Revolucionó la cardiocirugía, vivió para salvar a otros y se disparó en el corazón: Favaloro, el hombre que quería un mundo más justo

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René Favaloro

“Quizá el mayor elogio que alguna vez se me ha hecho fue en una reunión mundial, muy importante, de cardiología, donde uno de los cardiólogos más importantes del mundo, cuando me presentó, dijo: ”Yo no voy a decir nada más que esto: ¿ustedes creen que están en presencia de un cardiólogo, de un cirujano cardiovascular? Ustedes están en presencia de un médico rural”.

No importa cuánta trayectoria tuviera. O si era el cardiólogo más célebre del mundo. René Favaloro no dejaría de hablar de sus comienzos, de los doce años siendo prácticamente el sistema médico completo de Jacinto Aráuz, un pueblo de 2500 habitantes en la provincia de La Pampa, a unos 200 kilómetros de Santa Rosa. Adonde viajó en 1950, con 26 años, planeando pasar ahí solo unas semanas para reemplazar al médico del pueblo. Adonde atendió rancho por rancho, curó indigestiones, asistió partos, brindó recomendaciones sobre lactancia materna y terminó con la mortalidad infantil. Adonde instaló una clínica a la que hizo llevar los elementos y procedimientos necesarios para que los habitantes no tuvieran que ser derivados a otra ciudad cuando se quebraban un hueso, la que terminó por convertir en el centro médico más importante de una extensa zona rural que hasta ese momento estaba abandonada a su suerte. Adonde se quedó más de una década. Doce años que fueron, en sus palabras, “los doce años más importantes de mi vida porque me enraicé con la tierra”.

Cuando se presentaba como médico rural o se sentía halagado porque se refirieran a él de ese modo, aún después de haber alcanzado fama internacional, no era falsa modestia. Era su principio.

Desde su primera cirugía con bypass aortocoronario, hace casi sesenta años, se salvaron más de 55 millones de vidas con este procedimiento, según datos de la Fundación Favaloro

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En el mundo se realizan cada año cerca de un millón de operaciones de bypass. Un asteroide, el 5077, lleva su nombre,“Favaloro”, en reconocimiento a su aporte a la humanidad. En 1992 The New York Times lo denominó “Héroe Humanitario”.

Los hitos que elige el documental René Favaloro, trazos de una vida, dirigido por Alejandro Areal Vélez y emitido por Canal Encuentro, para presentarlo dibujan el reflejo, más bien el brillo del trabajo de su vida.

“Yo por desgracia o por suerte, no sé, vivo tremendamente enamorado de mi profesión”.

“Yo no puedo vivir sin ver lo que pasa a mi alrededor”. “El médico vive siempre entre la vida y la muerte, ¿sabe? Más el cirujano. Y entonces vive entre alegrías y tristezas”. “No sé qué haría si no estoy en el metier ese de los pacientes, del quirófano, del sufrir y el gozar”.

“Hay que fabricar un mundo nuevo donde se le dé valor realmente al espíritu, a las cosas del espíritu”.

La frases que se le oyen al médico en el primer minuto del film, lo perfilan. Muestran lo que hay debajo de la piel, la esencia que encierra el hombre. Quizás haga más sentido decir, a riesgo de que suene melifluo, el corazón.

En la infancia, René Favaloro pasaba semanas de sus vacaciones con su tío Arturo, que era médico. Observaba la intensa actividad del consultorio y lo acompañaba en las visitas a domicilio. Aída, su madre, decía que a los 5 años ya sabía que iba a ser médico

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Según registra su acta de nacimiento, y determinaban todos sus documentos, René Favaloro nació el 14 de julio de 1923. Sus padres le aseguraron que en realidad fue el 12. Lo habían anotado el 14 en homenaje al aniversario de la Revolución Francesa. La fecha era casi una declaración: la adherencia a las ideas de izquierda de la familia.

Descendiente de italianos que habían llegado a la Argentina con la primera oleada inmigratoria, antes de que terminara el siglo XIX, Favaloro era hijo de Juan Bautista, “un ebanista que hacía cosas muy lindas, pero que no sabía darle valor económico”, y de Aída, “una excelente modista”. “Y yo trabajaba en las vacaciones como un simple obrero en el tallercito de mi padre y a veces durante el año también”, dice en el documental que reconstruye su vida con fragmentos de entrevistas y escenas que quedaron grabadas en archivos de video.

Vivían en un barrio pobre de La Plata llamado El Mondongo “porque allí vivían muchos obreros del frigorífico”, explicaba Favaloro. La familia alquilaba una casa que en el fondo tenía un galpón donde su padre tenía el taller de carpintería. Al lado estaba la casa de sus abuelos.

No hubo ninguna opulencia en su infancia. Hubo lo que había en las niñeces de los barrios: rayuela, bolitas, fútbol en los baldíos. Sí hubo abundancia: amigos; un hermano, Juan José, experto en fabricar barriletes; una abuela, Cesárea, que le enseñó a cuidar de los animales, a trabajar un huerto y a vivir de la tierra; un tío doctor, Arturo, con el que pasaba semanas de sus vacaciones en Avellaneda, llenándose los ojos asombrados de niño con el vaivén del consultorio y acompañándolo en las visitas a domicilio. Presumiblemente haya sido el principal responsable de que Favaloro se haya convertido en Favaloro.

Aída, su madre, decía que a los 5 años ya sabía que iba a ser médico.

“Cuando yo me recibí, el título era doctor en Medicina, no es como ahora. Entonces había que hacer una tesis para alcanzar el doctorado. Y yo le dediqué la tesis a mi abuela Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta en una pobre rama seca; y era totalmente analfabeta, pero sin embargo tenía una cultura impresionante. Hablaba de una manera muy especial. Yo creo que a veces era pura poesía”.

En su infancia aprendió, por sobre todas las cosas, a ver a los otros, a preocuparse por los otros. Y que el trabajo y el esfuerzo eran la base sobre la que se cimentaban los logros.

“Yo siempre tuve una formación social que me viene de mis orígenes, de ese hogar pobrón, de un carpintero y una modista donde me crié y donde aprendí que el esfuerzo era una cosa importante”. “De lo que más me enseñaron era que sin esfuerzo no se conseguía nada, porque yo lo veía a mi padre trabajar ocho, diez, doce, catorce horas diarias. No había sábado ni domingo. Yo creo que el único día del año que descansaba era en Navidad o Año Nuevo”.

Estaba en tercer año de la carrera de Medicina cuando supo que su destino estaba dentro del quirófano. Se escapaba a presenciar las operaciones de sus docentes, mezclándose entre practicantes y alumnos más avanzados (Gentileza Mass PR)

La formación en el Colegio Nacional Rafael Hernández, apéndice de la Universidad Nacional de La Plata, fue determinante. Ahí conoció a docentes que lo inspiraron en más de un sentido, como el escritor Ezequiel Martínez Estrada y el intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña. “Tuve un grupo de profesores excepcionales que nos llenaron el alma de humanismo”, dirá. También fue ese el lugar en el que entendió que se podía defender los ideales con activismo, y se fogueó en la militancia estudiantil reformista, a la cual adhirió hasta convertirse en delegado cuando comenzó a cursar en la Facultad de Ciencias Médicas. “Aprendimos que la libertad era importante, que había que defender la libertad, los derechos del hombre y, por sobre todas las cosas, que había que ser solidario”. “El origen (…) está en lo que aprendimos en la Universidad de La Plata. A nosotros se nos enseñó que además de nuestra tarea específica, debíamos analizar la sociedad de nuestro tiempo, comprenderla y por nuestra propia condición de universitarios tratar de mejorarla si ello fuera posible”.

Sus frases, un legado de manifiestos.

René Favaloro estaba en tercer año de Medicina cuando lo supo: quería estar dentro del quirófano. Se escapaba a presenciar las operaciones del profesor José María Mainetti o Federico Enrique Bruno Christmann, camuflándose con los alumnos más avanzados, admirando la precisión de la práctica quirúrgica. “Nos enseñaban, sí, el arte de la cirugía, pero además de eso, a respetar al enfermo, a que el enfermo era la cosa importante, no importaba que estuviera ahí en un hospital público, merecía todo nuestro respeto y nuestro cuidado”.

Fue entonces cuando, en el último tramo de la carrera, pasó a integrar el internado, el ciclo de práctica final en el que los estudiantes realizan rotaciones intensivas supervisadas y aplican sus conocimientos. Se mudó al hospital policlínico. Trabajaba sin descanso para sacar el máximo provecho de esa experiencia en la que era acompañado por practicantes más avanzados y médicos expertos. La entrega era absoluta.

La militancia, desde la que se oponía, con sus pares, a las dictaduras que irrumpían la democracia —lideradas en esos días por los generales Pedro Ramírez y Edelmiro Farrell— y miraba con recelo al peronismo naciente, le valió los golpes de la represión policial en manifestaciones y lo llevó dos veces a la cárcel.

Estaba recién graduado en 1949 cuando por la fidelidad inexpugnable a sus ideas y a su ética profesional y política rechazó el primer cargo que le ofrecieron en el Policlínico San Martín de La Plata. Así lo contó: “En aquella época se produjo una vacante para médico de guardia del hospital y entonces el director me llamó y me dijo que bueno, que yo era el hombre que tenía que estar ahí. Pero entonces me dijo que había que firmar un papel para decir que uno estaba de acuerdo con la doctrina nacional, que era la doctrina de aquel entonces del Partido Peronista. Yo le dije que me diera 24 horas. Y después volví al otro día y le dije: ‘Mire, doctor, usted sabe bien, yo no estoy afiliado a ningún lado, no estoy a favor ni en contra, pero siempre he creído en ciertos principios que son fundamentales. Es decir, si dicen que yo merezco el puesto porque he trabajado, porque he hecho esfuerzo, porque he atendido a la gente, porque trabajo mañana, tarde y noche y porque, qué sé yo, tengo las mejores notas en la facultad y todo eso, me parece que esto no hace falta’. Entonces, no acepté”.

Cuando se recibió, le dedicó la tesis a su abuela Cesárea, quien le había enseñado a cuidar a los animales, a trabajar la tierra y

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Poco después de ese rechazo vendría una aceptación. Una fundamental. Favaloro recibió una carta de su tío, Manuel Rodríguez Diez —era el esposo de su tía Ofelia, hermana de su mamá—, que vivía en Jacinto Aráuz, un pueblo pequeño de La Pampa. El médico de la comunidad, Dardo Rachou Vega, estaba enfermo y debía viajar a Buenos Aires para someterse a un tratamiento oncológico. El pueblo necesitaba un médico. René dijo que sí. Que iría por unos tres meses. Terminaría quedándose casi doce años “ahí, en el oeste de la Pampa Seca, ya donde empieza el desierto”, describió.

Unas diez manzanas desparramadas, una usina eléctrica que funcionaba hasta la medianoche porque el bajo consumo hacía que no ameritara el uso durante el día completo, temperaturas infernales en verano, despiadadas en invierno, vientos y sequía que amarilleaba el paisaje, la espesura del monte. En ese sitio René Favaloro se convirtió en médico rural.

Su tío le abrió las puertas del consultorio de Rachou Vega. Era el lugar donde se atendía de todo y a todos: clínica general, pediatría, obstetricia, traumatología de urgencia y pequeña cirugía. “La tarea del consultorio se completaba con innumerables salidas al campo. A la consulta se le agregaba un honorario adicional por cada legua de distancia recorrida. Yo era un curandero con título, lo digo así. Es decir, yo lo que hacía era atender lo más rutinario y

después, cuando la cosa se complicaba, había que derivarlo a Bahía Blanca o Santa Rosa porque no había nada. Estaba el consultorio con las pocas cosas para atender, el instrumental para la obstetricia que se hacía, alguna heridita superficial, pero a mí me pasaron muchas cosas que me fueron haciendo ver el desastre de esa zona”, contó años después.

Uno de los roles que más tuvo al comienzo fue el de médico obstetra o, más bien, partero rural. Se pasaba de rancho en rancho acompañando los nacimientos. La gratificación que le producía el llanto de un recién nacido sano en medio de La Pampa, se diluía en la frustración de no contar con los medios necesarios para atender a pacientes que necesitaban algo más. Si llegaban con apendicitis aguda, con un golpe delicado o una quebradura, a veces cosas menores, debían ser derivados. “Me ha tocado estar muchas horas adentro de los ranchos, en esos ranchos que son pedacitos de villa miseria metidos allí en La Pampa, y me he sentido muy mal. Hasta que armamos en una casa vieja una cliniquita que tuvo valor porque ahí se operaba, se atendían las fracturas, etcétera”.

Ahí, en el medio del campo, Favaloro quiso levantar un lugar para atender a los pobladores y a sus vecinos más próximos cuando lo que había en el consultorio no bastaba. En la familia todos cooperaron: su padre, en su carpintería —cuenta el documental— construyó los muebles. Otro de sus tíos, Roberto, que tenía un taller de herrería, hizo la camilla para examinar a los pacientes. Rachou Vega, a quien reemplazaba, le dijo que usara todos los instrumentos que eran suyos —entre ambos había un vínculo estrecha, incluso compartían el salario mensual.

En 1950 se mudó a Jacinto Aráuz, un pueblo pequeño de La Pampa, para reemplazar al médico de la comunidad. Pensaba quedarse unos meses y terminó pasando casi doce años ahí. Esa experiencia sería determinante para su carrera. Fue entonces cuando se convirtió en médico rural, como se definiría hasta el fin de sus días

“Los grandes colaboradores míos fueron las comadronas, que las hice todas amigas y las fui instruyendo en esto, y los maestros rurales. Algunas tenían algo de curanderas y así el empacho, el mal de ojo y algún otro gualicho que cuadrara pasaban por sus manos. Han sido y siguen siendo útiles y en una o dos sesiones son capaces de terminar lo que al psicoanalista le lleva meses o años. Yo les puse una condición: no podían atender un parto si no lo habíamos revisado nosotros primero. Se tenía controladas a todas las parturientas. Lo que se llama acá control prenatal, digo, ¡Dios santo!, nosotros lo hacíamos en Jacinto Aráuz”. “Esos chicos que vivían en los ranchos y sufrían, especialmente en el calor del verano, las diarreas, las neumonías, etcétera, estaban muy mal alimentados. Así que me tomé el trabajo de ir casita por casita y enseñarles que lo mejor era primero amamantarlos, porque eso los defendía también contra las infecciones. Pero si no había leche, había que prepararla así: dos partes de leche y una parte de agua. Bien hervida con el cocimiento de cereales. Si el chico levantaba temperatura, la gente lo arropaba. Yo les decía: ‘Hay que dejarlo desnudito para que sude bien’”. “Y entonces un día el intendente se acercó, después de un tiempo, y dijo: ‘¿Qué pasó? No se mueren más chicos’. Todo lo que había que hacer era mezclarse con la comunidad”.

Hizo más en Jacinto Aráuz. Con la colaboración de Juan Munuce, boticario y uno de los primeros bioquímicos recibidos en Argentina, formaron equipo y desarrollaron el primer banco de sangre, y un laboratorio en el que las personas podían hacerse análisis. “Me acuerdo siempre de un muchachito con una enfermedad rarísima que se debe a falta de las plaquetas en la sangre y nosotros lo vimos ahí. Lo mandé con diagnóstico a La Plata. Se agarraron la cabeza de ver cómo iba con el diagnóstico hecho. Así que don Juan cumplió un rol trascendente. En las primeras cirugías me ayudaba, como había estado en esos hospitales donde todo el mundo hacía de todo”.

Tuvo más colaboradores que fueron amigos, amigos que hacían de todo: instalar aparatología, ayudar en los partos, cocinar. Personas que se dedicaban a mejorar la calidad de vida del pueblo y los habitantes de la zona, y cambiaron por completo las posibilidades de quienes vivían ahí y en los alrededores. De repente, en medio del campo se levantaba una clínica con laboratorio químico, con equipo de rayos —”el segundo [que trajimos] era el mejor equipo de rayos que había disponible en aquel entonces en la Argentina”—, con sala de cirugía —”teníamos el mejor equipo de anestesia, que lo había fabricado una casa de Córdoba. Así que poco a poco se fue armando”.

Con ese centro en pie no solo no hacía falta derivar todo el tiempo a los pacientes sino que llegaban residentes de pueblos cercanos a atenderse ahí, en esa clínica que se volvió referencia.

En ese punto en medio de La Pampa, Favaloro recibía las noticias que comenzaban a circular en el mundo sobre las primeras intervenciones cardiovasculares. Y al médico que había iniciado como carpintero y lo atraía principalmente el quirófano, leer sobre eso le encendía el hambre de conocimiento. Satisfecho con lo que había realizado por Jacinto Aráuz, consciente de que ese ciclo había llegado a su límite, en 1962, por recomendación de quien había sido su profesor y mentor en la universidad, José María Mainetti, se subió por primera vez a un avión con destino a Estados Unidos. A la Cleveland Clinic: un sitio avanzado en medicina cardiovascular. Un lugar que según él “estaba diez años por delante de cualquier otro centro cardiológico del mundo”. Cuando lo dejó, años después, un especialista se preguntaba si no tendrían que cambiarle el nombre a “Favaloro Clinic”.

En su infancia, y en su formación secundaria y universitaria, había aprendido, por sobre todas las cosas, a ver a los otros, a preocuparse por los otros. Y que el trabajo y el esfuerzo eran la base sobre la que se cimentaban los logros. En Jacinto Aráuz Favaloro trabajó día y noche para mejorar la vida de los habitantes y de sus vecinos más próximos (Gentileza Mass PR)

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El 9 de mayo de 1967 René Favaloro operaba a una mujer de 51 años con la técnica de bypass y marcaba un hito en la cardiología mundial.

Como todo el camino que había recorrido desde el primer día en que decidió ser médico, no fue sencillo. Luego de ser recibido por profesionales de la institución estadounidense gracias a los contactos de Mainetti, quedó bajo la supervisión del dr. Donald Effler, un renombrado cirujano cardiovascular que lideró el Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular de la Cleveland Clinic entre 1949 y 1975.

Como Favaloro aún no había rendido el examen obligatorio que permitía a médicos extranjeros ejercer en Estados Unidos, le sugirió que asistiera a las prácticas como observador. Y sin sueldo.

“Al principio me tocaba hacer las tareas más inverosímiles: poner el paciente en la camilla. Bueno, perfecto. Yo hacía de camillero. Había que ponerle la sonda Nelaton, ponía la sonda Nelaton. Me dejaban cerrar piel y tejido celular, pequeñas cositas. Así que yo, de a poco, empecé a trabajar. Trabajaba intensamente: iba a las siete de la mañana, me retiraba la tarde y ponía todo mi esfuerzo, como siempre”, contaría.

Los años en Jacinto Aráuz construyeron bases sólidas y lo visto y oído en el desierto pampeano, en el sur global, se convertía en diagnósticos que dejaban a sus colegas expertos del norte, en ese avanzado recinto de la medicina, con la boca abierta.

A las pocas semanas de haber llegado recibió, de parte de Effler, la propuesta que había alimentado sus ilusiones: “¿Desea lavarse y ayudarme?“. Lo asistió en un trasplante de pulmón que fue exitoso.

Cuando rindió el examen para ejercer ahí y lo aprobó el mundo se abrió ante él.

En 1962 viajó a Estados Unidos para continuar formándose en la Cleveland Clinic, un sitio avanzado en medicina cardiovascular. El 9 de mayo de 1967, a cinco años de su llegada, hacía la primera operación con la técnica de bypass y marcaba un hito en la cardiología mundial. Años después repasaría ese recorrido en el libro

El martes 9 de mayo de 1967 por la mañana, después de años de estudios y experimentación, Favaloro entró al quirófano y operó por primera vez a una mujer con una técnica con la que superaba la obstrucción de arterias coronarias a partir del injerto de una vena tomada de una de sus piernas. El procedimiento se popularizó como bypass y cambió la historia de la cardiología mundial.

Al año siguiente el método se estandarizó y comenzó a salvar vidas de a cientas.

“Yo creo que ni me di cuenta. Cuando hicimos el primero, allá a mediados del 67, empezamos a utilizar la vena safena primero como interposición y muy rápidamente pasamos al bypass aortocoronario”. “Sones [N. de la R.: el Dr. Mason Sones fue director del Departamento de Enfermedades Cardiovasculares de la Clínica Cleveland, pionero en cateterismo cardíaco, y trabajó junto a Favaloro en el desarrollo y perfeccionamiento de la técnica que marcaría un punto de inflexión en el tratamiento de enfermedades coronarias] estaba muy ansioso por reestudiar al paciente. El paciente había andado muy bien y yo creo que ya el quinto, el sexto día quería hacerle el cateterismo. Yo le dije ‘esperemos un poco más’. Cuando lo estudió, sería a los ocho o diez días, me llamó a la oficina y caminaba así, enloquecido, por lo que había visto: una coronaria totalmente reconstruida. Se le caían las lágrimas de los ojos porque él había sido el que había desarrollado el diagnóstico. Entonces, ahora veía que lo que él había hecho para el diagnóstico servía desde el punto de vista terapéutico”, recordó Favaloro.

Comenzaron a operar pacientes a mansalva: diez personas por día, menos de media hora entre operación y operación. La sala de cirugía no daba abasto. Ponían a los pacientes en espera en un hotel cercano a la clínica y los buscaban según el nivel de urgencia.

Poco después vendrían los bypass múltiples y más progresos en las técnicas y las posibilidades junto a un récord de operaciones y vidas salvadas: el más importante del mundo.

“Siempre digo que en ese año 68 prácticamente lo habíamos hecho todo, pero nunca he dicho ni pública ni privadamente ‘yo fui el primero en tal cosa’”, se le oye decir en el documental. “Se realizó una reunión plenaria en el auditorio. Effler dijo: ‘Tenemos un gran problema. No sabemos si esta clínica debe seguir siendo la Cleveland Clinic o cambiarle el nombre por Favaloro Clinic’”.

Quizás esa frase plantó el germen, dentro de sí, de la idea: la versión latina y criolla de la Favaloro Clinic: la Fundación Favaloro.

“Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un departamento de cirugía torácica y cardiovascular en Buenos Aires. Las circunstancias indican que soy el único con la posibilidad de hacerlo. Si yo no aceptara liderar ese departamento en Buenos Aires, viviría el resto de mi vida pensando que soy un buen son of a bitch, perdónense la expresión”.

La carta de renuncia que Favaloro dejó en el escritorio de Donald Effler fue respondida unos días después.

“Querido René: su carta no me ha sorprendido. Yo creo que ha tomado la decisión correcta y desde aquí lo apoyaré en todo lo que sea posible. La pérdida será tremenda para la Cleveland Clinic y lamentada por la mayoría de nosotros. Ya que no tengo ilusiones de tener otro Favaloro, podré en los próximos diez años de mi carrera estimular a jóvenes emprendedores a que traten de alcanzar su récord. Dr. Donald Effler”.

Al año siguiente de su primera cirugía con el nuevo procedimiento, la técnica se estandarizaría y comenzaría a operar a mansalva salvando vidas de a cientas. En la actualidad, en el mundo se realizan cada año cerca de un millón de operaciones de bypass (F.F.)

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René Favaloro quería instalar en Argentina un centro que no fuera únicamente sede de cirugías sino que se constituyera como un lugar de formación, educación e investigación y atención de alta complejidad para el tratamiento de afecciones cardíacas. Un sitio de vanguardia, análogo a la Cleveland Clinic, de este lado del mundo.

Apenas en Buenos Aires comenzó a trabajar en el sanatorio Güemes, donde asumió como director del Departamento de Diagnóstico y Tratamiento de Enfermedades Torácicas y Cardiovasculares. Allí trabajó junto a su hermano, Juan José, que también lo había acompañado en Jacinto Aráuz. Ahí operaron a más de 1600 pacientes sin recursos.

Antes, había rechazado más de una propuesta millonaria. Lo que engrandeció, en el consciente colectivo, su esencia humilde y generosa, dedicada al bien común. Se ganó una etiqueta merecida: prócer nacional.

Era 1975 cuando la idea de la fundación empezó a materializarse gracias a créditos, subsidios, donaciones y fuentes variopintas (la mayoría provenientes del erario público).

Y se volcó al desarrollo de la institución de la única forma que conocía: con entrega absoluta, sin descanso. Recién en 1992, durante la presidencia de Carlos Menem, pudo inaugurar el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, el área más trascendente del centro.

“Yo quiero recalcar que este instituto de excelencia, que cuenta con los mejores elementos técnicos para atender a toda a la comunidad —entendamos bien, a toda la comunidad—, es un nuevo centro sin fines de lucro para servir, insisto, a todos aquellos que presenten afecciones cardiovasculares” —sentenció—. “Yo no soy el médico de los ricos. De gente así, de ese grupo, no atenderé más del 5 al 10%. Y el resto en nuestra fundación atendemos a todos”.

Sus frases, un legado de manifiestos.

Con el regreso democrático, Favaloro también fue convocado por Ernesto Sabato para formar parte de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep). “Yo quiero aclarar todo esto muy bien”, dijo, “todos los miembros de la comisión estamos totalmente ad honorem y yo lo he tomado como una responsabilidad ética, fundamentalmente pensando en todos aquellos miembros de la sociedad, las Madres, las Abuelas, que tienen desaparecidos por ahí y que no se les ha dado solución. Sin libertad, sin el respeto por el hombre y sin tener concepto claro de lo que significa la dignidad del hombre y los derechos del hombre, la cosa no puede progresar”.

Tiempo después renunció en repudio a que el organismo no incluyera en su investigación los crímenes de la Triple A.

Cuando Favaloro regresó a Buenos Aires para crear un centro de investigación, educación y atención de alta complejidad, análogo a la clínica estadounidense, fue convocado, luego del regreso democrático, para integrar la CONADEP. En la foto, con Raúl Alfonsín (NA)

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“Estimado Fernando, te escribo estas líneas porque nuestra fundación está al borde de la quiebra. Tenemos emergencias ineludibles que deben solucionarse en los próximos días. Necesitamos alrededor de seis millones de pesos. No tengo conexiones con el empresariado argentino. Por eso, uno de los pedidos que te hice en nuestra última charla era que utilizaras tu influencia para conseguir la ayuda que tanto necesitamos. Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi vida estuve tan deprimido”.

El año 2000 apuñalaba a la Argentina en todos sus órganos. El recorte fiscal del menemismo había alcanzado a los aportes que el Estado otorgaba a la Fundación Favaloro y estaba fuertemente endeudada. Además, las obras sociales, sobre todo PAMI y IOMA, le debían a la institución una gran suma que se sabía irrecuperable. Y Favaloro pedía ayuda —lo hizo más de una vez— al Gobierno de De la Rúa sin recibir respuesta.

“Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida. La fundación tiene graves problemas económicofinancieros. Se nos adeuda 18 millones de dólares y se hace cada vez más difícil sostener nuestro trabajo diario. La mayoría de las veces un empleado de muy baja categoría de una obra social ni contesta mis llamados. En este último tiempo me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestro trabajo”.

El calendario estaba detenido en el 29 de julio. Favaloro, cargando una decepción profunda del mundo y sus sistemas, una que no pudo soportar, se encerró en su departamento. Se afeitó. Se duchó. Se puso el pijama. Escribió una carta final. Se metió al baño, miró lo que le devolvía el espejo. Apoyó el revólver en el órgano al que había dedicado su vida entera, por el que había salvado y seguirá salvando, a través de su técnica, a millones. Se disparó en el corazón.

Sus cenizas fueron regadas bajo el cielo de Jacinto Aráuz.

El suicidio de Favaloro causó consternación más allá de las fronteras. En la Argentina pasaría a la inmortalidad como un prócer nacional

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Desde su primera cirugía con bypass aortocoronario, hace casi sesenta años, se salvaron más de 55 millones de vidas con este procedimiento, según datos de la Fundación Favaloro. Que sobrevivió a su creador. Al que se le fue su vida en la desesperación de mantenerla en pie.

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“El cirujano vive con la muerte. Es su compañera inseparable. Con ella me voy de la mano. Estoy tranquilo. Alguna vez, en un acto académico en Estados Unidos, se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo que es cierto. Espero que me recuerden así. Un abrazo a todos.

René Favaloro, julio 29 de 2000”.