equipo de Argentinos Juniors que logró el ascenso a primera división, como campeón del Nacional B 1996/97

En menos de un año, Alejandro bebió toda la gloria deportiva. Así como no descuidaba el arco, tampoco lo hacía con sus estudios, aunque esto conllevara un esfuerzo inmenso: “Cuando fui para Rosario, aún me quedaban nueve materias para recibirme. Fue una decisión difícil, porque existía la resolución que indicaba que no podía pasarme de facultad. Allí se dio una situación que todavía no se como hice: tenía que rendir neurología y neurocirugía, que duraban un mes y medio. El jefe de cátedra me explicó que era una materia que no podía rendir libre. Me tomaba el micro a las 4 de la madrugada en Rosario, que me dejaba a las 8 en Puente Saavedra. Desde allí, un taxi al hospital Pirovano donde cursaba hasta las 11. Luego el camino inverso para llegar a la práctica de las 16. Eso lo hice ese mes y medio de lunes a jueves. Una locura absoluta”.

El título le permitió a Central el regreso a la Copa Libertadores y la posibilidad de un amistoso contra el campeón del Calcio, que era nada menos que el Nápoli de Maradona: “Yo tenía un montón de familia napolitana y esa era la gran posibilidad de conocerlos. El partido fue inolvidable porque lo íbamos ganando 1-0 hasta que llegó la famosa jugada. Cuando uno es chico y le preguntan por un sueño, el arquero responde: ‘Atajar un penal en el último minuto al mejor jugador del mundo’. Y fue lo que me pasó. Volé a mi derecha y lo desvié, para desagrado de mis familiares, que casi no me saludaron (risas). Había que estar en esa ciudad en 1987… Diego era venerado con estampitas en las ventanas de las casas. Impactante. Muchas noches no pude dormir pensando en ese penal y a veces lo miro por YouTube para confirmar que fue cierto (risas). Con Diego nos encontramos varias veces, porque lo tuve como técnico en Racing y luego fuimos compañero en Boca. En las prácticas me decía de jugar a los penales, a lo que me negaba siempre, remarcándole: ‘Me voy de esta vida ganándote 1-0′”.

Formación de Argentina en el único partido de Lanari en la Selección. Parados: Blas Giunta, Néstor Craviotto, Alejandro Lanari, Fernando Gamboa, Ricardo Altamirano y Carlos Enrique. Abajo: Gustavo Zapata, Ramón Medina Bello, Diego Latorre, Claudio García y Antonio Mohamed

Lanari tuvo la suerte de estar en la valla de Central, en tiempos donde el fútbol rosarino había reverdecido sus laureles de 15 años atrás, cuando fue la meca, con los primeros títulos de AFA de ambos clubes: “Un Central vs Newell´s se vive dos meses antes y dos meses después. La ciudad se empieza a calentar mucho tiempo antes. Fue una época maravillosa, porque los dos equipos estábamos muy fuertes, con grandes jugadores. Me tocó ganar, perder y recibir varios goles, porque cuando llegó Bielsa a Newell´s, eran como una aplanadora. Sin desmerecerlo, se vive más que un Boca versus River, que se disipa, por lo que genera en todo el país. El clásico de Rosario es, fue y será único”.

Luego del Mundial de Italia, Carlos Bilardo dejó su cargo como técnico de la Selección y Julio Grondona designó en su lugar a Alfio Basile. En enero del ’91, dio a conocer su primera lista de convocados, donde estaba el nombre de Alejandro Lanari: “Junto a Goyco fuimos los primeros arqueros de su ciclo, que estuvo más de 30 partidos sin perder. Ganamos de manera brillante la Copa América que se disputó en Chile, donde me di el gusto de debutar en la selección, ganándole 3-2 a Perú, en algo que solo estaba en mis sueños. Era un equipo fuera de serie, que no tenía debilidades por ningún lado, con los puntos altos de Caniggia, Batistuta, Leo Rodríguez y el Cabezón Ruggeri. El ayudante de campo de Basile era el Panadero Díaz, a quien conocía, porque había cumplido esa función con Ramón Cabrero en Deportivo Italiano. El día que llegamos a la primera práctica en Ezeiza, el fue el encargado de pelotearnos con Goyco, porque no existía la función de entrenador de arqueros. Nos agarró con 25 pelotas nuevas y casi nos mata. El terminar, estábamos con el Vasco los dos en el vestuario vomitando, porque nos había dado una paliza terrible, pero era lo que se estilaba. Se lo planteamos, ya que no sabía dosificar las cargas. Enseguida lo entendió y, además, era un personaje muy querido”.

Era un gran momento de su carrera y, con el título bajo el brazo, llegó la hora de emigrar: “Al llegar de la Copa América, me informaron que me habían transferido a Tigres de México, donde viajé con mi esposa y los dos chicos que teníamos en ese momento. Fueron cuatro años muy buenos, pero con una experiencia completamente distinta a la que vivía en Rosario. El fútbol se sentía de otra manera, algo que ahora cambió, pero en aquel momento me vino bien para bajar los decibeles con que se vivía en nuestro país. A las dos fechas se dio el clásico ante Monterrey y cuando salí al campo de juego para saludar a mi hinchada, no la veía, porque estaban todos mezclados”.

Sus dos pasiones en una sola foto

Luego de cuatro temporadas, se dio el regreso, aunque no de la manera esperada: “Estábamos muy cómodos en México con el Pato Gasparini y el Yaya Rossi, hasta que llegó un técnico brasileño que no quería argentinos. Llegué al país a cuatro días del cierre del libro de pases y me incorporé a Racing, donde casi no jugué, porque Nacho González atravesaba una etapa brillante. De allí fui a Argentinos Juniors, que estaba prácticamente descendido y el técnico, que era Jorge Olguín, me propuso quedarme para jugar en el Nacional B. Me gustó el desafío, con un grupo extraordinario de jugadores, como el Polo Quinteros, Markic, Pininito Mas, Placente. Antes del debut, les dije que la B era brava, donde había que poner garra, además de fútbol. Salimos campeones jugando bien, pero recién en la última fecha, sin sobrarnos nada. Tenía 37 años, tres hijos, mi consultorio y sentía que el fútbol me había dado todo. Me llamó Pedro Pompilio para ir a Boca, porque Abbondanzieri se había lesionado. Llevaba dos meses donde no me agachaba ni a atarme los cordones (risas), pero dije que sí. Al final, al Pato no lo operaron, y como también estaba Córdoba, no tenía lugar. Allí terminó mi carrera”.

“Dejar el fútbol siempre es difícil, responde Alejandro sobre el famoso ‘día después’. El asadito en casa es muy lindo, pero la adrenalina, se extraña. En mi caso, el paso casi no lo sentí, porque ya estaba ejerciendo mi profesión y al poco tiempo Jorge Olguín, me sumó como médico de su cuerpo técnico en Almagro. Luego estuve en Banfield y más tarde en un hermoso proyecto de siete años vinculado al Barcelona, que desarrollamos en La Candela con juveniles. En la actualidad tengo dos consultorios estoy abocado a la medina deportiva en distintas patologías, pacientes con diabetes, hipertensión o perdida de masa muscular. Trabajo muchísimo, pero es algo que me encanta. Tantas horas de tareas me impiden ver mucho fútbol, pero no me pierdo a la Selección, y por eso no tengo dudas que Dibu Martínez es el mejor, porque conjuga en uno solo, todas las virtudes que debe tener un arquero”.

Uno concluye que es un placer poder entrevistar a hombre como Alejandro Lanari, con una visión tan profunda e interesante de ese recorrido por senderos disímiles, que logró unir. Para alegría de sus antepasados, aquellos gringos que llegaron desde Italia y sentirán orgullo por él, que se dedico con pasión a salvar. Goles y vidas.