El Mundial como antídoto contra la soledad: por qué el fútbol rompe el aislamiento que las ciudades construyeron

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La arquitectura de las ciudades modernas fue construida como una máquina de producir aislamiento. Eso que durante décadas se vendió como privacidad tiene un costo: soledad, deterioro cognitivo, depresión. Y entonces llega el Mundial. Y esa misma arquitectura que aísla se convierte en algo distinto. El edificio mudo de pronto vibra, tiembla, grita (Imagen ilustrativa Infobae)

Bajamos las escaleras desaforados y nos lanzamos a la calle. Es mi primer recuerdo de un festejo colectivo: una plaza, una multitud, aunque era el pueblo y éramos en realidad un centenar. Era junio del 78 y Argentina acababa de ganar el Mundial. Sí, era dictadura militar y las Madres reclamaban por sus hijos desaparecidos. Tenía 13 años, iba al Colegio Nacional de Punta Alta y había pegado la foto de Mario Alberto Kempes en la tapa de la carpeta. El tiempo nos llenó de preguntas, pero ese día salimos, festejamos, cantamos, nos emocionamos, nos sentimos orgullosos y victoriosos.

Porque ese efecto tienen los mundiales. Ganar o perder es un hecho colectivo, y sentirse parte de una comunidad, de algo que nos supera, de un nosotros que celebra o duela va mucho más allá de lo deportivo. Y en esta sociedad donde la soledad no deseada es una pandemia y el aislamiento una forma de vida, el fútbol llega cada cuatro años a recordarnos que hay alguien allí, en el departamento de enfrente, que grita igual que nosotros cada gol.

Una mujer llegó a la farmacia el martes justo cuando Argentina perdía dos a cero. Una señora mayor, que iba a comprar sus remedios. Casi la imagen institucional de la vejez en nuestros días. Pero cuando la estaban atendiendo llegó el gol del Cuti Romero y los empleados le pidieron que se quedara un poco más, y entonces llegó el de Messi. De pronto todo se resignificó y ella tenía un rol, era importante y era central porque era cábala, y le pedían que se quedara, y se quedó, y celebró. La vejez es performativa, y la comunidad también. Se puede ser empleado y cliente, joven y viejo, o simplemente grupo que celebra.

El Obelisco. La plaza del barrio. La calle Corrientes. Todo el mundo sabe que hay que salir a la calle. Sabe que la celebración no se completa adentro, que necesita el cuerpo de los otros. Eso que llamamos el festejo del Mundial es, en realidad, la reactivación temporal de algo que la ciudad fue desarmando durante décadas: la vida en común. (REUTERS/Irina Dambrauskas)

Los edificios que aíslan y el gol que conecta

Las estadísticas dicen que el 40 por ciento de los hogares de la Ciudad de Buenos Aires son unipersonales. Que la cifra crece año a año y está cambiando la estructura social de la ciudad. Que el delivery eliminó el pretexto para salir y que se pueden pasar días enteros aislados sin escuchar ni la propia voz.

Todo eso es real. La arquitectura de las ciudades modernas fue construida, casi sin quererlo, como una máquina de producir aislamiento. Los edificios de departamentos son columnas de celdas apiladas donde cada uno vive su vida privada y nadie sabe nada de nadie. Eso que durante décadas se vendió como privacidad y como modernidad tiene un costo que la medicina empieza a medir: soledad, deterioro cognitivo, depresión, mortalidad prematura.

Y entonces llega el Mundial.

Y esa misma arquitectura que aísla se convierte en algo completamente distinto. Cada ventana iluminada es una pantalla. Cada balcón con bandera, una declaración. El edificio mudo que durante once meses no emite ningún sonido colectivo de pronto vibra, tiembla, grita. No desde adentro. Desde todos sus adentros al mismo tiempo.

El fútbol llega cada cuatro años a recordarnos que hay alguien allí, en el departamento de enfrente, que grita igual que nosotros cada gol (Jaime Olivos)

El grito que viene de adentro pero es de afuera

Los videos que circularon esta semana son documentos sociológicos extraordinarios. La calle vacía, el silencio tenso de los noventa y dos minutos, y de pronto el grito. No un grito: el grito. Ese sonido que sale de todas partes a la vez y que no tiene una fuente localizable porque la fuente es todo. Es el edificio entero. Es la manzana. Es el barrio. ¿Quién es capaz de armar semejante coreografía? Silencio, grito, puertas que se abren, gente que emerge de todos lados, colectivos que se detienen.

Nadie da la orden, pero todos saben a dónde ir. No hay convocatoria, no hay grupo de WhatsApp, no hay dirección más que la que llevamos impresa en la memoria. Todo el mundo sabe que hay que salir a la calle. Sabe que la celebración no se completa adentro, que necesita el cuerpo de los otros para terminarse de armar.

El Obelisco. La plaza del barrio. La esquina con el kiosco que tal vez ya no existe pero la gente igual va a donde estaba. La calle Corrientes, donde un creador de contenido gritó “gol, me atropellaron” y el video recorrió el mundo porque en cuatro segundos capturó exactamente eso: la alegría que desborda, que no cabe en un cuerpo, que necesita volcarse en otros. Un conductor de colectivo en Córdoba paró en la calle Belgrano al escuchar la remontada por radio y festejó con sus pasajeros. Personas que llegaban de Misiones y de Rosario en el subte y cantaban juntas antes de llegar al Obelisco. Familias enteras con chicos en hombros. Desconocidos que se abrazaban llorando.

Eso que llamamos el festejo del Mundial es, en realidad, la reactivación temporal de algo que la ciudad fue desarmando durante décadas: la vida en común.

No importa si el Mundial se ve solo en el departamento o en un bar lleno de desconocidos. No importa si el equipo gana o pierde. Lo que importa es que se siente que lo que está pasando le está pasando a mucha gente al mismo tiempo (Jaime Olivos)

Dhaka, los techos y la bandera de otro país

Bangladesh ocupa el puesto 181 del ranking FIFA. Su selección no juega en este Mundial ni en ninguno de los últimos. Y sin embargo, desde hace semanas, los techos de Dhaka están cubiertos de banderas celestes y blancas, de banderas amarillas y verdes. La calle KM Das Lane, en el barrio de Tikatuli, se llama ahora informalmente la FIFA Lane: un callejón angosto decorado con murales de Messi, Maradona, Neymar, Ronaldo, Mbappé y las banderas de las cuarenta y ocho naciones participantes, que se convirtió en destino turístico y en escena de encuentro masivo.

Las proyecciones públicas en Bangladesh son multitudinarias. Vecinos que juntan dinero para alquilar un proyector, instalan generadores de emergencia para no quedarse sin luz en el momento justo, arman asientos en la vereda para que todos puedan ver. Cuando Argentina le ganó a Egipto el martes, miles de personas salieron a las calles de Dhaka a festejar un gol que no era el suyo, un equipo que no es el suyo, un país que queda a doce mil kilómetros.

¿Por qué? Por lo mismo. Porque el Mundial no es un torneo de fútbol. Es una excusa para sentirse parte de algo más grande que uno mismo. Bangladesh no tiene equipo en el campo, pero tiene algo que tal vez sea más importante: tiene comunidad. Tiene la certeza de que cuando suene el gol, hay alguien al lado que va a gritar exactamente lo mismo.

Aficionados al fútbol de Bangladesh en la transmisión pública del partido de octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre Argentina y Egipto en Dhaka (Bangladesh, EFE/EPA/MONIRUL ALAM)

La magia de lo colectivo

La investigación sobre bienestar y longevidad viene confirmando algo que la gente intuyó siempre: la salud no depende solo de lo que se come o de cuánto se duerme. Depende, enormemente, de si se siente que se pertenece a algo. La Organización Mundial de la Salud lo llamó una epidemia global. Susan Pinker demostró que el predictor número uno de longevidad no es la dieta ni el ejercicio: es la interacción cara a cara. El estudio de Harvard de ochenta y cinco años llegó a la misma conclusión: las personas más conectadas viven más y llegan mejor a la vejez.

El Mundial produce, de manera masiva y temporaria, exactamente eso. No importa si se ve solo en el departamento o en un bar lleno de desconocidos. No importa si el equipo gana o pierde, aunque ganar y festejar con otros es una de las experiencias más intensas que puede tener un cuerpo humano. Lo que importa es que se siente que lo que está pasando le está pasando a mucha gente al mismo tiempo. Que nadie está solo en esa angustia cuando el equipo va perdiendo. Que cuando gana, alguien más en alguna parte del mundo está sintiendo exactamente lo mismo.

Perder juntos también une. El duelo compartido es consuelo. Hay algo profundamente humano en saber que la tristeza es la misma tristeza que siente el vecino que nunca se conoció y el hincha de Bangladesh que festeja a doce mil kilómetros.

Eso es lo que los sociólogos llaman identidad colectiva y lo que la gente llama, simplemente, “nosotros”. Ser parte de algo más grande. Lo mismo que da la religión, que da la patria, que da una comunidad cuando funciona bien. La sensación de que uno no termina en uno mismo, de que hay algo afuera que lo contiene, que le da sentido, que lo conecta con otros sin que haga falta explicar nada.

La crisis de soledad no deseada que atraviesa las ciudades del mundo no se resuelve con un Mundial de fútbol. Necesita políticas públicas, urbanismo pensado para el encuentro, sistemas de salud que entiendan que la receta social es tan importante como la farmacológica. Pero el Mundial recuerda que la capacidad de pertenecer todavía está ahí (Jaime Olivos)

El antídoto que dura un mes

El problema del Mundial como antídoto es que dura un mes. Después, los balcones pierden las banderas. Las calles vuelven a vaciarse. Los vecinos vuelven a no saber el nombre de los vecinos. El edificio recupera su silencio habitual y su aislamiento habitual.

Pero algo queda. Queda el recuerdo de que fue posible. Que el desconocido del cuarto piso gritó exactamente lo mismo en el minuto noventa y dos. Que se compartió algo sin saberlo. Que somos, aunque no lo sabemos casi nunca, parte del mismo cuerpo.

La crisis de soledad no deseada que atraviesa las ciudades del mundo no se resuelve con un Mundial de fútbol. Necesita políticas públicas, urbanismo pensado para el encuentro, presupuesto para cultura y comunidad, sistemas de salud que entiendan que la receta social es tan importante como la farmacológica. Necesita linkeadores sociales y museos prescriptos y coros en los barrios.

Pero el Mundial recuerda, cada cuatro años, que la capacidad de pertenecer todavía está ahí. Que no se fue. Que el grito que sale de todos los departamentos al mismo tiempo no es casualidad ni magia. Es la necesidad humana más básica, la que sobrevive a todos los algoritmos y a todas las pantallas y a todos los edificios diseñados para que no nos veamos la cara.

Mi papá vendía banderitas argentinas en la plaza de Punta Alta cuando festejábamos. Llevé a mis hijos al Obelisco cuando le ganamos a Holanda en el 2014, por las dudas, porque no sabía si les iba a tocar festejar algún Mundial alguna vez. Por suerte pudimos volver ocho años después.

Porque también ser comunidad es eso: compartir memorias.

Y la necesidad de que alguien, en alguna parte, esté gritando lo mismo que nosotros.

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.