Nada es tan simple, el ciclo de charlas entre Pilar Sordo y Luis Novaresio: ¿Se puede abrir la pareja sin lastimarse?

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“No me cuentes, prefiero no saber.” Eso también es un acuerdo. Lo dice Luis Novaresio con la misma convicción con que podría firmar un contrato. Y Pilar Sordo, psicóloga chilena con décadas de consulta encima, no lo contradice: asiente, lo repite, lo suscribe. Así se inicia una nueva charla del ciclo Nada es tan simple de Infobae.

La monogamia como fórmula, no como mandato

Sordo lo dice sin rodeos. La monogamia le sigue pareciendo “la fórmula más adecuada”. No porque sea la única posible, sino porque en su práctica clínica no ha visto alternativas que funcionen sin costo. Lo que sí señala es que el debate histórico sobre la libertad vincular tuvo, hasta la Edad Media y mucho después, una trampa de origen: la libertad era masculina. “Cien por ciento patriarcal y machista”, precisa. Novaresio concede el punto y agrega que hoy la asimetría persiste, aunque las mujeres tienen más margen para salirse del contrato.

Esa palabra —contrato— es la que estructura toda la charla. Para ambos, toda pareja tiene un acuerdo, lo haya verbalizado o no. El silencio cómplice es un acuerdo. La frase dicha mirando una puesta de sol también lo es. La diferencia está en cuánto de ese acuerdo queda explícito.

Sordo identifica dónde se producen hoy la mayoría de las crisis que atiende en consulta: no en la cama de un hotel, sino en una pantalla (Gustavo Gavotti)

El chat, Instagram y los límites que nadie discutió

Sordo identifica dónde se producen hoy la mayoría de las crisis que atiende en consulta: no en la cama de un hotel, sino en una pantalla. Un like, un mensaje privado, una foto pedida o enviada, una conversación que “bordea lo erótico” con alguien a quien quizás nunca se conocerá en persona.

“¿Vas a mandar una foto de algo tuyo? ¿Vas a pedirle a alguien que te mande una foto porque la quieres ver en bikini?”, enumera. Cada una de esas preguntas, dice, debería estar resuelta antes de que surja el conflicto. Novaresio va más lejos: propone que los acuerdos de pareja incluyan hasta el alcance de un like en Instagram. No como control, sino como claridad.

El problema, concluyen, es que hoy los códigos son más ambiguos que nunca. Y la ambigüedad, sin conversación previa, se convierte en traición.

Parejas abiertas: “Les deseo suerte”

Cuando Novaresio introduce el tema de la no exclusividad sexual como acuerdo explícito —con casos públicos y conocidos de por medio—, Sordo ríe y responde: “Les deseo suerte”. No es un juicio moral. Es un diagnóstico clínico: nunca vio una pareja en la que ese sistema funcionara de forma permanente. Siempre, en algún punto, uno de los dos “hace agua” frente a una variable emocional o una inseguridad que no estaba calculada.

Novaresio matiza: las reglas de un vínculo no son eternas. Lo que funciona en el enamoramiento no tiene por qué funcionar a los diez o veinte años. Lo que sí defiende es que el cambio de reglas debería plantearse antes del hecho consumado, no después. Sordo lo escucha y lo corta: “Yo creo que eso no va a pasar nunca en la vida”. La redefinición, dice, casi siempre llega después de la crisis, no antes.

Las triejas —“hasta la palabra me resulta particular”, admite Novaresio— generan en Sordo una incomodidad específica. Conoce dos casos. En ambos, uno de los tres miembros quedó en una posición más débil, sosteniendo una sensación de postergación que no manifestaba por miedo a perder el vínculo. Lo compara con los tríos de amigas: siempre hay una que siente que la llamaron al final.

“Nunca he visto que los tres se manejen en el mismo nivel de certeza”, dice. El más débil guarda silencio. Y ese silencio, en su experiencia, no es estabilidad: es una grieta que crece.

“No me cuentes, prefiero no saber.” Eso también es un acuerdo. Lo dice Luis Novaresio con la misma convicción con que podría firmar un contrato. (Gustavo Gavotti)

Lo que Camila Sosa Villada dijo sobre el deseo

Novaresio trae a la conversación una idea que escuchó en una entrevista a la escritora argentina Camila Sosa Villada: cuando todo está permitido, el deseo desaparece. Si lo prohibido es el motor del deseo y no hay nada prohibido, el deseo se apaga. Sordo lo encuentra interesante y lo deja reposar un momento antes de agregar su propio contrapunto: el amor no es solo deseo. También es una decisión. Y esa decisión, a veces, puede sostenerse incluso cuando el deseo no está.

Para ilustrarlo, cita a una amiga india que le explicó la lógica de los matrimonios convenidos: los occidentales parten de mil, con toda la efervescencia y poca información, y van perdiendo intensidad. Los matrimonios convenidos parten de cero y construyen la pasión con el tiempo. “No es una mala fórmula”, concede Sordo. Y añade un dato que, según ella, los arquitectos ya registran: cada vez más parejas piden un dormitorio adicional, porque han decidido dormir separados y encontrarse a ratos.

Novaresio abre el tema de la decisión de enamorarse. Sordo lo lleva a un lugar más concreto: antes de preguntarse qué estás dispuesto a dar, hay que preguntarse a qué estás dispuesto a renunciar. A tus horarios, a tus horas de gimnasio, a llegar a casa cuando quieras, a no tener que conversar con nadie después de las ocho de la noche.

“No se puede amar sin renunciar, incluso a tus tiempos”, dice. El dar puede venir del deseo, y el deseo es fácil cuando todo va bien. La renuncia, en cambio, es la prueba de fuego.

Novaresio abre el tema de la decisión de enamorarse. Sordo lo lleva a un lugar más concreto: antes de preguntarse qué estás dispuesto a dar, hay que preguntarse a qué estás dispuesto a renunciar

Novaresio vuelve, como siempre en esta conversación, a los acuerdos. Sordo propone una palabra: renovables. Él suma otras: rediscutibles, matizables, acomodables. Y vuelve a su condición: que el cambio sea previo al rompimiento, no posterior. Que no sea la violación del acuerdo la que fuerce la renegociación.

Lo que no hay que contarle a la pareja

Cerca del final, Sordo introduce una idea que va a contramano del ideal de transparencia total: no todo hay que contárselo a la pareja. Hay cosas que son de índole personal —traumas, conflictos internos, inseguridades— que corresponden al terapeuta o a un amigo, no a la persona con quien se convive. Depositarlas en la pareja para aliviar la propia culpa, dice, es “superpeligroso”.

Lo ilustra con un episodio propio: le contó al padre de sus hijos una situación de inseguridad que no debía haberle contado. Lo hizo para sacarse el peso. “Le tiré una bomba de Hiroshima a él, que no tenía por qué hacerse cargo. Fue superinjusto para él”.