
El 22 de octubre de 2025 una elefante marino del sur abandonó a su cría horas después del nacimiento. El hecho, que no registraba antecedentes similares en la experiencia de la Fundación Mundo Marino, ocurrió en las playas de Villa Gesell y aunque no hay confirmación de la razón que motivó a la madre de dejar huérfana a su hija, se presume que habría sido una perturbación humana la causante de su huída. “Las hembras de elefante marino rara vez abandonan a sus crías de forma voluntaria en los primeros días de vida, un período crítico en el que el vínculo es clave para la supervivencia del cachorro. En casos similares, trabajamos para generar perímetros de seguridad que eviten cualquier tipo de disturbio. En esa situación, quedó claro que hubo imprudencia humana”, definió Sergio Rodriguez Heredia, biólogo y responsable del Centro de Rescate y Rehabilitación de la Fundación Mundo Marino.
Ante este imprevisto, un equipo interdisciplinario nutrido por personal de zoonosis, de prefectura y guardaparques de la Reserva Faro Querandí decidieron esperar y no interactuar para no interrumpir una potencia revinculación, mientras recorrían la costa en ambas direcciones, sin resultados positivos. A la mañana siguiente, pasadas ya 24 horas del abandono, la cría ya mostraba signos de debilidad y deshidratación, por lo que se tomó la difícil decisión de trasladarla al Centro de Rescate, con la autorización y el acompañamiento de la Red de Asistencia a Fauna Marina del Ministerio de Ambiente bonaerense.
La leche de una hembra de elefante marino tiene un contenido graso tan alto que permite que las crías tripliquen su peso en apenas tres semanas de lactancia: pasan de unos cuarenta kilos al nacer a cerca de 120, antes de que la madre vuelva al mar y las deje solas para buscar alimento. Con ese requisito biológico como referencia, un grupo de veterinarios, biólogos, técnicos y nutricionistas elaboró una fórmula experimental para reemplazar la leche materna y la ajustó de forma constante según la evolución de una cría. El animal ingresó con 32 kilos, por debajo del promedio de nacimiento, una condición atribuida a que estuvo al menos un día sin alimentarse.
Durante las primeras semanas, el foco estuvo en estabilizar su estado general con hidratación, cuidados preventivos para evitar infecciones y control permanente del sistema inmune. El trabajo se complicó por la falta de información específica: la mayor parte de la evidencia científica disponible correspondía al elefante marino del norte (Mirounga angustirostris), una especie similar con diferencias fisiológicas.El equipo organizó turnos nocturnos para replicar la frecuencia natural de alimentación y sumó un peluche gigante como objeto de apego. Todo el manejo se diseñó para evitar que la cría asociara a los humanos con la comida o el contacto afectivo, un punto considerado clave para favorecer su reinserción.

El equipo de la Fundación Mundo Marino logró que la elefanta marina juvenil pasara a alimentarse por sí misma tras una transición gradual que incluyó la incorporación de pescado entero en el agua y, más adelante, presas vivas. El veterinario Juan Pablo Loureiro explicó que el punto más delicado fue sostener el acompañamiento sin afectar su nutrición: “Ese fue uno de los momentos más delicados de todo el proceso, porque teníamos que encontrar el equilibrio entre acompañar ese cambio sin comprometer su estado nutricional. Forzarla podía generar más rechazo, pero avanzar demasiado lento también era un riesgo”. Según detalló Loureiro, el grupo respetó los tiempos del animal e intentó varias veces hasta que el animal aceptó comer sola. Luego, el proceso avanzó hasta que pudo perseguir y capturar peces vivos.

Los especialistas querían esperar a que el ejemplar alcanzara al menos los 100 kilos para dar comienzo al proceso de reinserción. Los elefantes marinos tienen una digestión lenta y el plan no era forzar un aumento brusco en la ingesta que pueda provocar complicaciones graves como diarrea y vómitos. Desde la fundación explicaron que hacia las últimas etapas, el animal consumía alrededor de seis kilos de pescado por día, y cada incremento debía realizarse de forma progresiva y controlada. “En la naturaleza las crías llegan a los 120 kilos al finalizar la lactancia; ese umbral les garantiza atravesar semanas de ayuno mientras aprenden a cazar por sus propios medios”, detalló Rodriguez Heredia.

Según el equipo, tras la evaluación de su evolución clínica y el peso considerado adecuado, concretaron el objetivo planteado desde el inicio: devolverla al océano.
A pesar de que la elefanta ya se alimentaba sola, ganaba peso y capturaba presas vivas, nunca había estado en una playa abierta ni había tenido contacto con el mar. En la costa pasó varias horas explorando: olfateó y mordisqueó la arena, recorrió la playa y se acercó repetidamente a la orilla. Cada vez que las olas alcanzaban sus aletas, se alejaba y volvía a intentarlo. “El equipo permaneció en el lugar acompañando el proceso y observando atentamente su comportamiento. La expectativa no estaba puesta únicamente en que ingresara al agua, sino en que lograra reconocer el mar como parte de su ambiente natural. Después de varias horas de exploración, el animal comenzó a ingresar gradualmente al agua. Primero avanzó unos metros, luego regresó a la playa y, finalmente, atravesó una zona más profunda y desapareció mar adentro”, relataron desde la fundación.

“Más allá de que ingresara al agua, lo que necesitábamos observar era que reconociera al mar como un lugar seguro y parte de su ambiente natural. Para un elefante marino eso significa identificar que, ante situaciones de estrés o amenazas que pueden presentarse en la costa, como la interferencia de personas o la presencia de perros, el mar es su principal refugio. Cuando vimos que comenzaba a entrar y salir por decisión propia entendimos que estaba reconstruyendo esa conexión”, explica Sergio Rodríguez Heredia, biólogo y responsable del Centro de Rescate de la Fundación Mundo Marino.
Por la posible reaparición en la costa, se activó un plan para monitorearla: se teme que vuelva a salir a la playa, con recorridos regulares para registrar avistamientos, especialmente durante los primeros días. El operativo se coordina con la Red de Asistencia a Fauna Marina del Ministerio de Ambiente bonaerense y otras organizaciones, y contempla la identificación del animal con una caravana numerada para seguir su estado. “El aspecto más importante que vamos a intentar observar, si el animal permanece en nuestra área de monitoreo, será su peso corporal, eso nos podrá indicar si está logrando alimentarse por sus propios medios”, indicó Loureiro. Si los registros mostraran que no logra adaptarse, el equipo quedaría en condiciones de intervenir otra vez, con autorización de los organismos provinciales competentes.



